Lecturas XVI

Pisístrato, tirano de la Antigua Atenas, consciente de las tradiciones que daban coherencia a los ciudadanos de su dominio, ordenó la recopilación de todos los textos que describían los oráculos y rituales de la religión popular. La tarea no era fácil, si se considera que su autor original, Museo, una figura semimítica, quizá de la aun más antigua Tracia, poeta, profeta y fundador de la clase sacerdotal en Ática responsable de conservar y continuar los ritos, vivió en una época donde la escritura era una novedad, limitada al minúsculo grupo social capaz de manejar el alfabeto. La labor recayó en las manos de Onomácritos que, a falta de suficiente documentación, pues las tradiciones de los oscuros textos sobrevivían gracias a una práctica de divulgación oral que, en festivales y reuniones familiares declamaban en alta voz, para asombro y deleite de sus escuchas, lo que alguna vez alguien leyó, falsificó — costándole el destierro, según nos cuenta Herodoto —, buena parte de lo que eventualmente la tradición llamó poemas homéricos. La memorización, esa maravillosa capacidad humana que comenzó a perderse con la escritura, en un proceso que continúa fuerte hasta nuestros días, era también capaz, quizá por necesidad, de imaginar, añadir, corregir y mejorar lo escuchado de la generación anterior. Todo era verso y como tal, hábil en la exploración de los más recónditos misterios que de paso, mantenían las mentes ávidas en el esfuerzo de pensar e interpretar la historia y la realidad misma.

Es en esta relación entre la reflexión y la religión griega que el alemán Eduard Zeller, especialista decimonónico en el pensamiento de la antigua Grecia, encuentra la clave del origen de la filosofía helena, la cual, diferente a los textos de la antigua India que describían los detalles del ritual, la religión griega, por entender sus dioses como reflejo de su humanidad, luchadores que se debatien en sofisticados argumentos sobre su proceder, sembraban, en la fortaleza de su lírica, una actitud de búsqueda que exigía la perenne interrogación sobre los porqués y los cómos de todo lo que los rodeaba. Una profunda cavilación sobre como el carácter de un pueblo fue capaz de impulsarlo en el encuentro con su unicidad, y la esencial contribución que ese delicioso hallazgo hizo en la historia de la humanidad.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

Leave a comment