
Para Engels, la conincidencia de sus ideas sobre el minúsculo papel que hasta entonces habían jugado los fenómenos económicos en las concepciones de la historia y la política, con las de Marx, despertó una colaboración que en sus escritos cambió el pensar de la humanidad. Eran los años de 1844 y 45, y el entusiasta resultado de ese descubrimiento mutuo es el texto de “La ideología alemana;” manuscrito que no fue publicado hasta 87 años luego de ser escrito y que hace que Marx componga una de sus más citadas frases, cuando sin lamentos dice que el documento, luego de haber cumplido el propósito principal de aclarar las ideas en las mentes de sus autores, había sido “confiado a la crítica roedora de los ratones.” En otras palabras que aun Marx y Engels entendían y abrazaban el hecho de que ser pensador y escritor es un acto de puro goce espiritual que se hace para sí mismo y los lectores, cuando aparecen, son añadidura.
Nacido en la Murcia del siglo XII, Ibn Al Arabi fue un prolífico filósofo y teólogo árabe de la España musulmana, que en la tradición mística entendía la presencia de la divinidad en el hombre era un instrumento que le permitía usar la inspiración e intuición como legítimas herramientas en la búsqueda del entendimiento, no solo espiritual sino de la naturaleza que lo rodeaba. Sus incursiones en la especulación cosmológica aun se estudian hoy en día, al mismo nivel que las de Parménides, las cuales han sido influyentes en la reflexión y teorización científica de gigantes como Paracelso, Newton y Einstein, siendo en este último la práctica del experimento mental, una sofisticada y bien fundada especulación, la fuente de sus más maravillosas ideas sobre el universo, y que solo mucho después, pudo poner por escrito y publicarlas con una rigurosidad matemática posterior a la imaginación.

