Lecturas XI

El filósofo norteamericano William James inaugura el siglo XX, así como la primera de sus conferencias en Oxford sobre la condición del pensamiento en su presente, con la idea de que “nuestra era está de nuevo creciendo filosóficamente.” La oración parece implicar que los siglos previos a su tiempo, o por lo menos durante el periodo que concluyó en los finales del siglo XIX, la reflexión intelectual había caído en desuso, y que a su generación le había tocado presenciar un despertar, a tono con el milagro filosófico de la antigua Grecia, el esplendor sistemático del Egipto de los faraones, las culturas mesopotámicas, la espiritual intelectualidad musulmana y el Renacimiento europeo.

Parados con la ventaja óptica que nos dan los comienzos del siglo XXI, nuestra pasada centuria sin duda protagonizó uno de los más álgidos movimientos de la humanidad en el progreso adquirido en prácticamente todas las áreas del conocimiento, además de hacernos ver que el abandono académico del que James se alegraba sus ojos comenzaban a observar en el espejo retrovisor, en nuestros días parace acelerar en colisión directa con nuestro frente. Solo nos resta esperar que esto del avance y retroceso del profundo pensar sea una cuestión de ciclos, y que nuestra mejor apuesta sea la de tan solo esperar, laborando, a que pase el vendaval.

En su poema “La tierra baldía,” Eliot parece hablarnos desde la perspectiva de los muertos, aquellos que ven las cosas desde abajo de la tierra y que, en la revisión de sus recuerdos, experimentan también el crecimiento de unas raíces que, desde sus huesos, sostienen la estructura misma del bosque. Pero nosotros estamos vivos y en nuestra realidad que insiste en volver a un pasado que ya nadie recuerda, celebrando el mismo engaño ya olvidado, aun nos quedan los libros de una historia polvorienta y bien documentada, junta a esa dadora de vida en versos donde el aparente fin se revela como el más fértil de todos los nacimientos.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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