¿Qué dicen?

“…we know how to speak many false things as though they were true; but we know, when we will, to sing true things.”
Hesiod
Theogony 27-8

Conversaba como la mayoría de las personas. Un flujo de palabras recién pensadas, construyendo oraciones que en su cabeza hacían completo sentido, sin considerar que sus ideas estaban hilvanadas con pedazos de información claros en su interior, pero desconocidos para el que escuchaba. Las preguntas de algún confundido interlocutor, intencionadas como ofertas para rellenar los vacíos, eran siempre recibidas con la agresividad que pensaba merecían, por el atrevimiento de intentar tildarlo de bruto, sin entender la falta de comprensión de lo que para el estaba completamente claro. En ocasiones, si le simpatizaba la persona, hacía un leve esfuerzo por repetir la idea con alguna variante que entendía aclaraba, pero estas segundas rondas solo añadían una nueva capa de desconcierto, pues seguían la misma estrategia de las primeras, esto es, hablar como si los que escuchan siempre supieran tanto como el sabía.

Las amistades, como era de esperarse en esos años, eran pocas y las amantes que tuvo, atraídas por cualidades físicas de selecto despliegue, terminaban por aburrirse, aun las que de manera sorprendente llegaron a formar con el matrimonios de corta duración. Pero el tiempo reconoció el peso de las mayorías y así, en su último casamiento, con una mujer considerablemente mayor que el, pero que aun hallaba hermosa, extendió la aventura conyugal más allá de lo establecido, llevando hasta ahora casi 20 años juntos. Sin embargo, su inhabilidad conversacional no cambió, y su última esposa no estaba exenta de las frustraciones comunes de sus viejos conocidos. Quizá el aderezo maternal que desde un principio le puso a la relación pareció ser suficiente para aprender a no frustrarse, de lo que le pareció su marido hacía sin intención ni malicia. El resultado fue que esta nunca llegó a conocerlo del todo y hay quienes piensan que el secreto de su largo matrimonio se basaba exactamente en este desconocimiento o, como mejor le gustaba explicarse a sí misma, la idea de que su marido permaneció un tanto misterioso y por ello interesante, luego de tantos años.

Conocer a la familia de su esposo le ayudó también a entender que sus formas tenían larga historia, pues sus padres y hermanos lo recordaban como un niño olvidadizo, con el cual no se podía contar para mucho. Fue, eso sí, un padre excepcional y sus hijos que lo adoraban mientras crecían, siempre decían que de grandes solo querían ser como su papá. Entre ellos siempre manaba una comunicación muy fluida y según los niños se hacían adolescentes, la esposa quedaba sorprendida al escucharlos y notar que estos parecían entender con profundidad todo lo que les decía su padre, como si vivieran dentro de su cabeza. En ocasiones esta acorralaba a los hijos y les pregunta sobre alguna conversación entre ellos y su padre que ella a escondidas había escuchado y que, como de costumbre, no supo entender lo que le parecían pedazos de oración faltos de información para comprenderlos. Sus hijos siempre sonreían, para luego pasar a explicarle de lo que se trataba y ella, con la boca abierta, observaba atónita como lo que tenía de frente eran copias al carbón de sus marido, o sea, oraciones y explicaciones de oraciones a preguntas que no entendían la primera y mucho menos la segunda.

Así el mundo se había convertido en un lugar donde cada vez se sentía más aislada, mientras sus hijos, al igual que su marido, procedían a integrarse a la sociedad con vidas plenas entre personas que con felicidad conversaban pero que para ella, no habían sido capaces de comunicar nada con real claridad. La paciencia que le había tenido a su marido por todos estos años, la cual con amor la había extendido a sus hijos, le pareció difícil dar a toda la extrañeza que crecientemente le rodeaba. Así las noticias locales e internacionales le dejaron de hacer sentido y las razones por las cuales la gente se amaba o se mataba le parecían que procedían del más inesperado de los caprichos. Un mundo que no tenía explicación para su proceder y en donde la evidencia parecía permanente cambiar, así como las razones para ser de tal o cual manera.

Sola, buscó refugio en un selecto y diminuto grupo de envejecidas amigas que veían las cosas igual que ella, las cuales se reunían cada cierto número de días para burlarse y quejarse de los demás, mientras continuaban lo mejor que podían una existencia sin futuro, en un mundo que para ellas había perdido todo sentido de la lógica. Sus hijos, profesionales todos, no escatimaron gastos en la búsqueda de tratamientos médicos que pudiesen aliviar la condición de su madre, quien pasó los últimos años de su vida en una cama, hablándome al aire, frente al dolor de su seres queridos, de detalladas historias que explicaban otras historias.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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