
A los 22 años de edad Walter Benjamin escribía ensayos sobre Friedrich Holderlin, y qué extrañeza puede haber en repasar la juventud de algún pensador del pasado, así como en ocasiones encontramos las premoniciones de lo que hoy somos en nuestros años mozos.

“Tú quisieras un mundo; por eso
lo tienes todo y no tienes nada.”
Le decía el poeta a Benjamin, desde las páginas de su pasado siglo, como si la intelectualidad que pretende entender el evento, desde la soledad que le da acceso a la vorágine del todo, le estuviese ya avisando la encerrona mortal en que su imposibilidad lo acorralaría.

Reflexionando sobre la obligada soledad que le permitió hacer sus primeros escritos, Marguerite Duras halló en su permanencia su vocación, cuando Raymond Queneau se lo confirmó diciendo «Escribe, no hagas nada más». Para muestra un botón basta:
“La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir.”
