
La forma más antigua del griego que conocemos se habló y escribió en Micenas, ciudad central de la civilización micénica. La consolidación de la oralidad entre cualquier grupo de personas es un fascinante y admirable evento, mas el gran salto de los micénicos fue poner su lengua por escrito. El resultado se conoce como Lineal B y es un sistema de escritura donde los simbolismos representan sílabas, esto es, golpes de aire que salen de los pulmones demarcados por interrupciones del flujo, formando separadas unidas de distinguible sonido. A diferencia de este, nuestro sistema de escritura en español hereda una tradición posterior a la micénica que, aunque también griega, desarrolla un alfabeto donde en menos de 30 símbolos recoge todos los posibles sonidos del idioma, sobre el cual se construyen las sílabas. Como si los intelectuales de Micenas hubieran descubierto los genes —grandes pedazos de cromosomas que determinan la herencia— para luego venir los griegos del siglo IX a.C. y descubrir un reducido número de moléculas sobre los que se construyen todos los genes.
Descifrar el Lineal B representó un reto inmenso para los lingüistas del pasado siglo, pues en un principio se pensó que una simbología tan extraña no podía representar ningún tipo de griego antiguo.

Pero Homero en su Ilíada toma como inicio de la epopeya la invasión en Asia Menor de los atridas, residentes de Micenas y su rey Agamenón, estableciendo desde el mismo principio de la literatura griega del siglo VII a.C. —colección escrita de las grandes memorizaciones que los bardos recitaban por todo el mundo heleno—, la vinculación estrecha que tenían con el recuerdo de los conquistadores de Troya.
