
La obra de Aristóteles (Corpus aristotelicum) es monumental y su influencia en los pasados 23 siglos es indiscutible. Especialistas sin embargo insisten en la anonimidad de tal obra, basados en la dificultad de vincular lo que hoy conocemos de modo decisivo con el filósofo griego del cuarto siglo antes de nuestra era. Hay quienes se han aventurado a decir que los presentes textos aristotélicos son producto de la mano de Teofrasto, discípulo de Aristóteles y continuador del Liceo luego de la muerte de su fundador, sin no dejar de mencionar los múltiples escribas, traductores y comentaristas que han dejado sus huellas en estos documentos, desde los tiempos de la Atenas que los vio nacer. Aun así son estos mismos especialistas los que también nos dicen que en lo que respecta a las interpretaciónes de la obra, su autor definitivo tiene poca importancia, pues representa esta lo que por más de dos milenios los filósofos han estudiado y tratado de comprender, ayudando con su pensar a moldear amplios campos del conocimiento que van desde la lingüística a la biología, pasando por casi todo lo entendemos hoy por ciencia, entre muchos otros.
Como evidencia de lo separados que estamos del personaje histórico que se llamó Aristóteles, y a la vez confirmación de la importancia de un pensamiento que atrajo a los más dedicados filósofos de los primeros tres siglos luego de su muerte, no hay más que mencionar la nueva edición de los textos aristotélicos que hizo Andrónico de Rodas, cabeza de la aun existente escuela peripatética en el siglo primero antes de nuestra era, en donde se juntaban los trabajos de Teofrasto hallados en la extensa y famosa biblioteca de Apelicón de Teos, el cual, con su fortuna y artimañas logró conseguir textos originales de las antiguas colecciones atenienses, algunos incompletos y en malas condiciones, dedicándose a completar y reconstruir lo que le pareció prudente. En pocas palabras, aquellos estudiosos que leyeron a Aristóteles cuatrocientos años después de su muerte estaban tan alejados de él, como lo estamos nosotros y aun así, toda la era moderna sería ininteligible a menos que se vea desde la luz que produjo y sigue despidiendo el Corpus aristotelicum.

