
Aristipo el africano, hijo de riquillos, amante de los deleites y ávido seguidor de los deportes, fue a Grecia a ver los juegos olímpicos y al oír sobre la fama de Sócrates lo buscó en el mercado y tan impresionado quedó, que inmediatamente se hizo su discípulo, hasta que su maestro fue ejecutado y sin siquiera despedirse sale corriendo de la locura ateniense, regresando a su lugar de origen a enseñar filosofía, fundando su propia escuela.
Pero el barco en que viajaba naufragó y, junto a los que con suerte llegaron a la desconocida playa, se alza Aristipo entre ellos señalando unos diseños geométricos hallados en la arena, y calmando a los sobrevivientes indica que aquel lugar, sin dudas, por la evidencia matemática, era civilizado. Y tenía razón, pues eran las costas de la isla de Rodas, famosa en la antigüedad por su Coloso dios del sol, una enorme estatua de bronce con unos 108 pies de altura creada por Chares de Lindos, discípulo del conocido escultor Lisipo, artista responsable por algunas 1,500 estatuas por toda Grecia y al cual luego los romanos imitarían ad nauseam.
Una vez llegado al norte de África, a la ciudad de Cirene, Aristipo elabora su filosofía que se concentra en la búsqueda de los placeres que generan unos sentidos que pone como fundamento del entendimiento que podemos tener sobre el mundo y sus ciencias. Un hedonismo que este intentaba justificar como consecuencia de las enseñanzas de Sócrates, pero que más bien se inclinaba hacia los mecanismos argumentativos de los sofistas, además de utilizar la enseñanza filosófica como fuente de ingreso, ofreciendo sus servicios al mejor postor. Una práctica que Aristipo carga desde sus tiempos en Atenas y con la cual pretendió pasar ayudas financieras a Sócrates, las cuales, según el peripatético Fanias Eresio, el maestro se las devolvía, alegando que su “daimon” no le permitía recibirlas.
La idea de orientar la acción y moral sobre los sentidos, haciendo del placer la confirmación de que se anda por el camino correcto fue y ha sido hasta el presente, una poderosa forma de pensar, aunque no libre de críticas y acusaciones. Timón el Silógrafo tildaba de afeminado a Aristipo, por pretender no saber nada a menos que lo tocara. Dionisio por otro lado lo alababa, por a la par con el goce de los placeres que se le brindaban, muy bien sabía seguir adelante sin necesidad de insistir en los que se le negaban.
Anníceres, miembro de la escuela cirenaica de Aristipo, y que impulsaba la variante de que se deben buscar los actos que ayudan a los demás pues, aunque incluyan sacrificio, no hay nada como el placer de la gratificación que estos producen, llegó también a argumentar que la razón en sí misma no era garantía de quedar fuera del error. Según Diogenes Laërtius fue Anníceres, consecuente con sus ideas, quien pagó el rescate de Platón de manos del tirano de Siracusa. Platón, que luego de ser invitado para asesorar en asuntos gubernamentales, por esos años andaba embebido en las ideas de su República, se puso a predicar el gobierno de los filósofos contra los corruptos, teniendo que salir huyendo de la isla, para terminar siendo vendido como esclavo en el extranjero.
