
En Boston, Duke Ellington se hizo una realidad conectada a las memorias de las películas de Woody Allen que vi en Puerto Rico y México. Esa extraña y angustiosa verdad que me tocó vivir y que me obliga a estar agradecido. Un destino de acumulación de la más diversa cornucopia, difícil de predecir pero que de alguna manera deseado por algo muy adentro que me llevaba a ser y hacer más allá de lo pensado y planificado, sensibilizándome con las memorias de otros que, al mezclarlas con las mías, me creaban nuevo en el proceso. Un recuerdo que por la consistencia de su revisita se enraizaba en la idealización de un pasado, mientras respiraba alimentado por soles de lejano lar. Este ejercicio de contrastación continua, adictivo abrir de puertas a los placeres del posible entendimiento, produce la peculiar cercanía de lo lejano. Esto es, una separación de astronauta que, con la vista fija en la tierra que se distancia, filtra los infinitos espacios y sus estrellas en función del origen, creando una síntesis tan única y atesorada en su belleza, como la prenda más valiosa que se guarda en el cofre de la herencia. Esa que en cada ocasión especial se pende sobre el pecho y se luce, para luego volverla a colocar en la mesa de laboratorio que asegura su permanente pulido, la incesante búsqueda de un brillo siempre mejor, siempre nuevo. Mas la metáfora espacial el tiempo la ha hecho inapropiada, con la expansión del cuadro de lontananza hacia la impensable mayoría. Como si en su momento de debacle el planeta hubiera comenzado a ser abandonado, y desde allá abajo observan los que van quedando, creando la batalla de los sentidos entre la esperanza de la insistencia y la búsqueda de lo que se es, en la transformación de hacerse en lo inexplorado. Una calamidad que parece necesitar culpables y, en su amor a la rapidez, los encuentra mirándose en la separación de los espejos, olvidando que las transformaciones del viaje son el tema principal de la historia humana, siendo los que logran mantener el puente vivo del presente, ese que conecta el legado con la experiencia, los que con mayor frecuencia componen los mejores candidatos a la persistencia. Una cadena que de romperse hace vulnerable a sus pedazos y los convierte, sumergidos en la sopa del olvido o de la integración, en simplemente otra cosa. Así el planeta no se puede llevar a las fronteras siderales, pero es la lógica planetaria la que ofrece el sustrato que ayuda a crear el nuevo hogar, con la necesaria esperanza de que el flujo entre los lados se incremente y sea uno, nuevo y transformado, en los asuetos que se trajeron en la maleta ahora recocidos de manera inesperada, en nuevo atuendo. Una genética de la mezcla que fortalece la especie haciéndola más apta frente a los mutuos abismos del aislamiento y la repetición.
