¿Vidente o profeta?

La vida monástica, o el deseo de separarse de la multitud de personas en búsqueda de alguna espiritualidad o conocimiento que requiera la devoción intensa de nuestros esfuerzos en la remoción del velo, ha sido y sigue siendo parte de nuestra humanidad y su historia. Es el llamado a identificar y señalar los signos del fin, el esfuerzo por salvar los amenazados ciclos naturales, la herencia de los rituales al sol y la luna en el temor de que se detengan, entendiéndolos como motor de las estaciones, la fertilidad, las cosechas, siendo necesario mantenerlos como recipientes de una reverencia de la que todos los dioses han sido objeto, el nacimiento de la ceremonia como confirmación de nuestro existir, pues nadie quiere ver los poderes enfurecidos, trastornando lo esperado, haciendo pagar justos junto a pecadores. Se doblan así las rodillas y espaldas bajo el peso del mundo de la responsabilidad, anhelando el claustro, bien sea sacrificando el cuerpo en devoción, o quizá en intensa preparación para el necesario mensaje que todos, tarde o temprano, tendrán que escuchar. Pues se entiende que la dedicación a asegurar estudiando el orden de las cosas, el tortuoso camino a las musas, allá por el Helicón, revela unas verdades desconocidas para las mayorías, haciendo del ardor de lo descubierto uno imposible de aplacar, a menos que sea compartiéndolo, predicándolo a otros.

Pero los otros, lo que se dejó atrás, pueden ser también los olvidados para siempre, en la unción plena y exclusiva del yo con la idea. Una negación de los alrededores que se funde con lo buscado, donde la satisfacción de la epifanía ya poco o nada comparte con el mundo, pues es solo un asunto entre lo supremo y el individuo, que se mide en escalones de purificación en dirección a la divina eminencia.

Así en ambos casos, bien sea con la separación total que limita la aspiración y el contacto con la suma y origen del todo a la exploración de la infinitud hacia adentro, o con el ideal que se realiza en una comunidad que entiende y acepta la revelación de su papel en la construcción de un nuevo reino, la imagen y presencia del que asume el presagio como forma de vida se convierten en la clave que desatará el nudo que impedía la comunión plena entre la ahora abandonada confusión, y el camino al entendimiento y la liberación.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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