
En la distancia, desde donde todo se ve más claro perdiendo el sabor del detalle, quizá nunca sabremos si la habilidad humana de grabar historias sobre superficies llegó antes o después del discurso mismo. Pero si pensamos en un reino animal que procura dejar huella de su presencia marcando territorio, comunicando la vereda a seguir para los de su especie, o su disposición sexual, sería prudente pensar que contar historias con el lenguaje hablado se desarrolló paralelo a alguna forma de registro.
Es sabido que la creación del alfabeto aceleró de manera irónica el olvido, debilitando la necesidad de una memoria capaz de trasmitir extensas tradiciones. Los escritos más antiguos que hoy conocemos, fueron los más efectivos por estar grabados en piedra, haciendo de la identidad de los que por ellos vivían rodeados, una firme e imperecedera. Aún hoy conocemos cosas de los egipcios, los mayas y las culturas de Mesopotamia, entre muchos otros, que desconocemos de culturas más recientes que aprendieron a depender de superficies amenazadas por la entropía y la caducidad para documentar su existencia. Este proceso ha continuado de manera acelerada y, para los que participamos del advenimiento de la computadora personal, es posible que aún guardemos cajas de “floppy disk” con centenares de escritos virtualmente atrapados y, por lo mismo, perdidos para siempre.

Una vez abandonada la roca como territorio para la inscripción de la palabra haciendo de la memoria un asunto de cada vez más corta extensión y profundidad, la reflexión y comprensión de lo presente, en función de lo pasado, quedó también estampada con el mismo carácter temporal, añadiendo a su narración la continua necesitaba de reinventarse. La memoria entró así en un estado de persistente deterioro, hasta nuestros días, sin que el recién logrado acceso masivo a la información haya aliviado la necesidad de la reconstrucción continua de origen y significado, en forma de una inevitable creación y repetición de “verdades,” como descubrimientos novedosos que surgen por doquier y frente a los cuales se debe siempre partir de cero. Sin embargo, el poder de la claridad que surge de la preservación y continuidad de un catálogo de ideas y descubrimientos sobre el cual se pueda construir en beneficio propio no ha desaparecido, sino que continúa solidificándose, como posesión exclusiva de los pequeños grupos que lo controlan y se enriquecen en la dispersión fragmentada del entendimiento que reina en el resto de la población. Pero el hecho no es novedoso, pues aun en los tiempos donde la literatura vivía en las paredes de la ciudad, era una élite la que determinaba la historia oficial, la cual era accesible solo para los capaces de leerla, siempre asumiendo que esta destreza no era universal. ¿Existió entonces algún tiempo en el lejano pasado, donde la distribución del conocimiento almacenado era plena y efectivamente asimilada? Es también difícil saberlo. Pero la tentación de imaginar grupos de la preconquista europea o pequeñas poblaciones de la prehistoria que sí contaban con mecanismos para evitar el acopio del entendimiento, es frecuentemente desarrollada durante la historia del pensamiento. Más si esto resultara ser cierto, tampoco hay porqué dudar que la ambición de tener más que el otro —evidentemente presente a través del reino animal—desde siempre ha representando un pedazo del carácter humano y, aunque quizá puesto inicialmente en jaque de manera exitosa por los que vieron en esto un peligroso camino a seguir, la verdad es que con el tiempo la lógica de la acumulación de valor en pocas manos terminó prevaleciendo, hasta llegar en el presente a permear y afectar prácticamente toda actividad humana, incluyendo la agudeza de análisis.
Por largo tiempo después del impulso de las revoluciones agrícolas y en especial la industrial, se pensó que la extension de la educación al resto de la población —más allá de las elites privilegiadas— era su boleto de salida de la pobreza financiera. Grandes bloques de los presupuestos nacionales se canalizan entonces hacia el esfuerzo de redistribuir el conocimiento a la población en general, como estrategia de enriquecimiento para los países. Pero resultó cuestión de tiempo antes de que el apetito arrollador del gran capital pusiera ojo y esfuerzo en la apropiación de tan inmensas cantidades de dinero. Así en las últimas tres o cuatro décadas se comienza el desmantelamiento de la educación pública, despojando la complejidad del saber de su inherente dificultad, embadurnándola de una simplicidad que llama a todos a considerarse expertos, y a sostenerse en la idea del valor intrínseco que posee cada ser humano, para ratificar el respeto que demanda la opinión superficial y escasamente investigada, convirtiendo a los educados en asesores al servicio de la impresión.

La insistencia en la preservación de un pasado como modelo de lo mejor es siempre conservadora, y aunque nuestro presente ha eliminado de la conciencia popular la consistencia en el inventario de lo que fue, esto en realidad parece hacer más fácil su manipulación, pues cualquier cosa hoy se inventa y se promueve como un ayer que es mejor o peor según la conveniencia. El reto real está en imaginar el futuro, pues es ahí donde se encuentra la justicia mayor y el real mejoramiento de las cosas. El presente, tanto como el pasado, son estancias imperfectas que deben siempre ser superadas y no existe otro lugar para erigir la ilusión que no sea el porvenir. Pero delinear lo que viene es difícil, pues requiere un prolongado esfuerzo, siendo aquí donde a los que no les conviene que las mayorías logren tal cosa hayan desplegado un ardor supremo para eliminar el repertorio ininterrumpido de la herencia, haciendo del entrenamiento mental y espiritual que estimula la creatividad que el futuro requiere, un asunto escondido de sus minorías que, mientras se aseguran negarlo a los demás, crean una carencia que luego usan de plataforma, en su autopromoción de mesías que suplen la humanidad de una muy necesitada esperanza.
