
Labrado nuestro sillar en cantera de galopantes jinetes y avezadas nuestras costillas para el betún del punzante zapato -ese gallardo caballero de la empuñada espuela- hicimos lo posible por ocultar el dolor que nuestro recuerdo arrastraba. Aquellas historias que desde pequeños escuchamos y que, grabadas en nuestras memorias, insistían en cincelarnos un destino de servidumbre.
Sigilosos, escondíamos nuestras cabezas en el más próximo de los arbustos, avergonzados por los surcos que calaban las lágrimas en las mejillas, camino a nuestros ollares. Amados por los dioses de la batalla, éramos Estrategos y Genitor, lomo sostenedor de conquistadores y terror de los que, combatiendo a pie, nos veían por primera vez; allí donde la herradura del casco aplastaba el ripio, pavimentando viejos reinados y donde pocos sabían del origen de nuestro engañado y traicionado amor.
Fue en tales viajes donde nuestras orejas, alzadas cual picos de gemelos volcanes que abrían el valle del hirsuto tupé, aprendieron a envidiar la extensa coprolalia de los vencidos. Aquellos que como nuestra madre, presenciaban el desmoronamiento de su mundo, la destrucción de sus sueños más queridos. Fue diosa hermosa nuestra dadora de vida, ensanchando las idóneas calles de Uruk cuando, con sus sedosas caderas, parecía hacer más bellas las fastuosas zigurats del centro de la ciudad. Los caminantes, detenidos por la admiración de las portentosas grupas que nuestra madre exhibía en su fino caminar, hicieron que la voz llegara hasta el templo, a los oídos de su deidad, la protectora de su urbe. Ishtar, regente de toda sexualidad y del romance que emanaba, confundiendo a los hombres en aromas de voluntaria esclavitud, inmediatamente procuró que hasta ella fuese traída la que con tanta beldad había arrebatado la paz de la gloriosa urbe. Al verla, erguida solemne sobre sus extremidades de delicada rodilla y regio corvejón, la regente le mostró su cuerpo, vestido de amor y con gestos de serpentina cadencia que la invitaban a su lado. La visitante, sacudiendo su ancho cuello con robustez, contrastaba el fino color de su dorado crin, con el lapislázuli que enmarcaban las puertas del templo.
¿Qué me ofreces a cambio de poseer mi pecho y dejarte respirar el perfume que despiden mis ijares?, preguntaba nuestra madre, tratando de ocultar el trepidante respirar que la atracción hacia la majestad divina le causaba. ¿Acaso serás mi sustento, proveedora de las distintas harinas, ya sea ázimo, ya sea leudado y sus debidas mezclas con aceite, leche, cerveza y dulce aromatizado con especias? ¿Qué estás dispuesta a ofrecer, oh tu diosa de la guerra, por el placer de frotar hasta el éxtasis mis babillas? Tú, la más formidable de las diosas, la que con el coagulado hielo de sus venas enamoró las doncellas de cada valiente guerrero que pasó por tu templo, para luego gozarte en el lamento que le dieron tus desprecios. ¿Serás capaz de prometer ahora, hija del gran Anu, dios de dioses, que sea yo la última de tus aventuras?
Eres hermosa Silili, respondía la diosa, sorprendida y a la vez intricada por la postura de nuestra madre y sus añagazas. El atrevimiento de tu lengua -continuaba Ishtar- y la altanería de tus reclamos son un juego peligroso. Ninguno de los sacerdotes que sirven este templo cuestionaría si en mi derecho decido terminar tu existencia, ni tampoco encontrarías el guerrero, de entre los que ahora te rodean, indispuesto a alzar su puñal, obediente y alegre por el privilegio, ante mi orden de hacer tu sangre bañar los pisos que sostienen mi paso. Pero te sabes bella, despertando en mí el apetito de mi deseo. Ven y dame tus frutos, haciéndote mi esposa. Te haré así un carruaje con ruedas de oro, tirado por esbeltos leones y fuertes mulas a su lado, para que en él te sientes y entres gloriosa a nuestra casa, consumida por el dulce aroma del cedro.
Nuestra encantadora madre, seducida por los halagos que brotaban de la suave boca de Ishtar y embobada por la vitalidad y encantos que despedían la voluptuosidad de la divinidad que la enamoraba, baja sumisa su sien, mostrando una nuca que con humildad aceptaba hacerse partícipe en los amoríos que le ofrecían. De ese romance que terminó condenando a mi madre al llanto perpetuo, nacimos todos los de nuestra especie.
Desde entonces, la altura de nuestras escápulas han servido a los hombres, instrumentos del desprecio divino, para medir nuestro lugar en su mundo de dominio. La libertad de los abiertos campos de naturaleza pura nos fue arrebatada y suplantada por cruces de Rubicón, allí donde la vergüenza de nuestros rotos corazones repite el ritual de bajar nuestras sienes, mostrando subordinación al amo, cual Bucéfalo que enseña la profética marca de la estrella en su frente.
