Anotaciones en torno a una variante del pensamiento de Henri Bergson

La vida es y puede ser muchas cosas, y entre estas existen los tiempos en que los inquietos nos preguntamos cómo, al encontrar y ver lo nuevo, podemos saber si estamos frente a una reciente creación del universo o simplemente a algo previo que solo hasta ahora descubrimos.

Una mente que constantemente intenta prever lo próximo, se halla con frecuencia sorprendida por lo inesperado. Y aunque podamos aceptar que la sorpresa pueda ser el resultado de no tener a disposición y de antemano todos los datos para un análisis completo, esperar el cumplimiento de tal requisito es adormecerse en el sueño newtoniano del universo como mecanismo que solo necesita del hombre acumular la información total sobre sus variables, para predecir con exactitud cualquier evento en cualquier futuro. Ya el mismo Newton veía la dificultad que creaba un tercer objeto, digamos planeta, en la descripción del movimiento orbital de dos de ellos. Problema que hacía de la solución de sus ecuaciones, a largo plazo, un asunto insondable.

Usando su mente, Schrödinger fue capaz de construir la matemática que delinea el comportamiento del electrón en el átomo de hidrógeno. Pero una vez un segundo electrón entraba en escena, la solución a su ecuación, aunque en teoría posible, se convertía en un proyecto inalcanzable. Imagine nada más el escenario que pretenda predecir la posición futura de los 92 electrones en el un átomo uranio. Así la Mecánica Cuántica se fue por la vía que mostró Heisenberg con su Principio de Incertidumbre, el cual establece la incapacidad humana de determinar la posición junto con la dirección o viceversa, de cualquier partícula atómica, sobre la base de que el acto mismo de observar alteraba su comportamiento, limitando de esta manera la información capaz de adquirir. Más aun, dos electrones que forman parte de un mismo átomo y que como tal se influyen de forma mutua, contienen una elevada probabilidad numérica de hacerlo a pequeñas distancias subatómicas, como también lo hacen en el caso poco probable, pero no imposible, de que se encontrasen en lados opuestos del universo. Aun así, este entendimiento aproximado y circunscrito está en la base de todo avance tecnológico presente, con resultados altamente eficientes. Es como decir que todo el que quiera verme sabe que, basado en los estudios estadísticos de mi comportamiento, tiene inmensas oportunidades de encontrarme trabajando mañana en mi biblioteca, como que puede que esté en cualquier parte imprevista, pero aun siendo yo. Pero aun así, y no importando cuánto se conozca y planifique, un evento puede suceder exactamente como lo imaginamos y sin embargo, al vivirlo, nos damos cuenta de que posee una originalidad imprevista, pues aunque nuestros cálculos nos presenten un universo perfectamente posible, el que nos encontramos al experimentarlo nunca cesa de sorprendernos. Todo esto para reafirmar que el futuro es pensable, pero jamás predecible con exactitud, siendo lo inesperado el único elemento del cual podemos tener certeza. Pues de una manera muy kantiana, cualquier realidad que concibamos de antemano no es más que una abstracción, una idea que para serlo tuvo que trabajar separada de la experiencia y como tal, la experiencia a través de los sentidos, parece siempre tener la ultima palabra.

Si se adentra en el problema de la conciencia, y aun extendiéndola a todo lo orgánico, la pregunta inicial persiste en el momento en que esta introduce sentido a lo inorgánico, como por ejemplo a una foto, no sin dejar de mencionar que los antiguos no tuvieron problema en asignar alma a las piedras y, ¿por qué no?, si estamos hechos de los mismos materiales.

Las piedras serían como seres que han alcanzado nirvana. Puros, inertes, vivos pero tan seguros de sí y como son las cosas, que optan por la más mínima intervención posible pues, a fin de cuentas, no importa cuanto agites, lo que va a ser simplemente será, y no hay razón para andar sintiéndonos obligados a insertar conciencia a los eventos, y mucho menos a lo inanimado.

Pero la novedad también tiene su papel, haciendo del universo un proyecto inacabado, la inconformidad de la rebelión frente a las piedras, la negación de lo establecido, la insistencia en resistir la idea de que lo mejor hecho está, la opción del sentimiento como la herramienta que abre caminos. Por esto para Henri Bergson el mundo material es incapaz de existir sin la conciencia. La realidad y la historia no pueden ser el desarrollo o proyección de una película ya grabada, capaz de ser predicha si se posee toda la información de lo que la compone y su comportamiento durante el rodaje. Pues en este caso, ¿cuál sería el punto? La película tiene que ser sorpresa aun para su creador, una especia de divinidad que anticipa el deleite de la imprevista reacción. Ya que si la transcendencia de lo concebido hacia el plano del accionar en el tejido del vivir — o sea, el paso del tiempo—, no es capaz de cambiar nada, entonces en sí misma es nada, y el Parménides de la Relatividad que elimina la mudanza como parte de las cosas, es el dios impotente del universo estático que fue torpe en el descuido de no crear la alteración y se tuvo que conformar con contar un cuento del cual siempre supo el final, quedando solo el desorden como esperanza de variación. Se hace necesario entonces desmantelar para poder rearreglar de maneras novedosas e insospechadas un relato que fue pensado y desplegado para mostrar un ya fijado final infeliz, pues el dolor del presente es real y permitirlo sin perturbar la película del devenir es inconcebible, haciendo imperante intentar asumir los papeles de una divinidad que apuesta a la bondad, cuando no existen garantías de que la cinta se compondrá sola. El paso del tiempo es entonces nuestro aliado en el empeño de ajustar el desarrollo de la historia. La ilusión de lo inalterable en la creación sería la confirmación del más cruel de los dioses, la atrocidad que se muestra en la incapacidad de no poder ir más allá de lo creado, pues un verdadero dios tendría que poseer la habilidad de superarse a sí mismo en la reformulación de su obra. Es decir que la deidad se confirma añadiendo el carácter de inconformidad insobornable frente a un impuesto destino, y al infinito mismo, la posibilidad de su destrucción. Lo que esclaviza y limita es la expresión misma del maligno. El enemigo envidioso que por no poder ser como dios, —todopoderoso en el ejercicio de su opción de garantizar lo impredecible, como salvaguarda de autorregulación—, se le hace necesario fabricar la regla, la ley que encajona la inspiración, la prohibición explícita de intentar crear nuevos dioses.

El dios que todo lo sabe es un dios menor, incapaz de imaginar lo desconocido pues va en contra de su naturaleza. El verdadero iniciador inventa lo que es capaz de seguir soñando, la búsqueda ansiosa del asombro, ya que la única historia que vale la pena poner en marcha es la que encierra un número infinito de fortuitos relatos y tentativos desenlaces, creando así el regocijo absoluto tanto del creador como de los creados. Pues a nadie le gusta tener frente a sí y mucho menos ser parte de una historia ya contada, dolorosa por lo predecible, angustiosa en espera de lo inevitable. El placer siempre está en lo posible, donde la obra del artista se va formando en colaboración entre la idea previa y el accidente, la puerta hacia el insospechado movimiento.

Así vamos por la vida preocupándonos por lo que pudiese ser el vano intento de alterar los patrones y repeticiones que la naturaleza de las cosas de por sí posee, sin pensar que acaso es posible el pensamiento y el cuestionamiento de lo aceptado y aun —horror de horrores para los mecanicistas—, atrevernos a proponer la consideración del anhelo que altere el curso de las cosas, como resultado de querer siempre algo mejor. ¿Somos entonces víctimas de un orden preestablecido, actores de una obra escrita de final sabido, o acaso artistas, escritores de un libreto que se nos entregó en forma de lápices y páginas en blanco? Hijos de un dios que lanzó unos dados asegurándose de que tenían un numero infinito de caras y muchas más combinaciones, todas posibles, todas tejidas entre la realidad que es capaz de moldearse de la manera que queramos. Pues después de todo, nuestra percepción de la realidad es solo una pequeña fracción de lo posible, con la suerte de que quedamos con la capacidad de siempre dar otro vistazo, hasta hallar el ángulo deseado.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

Leave a comment