
Parpadear es un existir alternado entre la maravillosa revelación de un mundo experimentado y el breve, pero sistemático, recordatorio de la nada, de la oscuridad, la desaparición total de lo querido, de lo odiado, la fragilidad instantánea. Todo pasa tan rápido que la costumbre de la rutina nos hace olvidar lo cercano que estamos, en todo momento, de cesar nuestra regular relación con las cosas. Un pensamiento etéreo que a la vez permanece lo suficientemente activo en el transfondo, como para poder recuperarlo y de inmediato entenderlo como posible, sin necesidad de prolongada reflexión.
Pero los ojos cerrados son también la mente activada. La antesala al pensamiento que busca lo profundo evitando la distracción de las brillantes imágenes que en su vibrar nos capturan, anestesiando nuestra capacidad analítica. Cerramos nuestros ojos al besar, porque el sueño también merece su lugar en la oscuridad. Aun los ojos abiertos que leen no parecen ver nada excepto letras y así, ciegos para lo demás, al unísono abren las puertas de todos los universos.
La idea de la evolución nos hizo pensar y explicar el parpadeo como una simple e involuntaria estrategia adquirida por la necesidad de humedecer los ojos. Pero en el proceso nos enseñó a vivir una oscuridad útil, convertida en aventura, el alimento que impulsa la creatividad, la adaptación y la inconformidad que no descansa en su búsqueda por una mejor manera de ser y hacer. La continuidad de una vida de mira y luego piensa, como si ahí no estuvieran las cosas.
