Las trampas de la eterna corrección

Terminé. Finalmente y me alegro, pues pude entender a cabalidad la razón de ser del título. Existen algunas claves regadas durante el relato para nombrarlo de una manera que parece no tener mucho que ver con la historia, pero el final todo lo aclara de manera genialmente angustiosa. Pensé mucho, mientras lo leía, en la obra de Horacio Castellanos Moya “El asco,” la cual completa su título como un homenaje a Bernhard y a la evidente influencia que ejerce en su estilo, en un brillante trabajo donde El Salvador podría ser fácilmente sustituido por Puerto Rico, o cualquier otro pequeño país latinoamericano. Una manera de narrar que tentadoramente puede considerarse cansona, pero que en su arriesgada repetición, ejerce una maestría tan depurada que en lugar de soltar el texto, nos vemos atrapados como si en el vuelo circular de una ave de rapiña que, en interminables vueltas sobre su objetivo, lo va estudiando en lo que parece una redundancia, pero que insiste en buscar la perfección pura en la caza de lo anhelado. Un poco también quizá como la obra musical de un Philip Glass, donde cada nueva línea de acordes parece idéntica a la anterior, solo para al final darnos cuenta de la lenta progresión que sin notarlo, termina en lo inimaginado. No en balde Bernhard se convierte en uno de los más emblemáticos escritores de la segunda mitad del siglo pasado. Pensé también un poco en algunos textos de García Márquez, donde la extensa oración que nunca parece hallar su punto final agota en el proceso todo lo que una idea pueda ofrecer; y al final, por qué no, también en Pizarnik y en el compromiso obsesionado del escritor por hallar la descripción excelsa, sublime, junto con las trampas de la eterna corrección.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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