
Terminé. Finalmente y me alegro, pues pude entender a cabalidad la razón de ser del título. Existen algunas claves regadas durante el relato para nombrarlo de una manera que parece no tener mucho que ver con la historia, pero el final todo lo aclara de manera genialmente angustiosa. Pensé mucho, mientras lo leía, en la obra de Horacio Castellanos Moya “El asco,” la cual completa su título como un homenaje a Bernhard y a la evidente influencia que ejerce en su estilo, en un brillante trabajo donde El Salvador podría ser fácilmente sustituido por Puerto Rico, o cualquier otro pequeño país latinoamericano. Una manera de narrar que tentadoramente puede considerarse cansona, pero que en su arriesgada repetición, ejerce una maestría tan depurada que en lugar de soltar el texto, nos vemos atrapados como si en el vuelo circular de una ave de rapiña que, en interminables vueltas sobre su objetivo, lo va estudiando en lo que parece una redundancia, pero que insiste en buscar la perfección pura en la caza de lo anhelado. Un poco también quizá como la obra musical de un Philip Glass, donde cada nueva línea de acordes parece idéntica a la anterior, solo para al final darnos cuenta de la lenta progresión que sin notarlo, termina en lo inimaginado. No en balde Bernhard se convierte en uno de los más emblemáticos escritores de la segunda mitad del siglo pasado. Pensé también un poco en algunos textos de García Márquez, donde la extensa oración que nunca parece hallar su punto final agota en el proceso todo lo que una idea pueda ofrecer; y al final, por qué no, también en Pizarnik y en el compromiso obsesionado del escritor por hallar la descripción excelsa, sublime, junto con las trampas de la eterna corrección.
