
En su novela “The unbearable lightness of being,” Milan Kundera describe a un Tomas sorprendido de sí mismo ante el deseo de cuidar y proteger a Tereza, la cual se había simplemente aparecido, como si de la nada, en su puerta. Soltero —en realidad divorciado— empedernido, ni siquiera permitía que sus amantes de ocasión pasaron la noche en su cama e insistiendo en su necesidad de dormir solo, las llevaba a donde estas quisieran después de la medianoche. Pero para Tomas, Tereza era diferente, pensándola como una niña abandonada en un cesto flotando en el río, sintiéndose responsable mientras imaginaba lo diferente que fuera la historia si la hija del Faraón no hubiese recogido a Moises o tal vez, qué hubiese sido de Sófocles y el futuro de la literatura universal, si la esposa de Pólibo no hubiese recogido a Edipo.
Hasta aquí todo bien. Pero a la hora de determinar quién era la esposa de Pólibo, —importante pues es la que cria a Edipo y luego al este llegar a adulto es la que le revela que no es hijo natural del rey de Corinto—, existen diferentes versiones. Su nombre podría ser Peribea. Pero según Sófocles, su nombre era Mérope, y según Higino se llamaba Medusa. Pues resulta que la tragedia de Edipo Rey eran tan famosa en la antigüedad, que todo el que la estudiaba y la copiaba, se sentía en la obligación de hacer anotaciones al margen que pretendían explicar, corregir o mejorar la versión que copiaban. Séneca hizo lo propio en Roma insistiendo en una interpretación estoica de la obra, y Aristarco de Samotracia, filólogo y bibliotecario de Alejandría hizo también copiosas anotaciones que con el tiempo se fueron integrando al texto. En el último siglo y medio académicos han creado miles de páginas en estudios y especulaciones sobre cuál era el texto original de Sófocles y cuáles las anotaciones; aun sin desprestigiar las añadiduras, interpretaciones y correcciones que fue acumulando la historia, por considerar estas una valiosa mina de información sobre las épocas en que fueron creadas y el pensamiento y evolución de cada una de ellas.
En los últimos meses he estado trabajando en la revisión y edición de mi próximo poemario, el cual espera Carlos Roberto para publicar en Editorial Isla Negra. Yo aun no me creo mucho que este tipo de cosas me pasen a mí, pero en el proceso, más largo y tedioso de lo imaginado, he reescrito, editado, corregido y desechados sobre un grupo inicial de cien poemas que escribí entre los años 2019 y 20. Páginas y páginas de comentarios que guardo y con una sonrisa escondida y pícara imagino uno de esos improbables universos alternos en donde los estudiosos se pasarán la vida debatiendo todos las implicaciones de mis centenares de notas al margen, pues de la imaginación y sueños de todos es que se construye todo lo escrito.
