

Manetho y Berossus eran dos sacerdotes del antiguo mundo heleno. El primero de Egipto y el segundo de Babilonia, ambos escribiendo durante el tercer siglo anterior a la presente era, tanto en sus antiguos idiomas como en el griego de su época y a ambos les debemos una detallada relación de gobernantes y eventos que van profundos en el pasado de sus lugares. Los textos completos no sobrevivieron, pero sobre los fragmentos y citas posteriores que tenemos, se basa toda la arqueología que siglos venideros usan, hasta nuestros días, para orientarse en los estudios de la antigüedad del este mediterráneo. Eran tiempos de un nacionalismo solapado que intentaba salvar un mundo que desaparecía, bajo los auspicios de la bota imperial griega. No escribían a escondidas, pues tenían todo el apoyo y asistencia de las autoridades helenas, las cuales se jactaban de promover las culturas locales, siempre y cuando los puertos, el comercio y las leyes constitucionales respondieran a los intereses griegos. En fin, la versión anticuada de la colonia.
Una vez los romanos superan a los griegos como fuerza principal del mundo antiguo, tomando control de toda la cuenca del mediterraneo con una influencia que llegaba hasta lo que era Persia, las tradiciones que intentaban rescatar Manetho y Berossus van desapareciendo en el olvido, en especial con la llegada oficializada del cristianismo, en donde el texto bíblico se convierte en el documento antiguo de preferida referencia. Pero aun este, con un Nuevo Testamento escrito en idiomas locales, pero ya con un gran peso en favor del griego, mantiene las características generales de los tardíos textos sacerdotales del Nilo, el Tigris y el Eufrates, esto es, mucho pecho pa’lo de ellos, pero con los puertos, el comercio, las leyes constitucionales griegas o romanas y, por supuesto, sus idiomas irremediablemente mezclados con la lengua imperial. Solo la arqueología moderna pudo rescatar y recuperar la riqueza de lo que fue el antiguo Egipto y las civilizaciones de la enterrada Mesopotamia, para colocarlas exactamente donde los griegos y romanos las querían, en la memoria de los textos históricos, la evidencia de lo que fue, la orgullosa celebración de lo que ya no es.
