
Rebeldía es solo el comienzo, la oportunidad para afinar algo único que nace de algo tan común como la inconformidad. El desagrado es una antesala construida de miseria y si no se piensa, buscando la oculta belleza que encierra el dolor del rechazo, se hace fácil quedarse estancado en la ira y la frustración. Es un paso que requiere algo especial. Una capacidad que escondida o adquirida, es la llave para proseguir hacia la posible felicidad. Detenerse sería el final, irónicamente, en el principio. Todos somos especiales, en la medida en que combinamos de manera singular el evento de existir. No cabe duda de esto, ante la arrolladora evidencia de billones de seres que tanto en el pasado como el presente, demuestran en sus historias la virtual infinitud de maneras interesantes de actuar en el drama de la vida. Así debemos de andar confiados en que por el simple hecho de haber nacido, se nos ha provisto con una combinación que resulta en una forma de ser y pensar nunca antes vista y, muy probable, irrepetible en el futuro. Es entonces la certeza de tal singularidad el primer elemento de impulso, el antídoto contra la perenne duda que nunca parece descansar. Sin embargo, es innecesario promover nuestra particularidad como mercancía, en el intento burdo de convencer a los demás sobre su valor, pues es esta una actividad que consume mucho tiempo, valioso tiempo, el cual debe dedicarse a la perfección del talento, o talentos, los cuales en su despliegue se encargarán de hacer evidente la necesidad y placer de prestarles atención. El rasgo de nuestra contribución es, en la inmensa mayoría de los casos, una variante de algo ya visto y practicado y, aunque nuestro novedoso enfoque es capaz de abrir puertas hacia impredecibles universos, por iniciarse como un pequeño desvío de algún camino ya trazado requiere, es de hecho imprescindible que, para mayor certeza y efectividad en la construcción de lo nuevo, se empape y reflexione sobre la avenida mayor de la que somos una oferta de salida. Ese anclaje en la tradición nos ubica como alternativa que no comienza en la nada, sino como visión para una renovada continuidad de algo que, fabuloso en el pasado, parecía haber perdido su fuego inicial. Así que adelante, explórese y luego manifiéstese. No como pretendida nobleza que reconoce su unicidad y por ese simple hecho demanda atención, sino como pulido valor que se esfuerza en tallarse y en el proceso nos ofrece la dicha de descubrirlo, según se va descubriendo el mismo.
