

Rodeaban las plañideras una ceremonia a la que resignado me tocó ir solo. Bueno, también estaban el conductor de ritos y los empleados del cementerio a los que supongo les correspondía dar vuelta a la manigueta que baja el ataúd, e imagino que también palear la montaña de tierra que estaba al lado, discretamente tapada con un gigantesco paño verde. Me di cuenta de lo poco que parecía afectarme el asunto, cuando descubrí mis pensamientos ensimismados en las razones del color verde. Confundirse con los demás hitos del lugar fue lo único que se me ocurrió. Un gigantesco y aceitunado mapa que con sus lápidas como puntos de referencia, intentaba orientar al extraviado hacia su deseado destino, bien fuese ahora, o en su viaje final. Todo se presentaba razonable, excepto por mi indiferencia y el albornoz que noté llevaba encima, cubriendo un cuerpo que andaba solo en calzoncillos. Eso me ayudó a calmar la extrañeza que me sobrecogía, pues era evidente que estaba soñando. Hay quienes piensan que los sueños, sueños son.
A María le serví el café que era mi costumbre y como en esos tiempos leía a Freud, me la pasé el día entero repasando los detalles del sueño en busca de su significado. Varias semanas pasaron y nada. Aun así, no me desanimé. Bien decía el austriaco en su voluminoso texto, que la interpretación de los sueños requiere de mucha paciencia y disciplina, pues no es hasta que preñados intensamente y por largo tiempo de los detalles del pasado viaje nocturnal —dejando así que algún fortuito evento nos transporte al más inimaginable recuerdo, muy probablemente de la niñez—, que caeremos en cuenta de las conexiones necesarias para captar lo que a todas luces parece una historia sin sentido. Y así fue, pues leyendo a Murakami, sorprendido desde las primeras páginas por la sencillez de su prosa, me preguntaba cómo era posible que un escritor de esta llaneza narrativa pudiera estar siempre en las listas de fuertes candidatos a ganar el premio Nobel de literatura.
Diez páginas y era evidente que no estaba frente a un Conde de Lautréamont que, con la fantástica poética de su narrativa, me ha servido de mina inagotable para el conjuro de mis versos. Cuarenta páginas de Murakami pasaban en un suave fluir que también me hacía cuestionar la inversión de mi tiempo, pues en las tablillas de mi biblioteca me esperaban ansiosos los textos de Lezama Lima y los interminables placeres de unas rocosas relecturas que a través de los años me han forzado a tallar mi propio universo literario, inspirado en la valentía de quien fue capaz de leer la realidad sin temor de escribirla a su modo, que más que neobarroco es caribeño; ¡chúpense esa, Garcilaso y Góngora! Y es que como lector me he acostumbrado, por insistencia personal, a buscar escritores que vean en el lenguaje un instrumento subversivo que, como tal, cuestione lo establecido de lo que se considera literatura, transformando el entendimiento a través de textos que procuren con tesón decir las cosas no solo de manera bella, sino también de formas que nadie haya explorado aun.
Ochenta páginas de Norwegian Wood sin desviar la atención a ningún otro texto, en la espera de hallar alguna similitud con la prosa de alguien quizá como Rancière, uno de mis escritores favoritos, pues si bien no es filósofo el japonés, tal vez su fuerza narrativa estaba en la propuesta política que escondían sus personajes. Ojalá, pensaba, la novela se proyectara en el molde de una extensa metáfora que se entiende mejor como una crítica solapada a su sociedad y a su irracional apego al capitalismo corporativo, en total detrimento de la humanidad de sus empleados. Pero no, no Yukio Mishima ni nada por el estilo, y mucho menos nada de la compleja prosa que el francés ha hecho su signo, contrastando las tradiciones ciudadanas atenienses con las prácticas del presente, o explorando las vidas nocturnas de los artesanos y trabajadores durante la revolución francesa, revelando, en un texto tan hermoso como intrincado, e invitando a la relectura de sus miles interpretaciones, como estos se lamentaban no tanto por la dureza de sus tareas, sino por la sed de descanso en unas noches que hubiesen preferido dedicar al estudio y lectura de la poesía. Simpleza del lenguaje en contraste es lo que nos ofrece Murakami, en su proyecto de personajes que se narran a sí mismos de manera coherente y de fácil deducción.
Luego de unas 130 páginas sin poder soltar Tokio Blues, pienso entonces que no tenía que ser tan internacional en mis modelos y expectativas, pues el mismo sentir permanecería válido más cerca de lo creído. Sibarita de la desbordada sintaxis que recoge un cosmos de reflexiones, recordé a los escritores de culto de mis orígenes y comencé a extrañar y esperar la jerga autóctona de Ramos Otero —a quien tanto me gusta leer— y la configuración que para mí tiene el reto literario y por lo tanto, la calidad de lo escrito. Pero nada, ni mi devoción por los cuentos de Pepe Liboy encontró eco en las próximas 200 páginas de Murakami, y mis calculados ejercicios para continuar puliendo un estilo propio, que aun siquiera fuese sombra del de Pedro Cabiya, parecían ir en dirección contraria con cada página que sistemáticamente leía. Así pasé un día entero haciendo lo impensable, estos es, leer un solo libro sin parar, de tapa a tapa, envuelto en una dulcemente narrada historia que sin piruetas ni artimañas me tuvo, a mí que soy incapaz de leer menos de 10 libros a la vez, pegado a sus páginas sin poder abandonarlo.
Entonces todo cayó en su sitio, pues al llegar a la pagina 383, la última del texto, me vi claramente de niño, con la suerte de haber nacido décadas antes de que la multitud de focos y atenciones fuera catalogado como un síndrome necesario de medicación. Un futuro malestar que pasando por natural, de adulto se desbordó en un estilo de las letras que continuamente recoge de aquí y de allá, para en la más enrevesada de las formaciones, crear una rúbrica parecida a una colcha de parchos; pedazos que vienen de todas partes y que así inventan un conjunto único de difícil imitación. Todo entró en los esquemas de la lógica y yo, queriendo desgañitar el cumplimiento de lo prometido por las técnicas freudianas y la preparada espera del súbito imprevisto, pude entender en la conclusión de la novela, como si en una premeditada sincronía entre la quimera y lo leído, la significación del desconocido cuerpo en la caja de muertos, el omnipresente verde, las estelas sobre los sepulcros y hasta las connotaciones en el llanto de las asalariadas. Todo se me hizo trasparente, como suele ocurrir, en el rito de permitir al azar seleccionar, de entre los dos mil volúmenes en mis anaqueles que aun no leo, y que llegaron allí, en muchos casos hace décadas, por el impulso de una intuición que al momento no podía precisar el cuando.
Murakami era entonces un maestro que como Luis Negrón en su Mundo Cruel y Magali García Ramis en su seminal Felices días tío Sergio, tenía el don de un asequible estilo, cristalino, que como el más puro de los recursos literarios, era capaz de hechizar al lector y sentarlo hasta su final, frente a una especie de insospechado espejo. Así terminé la novela, de una “sentá,” no como autoimpuesta tortura de concluir lo comenzado, pues como fiel seguidor de las enseñanzas de Borges, nunca encuentro razón para seguir leyendo un libro que no me cautiva, sino permitiendo lo que estilos como el de Murakami buscan, esto es, sembrar una semilla que se presenta inocente, inocua, pero que luego germina tomando una vida entera de crecimiento y expansión, por cada rincón de nuestros adentros.
