
En la rutina hallaba mi seguridad, la paz, ofreciendo al mismo tiempo a los enemigos la habilidad de predecir mis pasos, presa fácil. Así, en ocasiones, me obligaba al errático andar, a la protección que ofrecían mis veleidades.
Mi sangre es como el doloroso origen al que no quiero regresar. A las enfermeras del hospital siempre se les dificulta hallar la vena de mi brazo. Se quejan de tener que pasar más trabajo buscando puyarme en las manos y a veces hasta en los pies.
De los números hice profesión. Me gustaba entender las estrellas. Hubo quien anotó los golpes de culata en las espaldas de los niños y calculó la muerte usando la Desviación Estandar de la Media.
He visto muchos aeropuertos de frente, pero nada más pienso en uno, el único que quedó solo a mis espaldas.
Aun no sé si me llevan o si soy yo quien decido quedarme. Hace poco aprendí a echarle la culpa de mi tortura mental al liberum arbitrium de Agustín de Hipona.
Es como si el peso de la infancia quedara, o por lo menos lo que en seis décadas aun resta de colarse por la hendija. Una batalla de dialectos que corre paralela en las páginas de mi biblioteca. Un registro de apetitos desordenados que por suerte me apartan del camino donde agazapado, me espera el destino.
