Rompiendo la radiola

Hay algo desconcertante en la agresividad —no exclusivamente nuestra— del puertorriqueño. En especial el hecho de que se ejerce, con pasmosa frecuencia, contra otros puertorriqueños. Manejar en las calles del país solía ser el ejemplo por excelencia para describir tan irracional comportamiento. Hoy en día, sin minimizar ni hallar evidencia de que la ira en las vías de transportación y estacionamiento haya mermado, las redes sociales han pasado a ocupar la silla del reinado, en lo que se refiere a despepitar veneno contra el otro. Casi todos mostramos estar encojonados y, he aquí lo interesante, todos parecemos encontrar sólida justificación para nuestro iracundo despliegue.

Desde una perspectiva política, hay quienes damos la impresión de haber tomado la tradición de la revolución y su convicción en la necesidad de la lucha armada, como terreno ético desde donde partir. Una ideología que encuentra en el robo, abuso y muerte que produce el opresor, razón suficiente para usar la violencia, ya que se ve, en última instancia, como legítima defensa contra el agresor. Es dentro de este contexto y, en momentos en donde no se está librando una lucha armada contra las fuerzas de un estado tirano, que el militante identifica y equipara, de inmediato, a cualquiera que se oponga a su discurso y receta para un mundo mejor, con el enemigo, poniendo las ideas de el otro como sostenedoras del estado actual de cosas que se quiere cambiar y, por lo tanto, objeto necesario de la bala que saldría del fusil del ejercito popular, excepto, en este caso donde no hay tal ejercito, de su mas allegado ejemplo, las palabras que pronuncia el iluminado, el sostenedor de la verdad.

Cuando el objeto de tal embestida por parte de algún seguidor de izquierda es un simpatizante de la derecha puertorriqueña, situación que encuentra una más sostenida justificación dentro de lo antes mencionado, la respuesta que se obtiene es, de esperarse, un rápido descenso a las turbias aguas del insulto y la chabacanería, lo cual, de inmediato, aunque tira por la ventana toda posibilidad de dialogo y entendimiento, encuentra un contundente compromiso de ambas partes, de continuar el sin sentido de la noria ad nauseam, poniendo todas las fichas de una posible victoria, en callar al otro con la última palabra, encontrando, en la gran mayoría de las ocasiones, solo trazas de la original discusión en los lodazales en que se suele acabar.

Más problemático, pero no menos común, es un similar intercambio de insultos e irracionalidades, entre simpatizantes de un mismo sector político, en especial la oposición. Pues, aunque podamos estar presenciando a dos, o más individuos que hasta hace poco, en algunos casos semanas, días u horas, eran compañeros de lucha en el compartir de ideas que aseguraban el avance de la justicia, en un santiamén, se convierten en enemigos arrecimos, cada cual, identificando al otro, como la razón por la cual la revolución no progresa y por ello, aliados de la derecha conservadora, poniendo al otro en un plano que promueve y alimenta el tipo de agresividad que merece, el más gorila de los dictadores.

Pero lo más sorprendente de todo, es la inhabilidad nuestra, independiente del sector político, de enfrentar y organizarse en contra de los verdaderos opresores, con la misma facilidad, agresividad y pasión con que lo hacemos con compatriotas de similar nivel y posición, añadiendo así años al ya centenario coloniaje. Esta falta es casi siempre enmascarada por la muestra de una intensa campaña de declaraciones contra el gobierno colonial e imperial y sus representantes económicos, en un intento por demostrar nuestro real entendimiento de quien es el enemigo. Pero por lo regular resulta en acciones solitarias o de grupúsculo, pues insistimos en darle de codo a todos los que anteriormente señalamos como incorrectos y confundidos, dando la clara impresión de que estos últimos siempre tienen la oportunidad de redimirse, con tan solo arrepentirse de sus errores y unirse a nuestro bando, la forma clara y correcta de hacer las cosas.

Es evidente que un país donde la mayoría del tiempo todos estamos en contra de todos, excepto en las raras excepciones donde se logra alguna cohesión para agravar a los que en realidad ostentan el poder, tiene reducida posibilidad de redención y es, a todas luces, el paraíso para aquellos que son expertos en tomar ventaja de naciones y grupos sin rumbo, con el conocimiento y experiencia para explotarlos y extraerles al mayor valor posible. Sin embargo, y es aquí donde el análisis se hace escabroso, todos parecemos estar consientes de que esto último es de hecho el caso y, por más que lo sepamos, no encontramos la forma de salirnos del círculo vicioso de la tiradera continua, el menosprecio radical del otro y la auto-promoción como astros de iluminación pura.

Saber que no importa lo que diga, siempre habrá un grupo, a veces sustancial, a veces no tanto, que encontrará razones para despreciarme es, en cierta medida, liberador. Y, aunque parezca que también me uno al deporte nacional de criticar sin pensar en las consecuencias, entendiendo que poseo algún tipo de verdad que nadie o, solo unos pocos han sido capaces de descubrir, me consuelo en el hecho de que no me declaro inmune a nuestra peculiar epidemia de cólera, además de persistir en el uso de mi reconocimiento de ser parte del problema, como primer paso para poner en revisión todo mi ideario y, juzgando por los resultados del presente y nuestra falta de avance como pueblo, considerar la posibilidad de que ninguno de nosotros sabe exactamente de lo está hablando y mucho menos, lo que está haciendo.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

Leave a comment