
Difícil haber nacido a mediados del siglo pasado y no tener sentimientos hacia el Japón. Terminada una guerra que no se vivió, pero que se mantenía fresca en las ideas de los adultos, se nos obliga de niños a tener que enfrentar sus resabios escondidos, sin intención de pasar por subliminales, en sitios tan comunes como los muñequitos de Bugs Bunny. Un odio que se alimentaba en lo ridículo de los personajes nipones que, en cualquier diminuta isla del Pacífico, insistían inútilmente en pintar su bandera en las palmeras.
Fuera de la televisión, aunque aun a través de esta, la desesperación de una industria automovilística que perdía terreno ante los modelos compactos del Japón se permeaba, en la colonia norteamericana que me tocó nacer, como un problema nuestro, mezclado con padres y tíos que, como cualquiera otros de mediana edad en Ohio, preferían su Toyota ante cualquier Chevrolet. Así se desarrolló una especie de emoción donde la admiración por el rápido resurgimiento luego de la destrucción casi total y el odio se alternaban sin mucha explicación, preparando el camino para una vida en donde lo japonés permanecería inevitable, con su dicotomía de calma que insiste en la belleza y su irracionalidad que persiste en la xenofobia de su autoproclamada perfección.
Las vueltas de la vida que me lanzan a una presente residencia en Asía, acentúan aun más el fantasma japonés, en especial cuando mi dedicación a la literatura ha añadido una interminable lista de autores que desde la ahora cercana tierra del sol naciente, han marcado mi estilo hasta el punto de titular mi primer poemario “Zuihitsu” en referencia al género literario que permea mi trabajo. Pero la proximidad de mi hogar en Las Filipinas con el Japón hace que las historias que nutren el trauma perduren verdaderas.
No es poco común que la necesidad fuerce a decenas de miles de mis vecinos del presente a buscar trabajo en las fuertes economías del área, siendo el Japón uno de sus más frecuentes destinos. Las historias son legendarias por su consistencia en lo duro que es para un extranjero encontrar acomodo en una sociedad tan cerrada como la del Japón. Esto de por sí no es sorpresa y resulta cierto para prácticamente todos los países hacia donde los trabajadores filipinos llegan en busca de ingresos. Sin embargo, la crueldad japonesa de los empleadores y supervisores es legendaria y muchos son los que regresan afectados de manera profunda, confundidos por el deslumbramiento de un empuje económico que jamás pensaron le traería tantas pesadillas.
Luego de 15 años viniendo en Las Filipinas y 6 de tener residencia permanente, he logrado conocer un sin número de ancianos que eran niños durante la ocupación del país en la Segunda Guerra Mundial y las narraciones del abuso verbal y físico a que eran sometidos por los soldados japoneses que los obligaban a la obediencia absoluta y a la reverencia, mientras iban a las escuelas que el ejército construyó y que aun hoy, por la calidad de la mano de obra de sus ingenieros persisten y son continuamente usadas como ejemplo a seguir por los albañiles locales. Es aun común hallar grupos haciendo hoyos de gran profundidad en los campos de arroz, siguiendo las “fabulas” pasadas de generación en generación, sobre los grandes tesoros de oro que en su inmensa sabiduría los japonés enterraron por todos el país.
Escribo estas notas luego de una vida de fascinación por lo japonés que, mientras intenta perfeccionar el arte de cultivar bonsáis, se sigue preguntando como son estos capaces de ejercer su impecable búsqueda de la gracia y la magnificencia, junto con la malsana violencia a que fueron aptos en la guerra y aun hoy en día. Es así como me topo con la obra de la escritora belga Amélie Nothomb y su novela corta “Fear and Trembling,” donde en poco mas de 100 páginas que se leen “a la soltá,” por su fluidez narrativa digna de admiracion, es capaz de capturar la experiencia de una casi extranjera —pues nació en Japón a pesar de haber salido de niña— que regresa luego de haber hecho estudios universitarios en japonés, a trabajar en una gigantesca empresa de importación y exportacion. Una mirada íntima de la dinámica corporativa a la que se someten millones de locales y de como ella se enfrenta y maneja en carne propia el funcionamiento opresor y a la vez orgulloso de sí mismo que ofrece el país. Un retrato que con sus raíces milenarias nos muestra una actualidad que aun acarrea con fortaleza el ultra nacionalismo, junto con el desprecio racionalizado hacia lo otro. La interacción de una imposible conversación entre sordos, que no ofrece mucho progreso desde un pasado que se desarrolla fuerte en el presente y que nos deja frente a un problema de carácter internacional que, en su demanda imperante de solucion, parece no ver ninguna en el horizonte. El retrato literario de una nación que en su abrazo del sistema capitalista, ha integrado el orgullo por una identidad llena de abusos humanos impensables para la mente occidental y que en su justificación parece hacer una crítica válida que nos deja en la disyuntiva de lo primitivo que somos todos, cuando de entender al otro se trata. Una novela que lleva a la reflexión sin caer en el cliché de ofrecer soluciones, a pesar de dejar esparcidas algunas pistas por el texto. En fin, una nueva autora en mi repertorio que se ha ganado mi respeto y mi gran deseo por continuar estudiando su obra.
