
He escrito unos cinco libros, de los cuales tres han sido publicados.
Vivir en un mundo literario es una rareza comparado con los universos en donde vive la mayoría de las personas y como tal he ido, a través de los años, acumulando la observación de patrones en las reacciones de los que entran en contacto conmigo. Uno de los que se manifestó pronto en el repertorio y fue solidificando su plante durante las primeras décadas, ha sido el comentario clásico de ¡wow, aquí si que hay libros! al ver las bibliotecas que he cargado por el planeta, seguido por la siempre predecible ¿y tú te has leído todos estos libros? Las respuestas de mi parte han ido evolucionando desde una inicial y tímida sonrisa envuelta por el silencio, hacia unas más frecuentemente sofisticadas y repletas de sarcasmo como “sí, por supuesto” o “los escribí yo todos.” Pero no es mi intención explorar una historia que ya he discutido en otras partes. Me mueve más el desarrollo de mis publicaciones y de como se hacen evidente para el que ejerce una ojeada, la ristra de libros idénticos que ocupan buena porción de mis anaqueles. He visto entonces como este último detalle ha introducido una variante en la actitud y comentarios de los visitantes, pues ahora, al tratarme como “autor publicado,” asumiendo así posición frente un aura que parece exigir respeto, su antiguo y más permanente yo no tarda en manifestarse con el seguido ¿y tus libros se venden? Yo, que sé exactamente que su curiosidad se alimenta por el deseo de saber si me he hecho rico publicando, inmediatamente contestó que sí, por supuesto. Sin embargo, cualquier escritor en mi posición que sepa lo que hay, conoce lo cercano a imposible que es hacer dinero en el campo literario y como es que prácticamente nadie llega a escribir tantos libros motivado por la proyección de entradas que producirán en las librerías. Excepto, que es lo que hago, si se rehusa el encajonamiento mental con que viene la pregunta de mercado y se brinda, como buen pensador que ha afinado su talento por décadas, lo que implica tener tres libros con tu nombre en las tablillas. Pues esos libros fueron escritos durante un muy largo periodo de tiempo que buscó hacer una síntesis personal y sofisticada de los mil libros leídos y que, en su lento y rápido proceder, ampliaron una visión de mundo y las cosas que permitió una poco común lucidez sobre los mecanismos que mueven a las personas, a los eventos y al valor. Así, mientras se afinaban las estructuras del buen relato y la musicalidad poética, se hacía esto con las mismas herramientas con que se van entendiendo las instituciones educativas y de empleo, así como la constitución de una práctica y familia propia en una comunidad que sigue ciertos comportamientos acumulados por siglos, quizá milenios y que hace que la lógica de la producción y flujo de capital, junto con las artimañas de los que te rodean para apoderarselo, se vayan comprendiendo en tal medida que se profesionaliza uno en la proyección de presupuestos, la eliminación del impuesto deseo por la necesidad material, y la imperante obligación de desarrollar hábitos de ahorro que protejan y si posible hagan crecer lo muy arduamente ganado. Así que si luego de cincuenta años de lecturas intensas que hoy se desbordan en la creación y publicación de varios libros, paralelamente se forjaron también la preparación que me permitió el ejercicio de la pedagogía, el entendimiento de pensar y aprestarse para el futuro, la falta absoluta de necesidades que hoy disfrutan mis hijos, una mejor comprensión de la dinámica de las naciones y sus áreas geográficas que me dieron el conocimiento de saber que la mejor de todas las opciones para la felicidad mía y la de mi familia está en la casa que hoy vivo que, sin debersela a nadie, alberga unos cuatro mil volúmenes de los cuales algunos son de mi autoría y si bien no se venden mucho, son la contundente y más sólida evidencia, el testamento detrás de mi muy cómoda posición financiera y por lo tanto sí, para contestar la pregunta, sí me he hecho rico leyendo y escribiendo libros.
