Sin catcher no hay pitcher

Estamos frente a un giro narrativo / intelectual que intenta monetizar la basura, la pobreza y el coloniaje en gran escala, junto con todas los demás desórdenes producidos por el capital, ubicándolos en una estrategia de manejo global que enmarca el presente dentro de una comprensión evolutiva / planetaria que, además de desplazar la culpa hacia los ciclos universales, pretende presentarse como una fuerza racional consciente de los grandes retos y que, con la colaboración comprometida de todos, busca asumir —o preservar— su destinado papel de liderato frente a las promesas que encierra el futuro.

Pero en realidad la estrategia no es tan nueva na’. Es solo un refrito que con la añadidura e integración —una vez más— de los señalamientos acusatorios de parte de los portavoces de sus víctimas desarticula y aísla la condena, como siempre lo ha hecho, de manera muy efectiva. En otras palabras, que mientras más se grite menos se logra haciendo imperante la necesidad de reflexionar y elaborar un giro propio que se ajuste a los nuevos discursos dominantes y que busque comunicar, de maneras diferentes y realmente efectivas, los incansables intentos del capital de enmascar y desinfectar su perenne creación de desigualdad. Quizá hasta un olvido absoluto que simplemente reconoce lo engatusado y tóxico de ese mundo de disparidades y sus discursos y resuelva construir —o seguir construyendo— su propia y única dimensión, reconociendo que el alimento principal de los opresores es la atención, favorable o no, que siempre buscan y con frecuencia obtienen de nuestra parte. En otras palabras, que no hubiese capital si nadie les para bolas y seguimos solidificando nuestro mejor juego y manera de hacer las cosas, pues sin catcher no habría existencia razonable para el pitcher.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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