Desvelo

Una calurosa noche del trópico filipino, entre el 18 y 19 de octubre, eran ya las tres de la madrugada cuando aun sentado en mi cama, reflexionaba sobre la insistencia de San Pedro de Alcántara, de siempre, y al filo la medianoche, venir a despertarme y convencerme de que la energía del corto descanso era ya suficiente para reanudar mi rebuscar de letras. No era mala compañía, y a pesar de los siglos y niveles de realidad que nos separaban, me hacía también sentir parte de una continuidad que con frecuencia nuestro mundo pierde, en su arrogancia de creerse absolutamente novedoso. Yo gustaba contar la historia a los mortales de como un cuerpo de mi edad, con su metabolismo aproximando el mínimo, no necesitaba tanto descanso como cuando joven. Después de todo, ¿quién me hubiese tomado en serio si tratase de explicarlo como resultado de conexiones ibéricas activas durante el siglo XVI? Pero si se analiza desde un punto de vista que toma la herencia que me precede en consideración, hace mucho más sentido que la burda simpleza que ofrece la ciencia biológica. Después de todo, ¿acaso no soy hijo de la violencia peninsular en mi anciana casa? ¿Desde cuándo deje de ser sucesor de un idioma que carga los finales del medioevo escondido tras las palabras? Y esos años de pentecostalismo juvenil, ¿no fueron tal vez el eco tardío de las Carmelitas Descalzas y las lecturas que hizo Teresa de Ávila de las cartas que le envió el que ahora levita a mi lado? Ahora que lo pienso bien, ¿no habrá sido su brazo el que en mis 20 me llevó inesperado a su protegido Brasil? ¿Quién sabe si en la acumulación de protectorados que las centurias le han asignado, conoció el sentir de los locales en Pakil, Laguna y, en su adoración por Nuestra Señora de los Dolores de Turumba se halló entendiéndolo como terreno fértil para mi legado? La deuda es extensa y por ello no puedo más que renegar de un miedo fantasmal que pierde todo su espanto en la visita de un hermano. Quizá soy yo quien desde su futuro me le manifiesto y lo conforto mostrándole las inimaginables bifurcaciones de su fe y esfuerzo por mejorar las cosas y me pregunto, ¿dónde andará oculto el mensajero de mi futuro?

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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