del griego dichótomos, «dividido en partes» o «cortado en dos partes»

Llevo 62 años, mi edad, viviendo y pensando una dicotomía. Son tentadoras las desgraciadas, pues ponen empeño en ofrecer polos que explican un evento, ofreciendo lecturas que se pavonean, cada cual victoriosa, sobre el evidente descalabro del otro. A estas batallas de dos que reclaman representar a muchos, se llega con frecuencia cuando la opinión está ya formada y ¿a quién no le agrada validar su juicio previo con el hallazgo confirmado de un otro confundido que, en su disparate, contribuye a la creación y detrimento de una crisis? Encontrar el culpable es siempre un alivio que a la vez ofrece una misión. Un foco hacia donde apuntar los cañones; la identificación ventajosa de la posición del enemigo.

En otras ocasiones se descubre la dicotomía con el encuentro fortuito de uno de los polos en algún escrito o en los labios de alguno de sus portavoces. Este último fue mi caso, cuando en el azar de un día de florida juventud escucho a mi maestro y mentor decir que nuestro problema era la facilidad de la migración, pues en otros países, según el, en donde sus ciudadanos no tienen para donde ir, no les cuesta más remedio que buscar la manera de mejorar lo único que se tiene, ergo, la raíz de las revoluciones sociales. Y a mí, en el momento, este pensamiento me pareció tener una lógica tan devastadora, que inmediatamente lo asumí como mío, repitiéndolo como fotuto por muchos años y alimentando su fortaleza con el desbanque continuo del pensar fracasado del lado opuesto.

Pero bien sea por la casualidad de una tradición previa o el tiro de dados que representa conocer una de las posiciones antes que la otra, la dicotomía siempre representa una encerrona que en su lógica de caballitos de verbena, periódicamente añade contundencia a un razonamiento que se alimenta del promulgado absurdo de su rechazo. En otras palabras, mientras más le niegan un punto, más fuerza de aferramiento encuentra el que lo sostiene para declararlo correcto. Una noria que aterrada por el detenimiento, insiste en la aniquilación del otro o, en el preferido de los casos, la llegada final del día donde aquellos entiendan que se equivocaron y por fin, nos unamos todos en el verdadero proyecto nacional, que es siempre el propio. De no ser así, ambos focos parecen estar más que dispuestos, diría deseosos, de erradicar de raíz la oposición, pavimentando así la comprensión final de todo y el necesario ajuste de cuentas que inaugure el nuevo día; esperanza inútil, pues nunca todos estaremos de acuerdo en algo.

Los cambios y vaivenes en el crecimiento físico de los grupos humanos sobre los cuales se basan las interpretaciones y postulados focales de nuestra dicotomía parecen irrelevantes. Así, en las diferentes ocasiones históricas en que ha sido uno u otro grupo el que toma la batuta de la mayoría numérica, esto suele solo confirmar para el otro, el que se convierte en minoría, una representación deshonesta del evento, un meta lenguaje, esto es, una manipulación estadística que solo pretende pasar gato por liebre y que los que saben saben, demostrando su sabiduría en su habilidad de no rajarse ante la mentira e insistir en los principios básicos que formularon los comienzos. Esta creación del intelecto conchú pasa sin problema del uso de su mayoría como elemento roca en la aserción de su verdad, a considerarlo ahora como irrelevante falsedad que no merece ser considerada. Así se crea una especie de universo paralelo en donde la imaginación, rápidamente separada de la realidad del registro público de datos, mantiene una persistencia que cobra fuerzas en su celoso empeño, el cual parece ponernos a prueba, para ver quienes son los verdaderos fieles, los escogidos. Las previas minorías, por otro lado, en su nueva condición, olvidan ahora los sudores teóricos que en antes pasaron para justificar su presencia en un mundo de abrumadores isleños, pues cómo negarse a disfrutar el nuevo peso de la cifra grande. Y todo esto sería una actividad entretenida y hasta placentera para los que hacen de la esquizofrenia un espacio de libertad, la realización suprema del humanismo que al negar lo que a todas luces no son más que artimañas de los poderosos y sus secuaces, afirman en su resistencia su carácter y su pureza como esperanza y luz final de los siglos, frente a la opresión de la oficialidad. Pues la dicotomía y sus implicaciones interpretativas hay que defenderla a como de lugar ya que, siendo esta el conjunto de aforismos y metáforas acumulados por los fundadores, cualquier desviación debe considerarse anatema y para más, señal sospechosa de que algo está mal con el que lo expresa. De más estaría decir que la dicotomía, por ser un sistema cerrado, evita a toda costa su reconsideración y muchos más su desmantelamiento, independientemente de esta no haber producido resultado positivo alguno, pues para sus partidarios tal situación es pasajera y pronto desaparecerá, una vez los demás entiendan lo que tan claramente postula su meollo.

En ocasiones se desarrolla una especie de revisión de la dicotomía que apela a la descripción pura de los campos en disputa y, colocándose a la mesa de los incontaminados, tiende a condenar a ambas por el impasse, pero sin hacer ningún esfuerzo por disolverla, sino tan solo tratándola ahora como objeto de estudio. Esta negación de la caducidad de la dicotomía, si se escarba en las declaraciones de sus proponentes, no es más que una estrategia que la mantiene viva, a la vez que se presenta como pensador de avanzada. Un muy solapado amarillismo periodístico que echándole leña al fuego desde la mejor de la tradiciones isleñas, pretende pasarse como informador noticioso, el mero mensajero del evento, analista político si se quiere, pero que es solo un sadismo que chupa vida de la situación y entiende que de desaparecer el bochinche callejero, desaparecería también su fuente de sostén y posición social, la tela malsana del ciudadano influyente.

Pero los beneficiarios reales de este esfuerzo de manutención, no son los del apoyo militante a uno de los polos interpretativos en virulenta oposición al otro, ni tampoco los que con su acomodo y separación pretenden lavarse las manos, pero que en su ecuánime descripción solo le alargan la vida a la dicotomía. Todos ellos son solo los recipientes de las proverbiales migajas, bien sea en la manifestación hormonal que los hace sentir seguros, o en la publicación de estudios dicotómicos que ruegan, día y noche, que nunca desaparezcan. Los reales beneficiarios son siempre los mismo, esto es, los burócratas de turno en sus esfuerzos por vaciar el país y los industriales y especuladores de propiedad. Las voces que a diario se entretienen en los diferentes campos que viven de la murmuración e insidia que tanto placer les causa al correr por sus venas, no tienen nada verdadero que ganar y con ello la colonia se asegura muchas décadas o siglos más de vida. Y si tan solo se piensa en la continua crisis de desplazamiento y pobreza con que subsisten los objetos de la dicotomía, se entendería que esta sirve a otros que no son ninguno de sus protagonista y que, por lo tanto, su abandono y disolución serían los caminos más lógicos de exploración, si es que de verdad se quiere buscar una vereda que cambie lo que por varios siglos se enorgullece y enriquece en su permanencia.

Este propuesto abandono, que tomando una página prestada de la dialéctica hegeliana nos podría, aunque fuera por el momento, ayudar como herramienta para salir del tranque, comenzaría por aceptar lo obvio, esto es, que todos pertenecemos al universo que la dicotomía pretende explicar, no teniendo que desechar por completo todo lo reflexionado, sino comenzar a comprenderlo como una dinámica de opuestos que mutuamente se moldean y que en el proceso, no muy diferente a como son todos los procesos, puja para formar un nuevo paradigma. Serían disueltos los viejos polos que llaman al compromiso político evidenciado en el sostenimiento antagónico de tal o cual bando. Pues agotados de andar “profundamente perdidos en los abismos de los dogmas,” para citar a Nietzsche, y superándonos en la ubicación de las pasadas verdades en el pasado histórico que les pertenece, nos obligamos a abrir los ojos en la definición de un presente nunca antes visto, teorizando responsablemente en sus ajustes y variantes, e intentando producir algo diferente que al aceptar nuestra común herencia, se use como plataforma de acción conjunta frente a los ladrones. Por supuesto que diferente no necesariamente significa mejor. Por esto el beneficio de los sujetos sobre los cuales la dicotomía montó kiosko, debe siempre ser el propósito tras su paulatina disolución.

Al presente solo existe un grupo homogéneo en su visión para el futuro, el capital financiero, el cual, gozando de los entretenimientos populares que ofrecen las dicotomías, son consistentes en su afán por endeudar a la humanidad en su arrollador intento por apoderarse del futuro. Obligándonos entonces a ponernos en la encrucijada de mirarnos hacia adentro y considerar que lo que hemos estado haciendo, todas nuestras formas y maneras han sido fallidas y, si no un fracaso rotundo, —pues aun puede utilizarse nuestras previas posiciones como lecciones y objetos de reflexión que nos ayuden a ver una salida, como quien busca la sustancia que crea la mezcla, y la abraza como su nuevo punto de partida—, continuar con la estrategia de repetir lo ya repetido hasta la saciedad debe ser el camino a evitar. Pues la dicotomía puede ser rica por darnos la oportunidad de reflexionar sobre un fenómeno que aqueja a la mayor parte de la humanidad, esto es, la migración forzada —física o mental— y la realidad de hallarnos siendo lo que somos en los lugares más insospechados, junto con la fortuna de aun mantener un grupo sustancial en la tierra que nos da algún tipo de coherencia grupal. Una vida que se han empeñado en que no sea nuestra y para colmo, logrado engatusarnos en la mareada de simplezas que explotan la inacción, en lugar de procurar, desde las distancias, que patrones generales se vayan revelando y mostrándonos los ajustes necesarios para una mejor distribución de las tareas. Una humanidad que en términos generales, frente al acoso constante de las fuerzas financieras, ha decidido que su mejor opción es procurar su beneficio personal y tratar de exprimir lo más posible de cualquier situación en la que se encuentre, independientemente de si en el proceso destruye bien sea a un amigo o un enemigo. Esta fragmentación del porvenir no es sino el logro mayor de los especuladores, los cuales ahora pueden andar campantes sobre unas inmensas mayorías que han renunciado a su capacidad de profundidad y sofisticación en el proyecto humano, en favor de la conectividad cibernética. La negociación fundamental del presente es el intercambio de derechos por comodidad, aun cuando esta solo viva en la posibilidad de la proyección. La presión moral que se puede ejercer sobre cualquier individuo de hacer lo correcto, se busca entonces satisfacer con la práctica incesante de una crítica mordaz hacia las acciones del otro. Y si bien la crítica parece poder defenderse como un derecho intelectual que debe ser resguardado, lo que en realidad debe ser defendido a capa y espada es el derecho a la pregunta. Pues a diferencia de la crítica que desinfla la rigurosa reflexión previa de lo que se quiera decir, la pregunta pone en jaque las propuestas que se asumen como buenas, sobre la base de un cuestionamiento pensado y no tan solo porque sí.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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