El hombre unidireccional

Hubo tres años de inesperada e intensa sequía y para el cuarto decidimos comenzar a caminar hacia el sur, en busca de la humedad. Éramos siete familias y en menos de dos semanas hallábamos el paso entre las montañas y, tras la sierra, un vasto pantano habitado solo por las cobras, en donde iban a parar todas las aguas de las nubes que nos sobrevolaban. De inmediato lo supimos nuestro hogar. No parecía de nadie, pues no vimos a nadie. Excepto cuando comenzamos a secar pequeños lotes y enseguida aparecieron mensajeros a caballo de Don Santos, el español que se decía dueño de toda aquella región y al cual nunca vimos. Así fue como nos halló el trabajo, en la promesa de la porción de arroz que nos tocaba, si decidíamos cultivar aquella interminable laguna, rodeada de antiguos volcanes que pensándola descubierta, era ahora ella la que nos conquistaba. Tampoco tardó en llegar un cura católico que se esforzaba por acaparar nuestro tiempo libre, que era mucho, en la recolección de recursos para la construcción de la iglesia. Este sacerdote parecía llegar justo a tiempo para introducir a San Isidro Labrador como patrono de los que sembramos, pues la fascinación por la poderosa serpiente que dominaba la planicie se mencionaba ya como objeto de culto. Así quedaron divididas nuestras devociones entre los rituales de la confesión y el bautismo por un lado, y los herbolarios por el otro, curanderos capaces de convocar a las serpientes responsables por la muerte de algún pariente, en una ceremonia de regaño para que estas aprendieran a no volverlo a hacer. De esta manera aceptamos a un dios en los cielos encargado de muchas cosas mas no de las culebras, pues por la historia que luego aprendimos, parecía que la enemistad que provocó la clausura del paraíso aun persistía.

El aire era callado, casi virginal, sin haber sentido piel humana y por lo tanto, moldeable, disponible para hacerlo nuestro en una muy sutil pero permanente conversación que en las mañanas saludaba, como solo el lugar de la infancia sabe hacerlo. Pensaba en esta realidad del primer habitante, del asentado en la tierra baldía y de la conjugación que se forjaba entre la naturaleza, sus ciclos y nosotros como parte de ella convirtiéndonos, en aislamiento, en algo diferente, una interpretación única del ser. De adulto pude regresar al norte. Una muy breve visita a la tierra ancestral y descubrir que nuestros idiomas, originalmente similares, habían necesitado tan solo tres generaciones para hacerse mutuamente incomprensibles. Físicamente aun nos parecíamos, pero el gesto al andar y la rotación de las manos al hablar eran ya diferentes. Solo permanecían los apellidos como referencia y una memoria borrada que a gotas intentaba sobrevivir en la confianza que los norteños ponían en nuestro cuento de que veníamos de ahí.

Salir del nuevo poblado fue una estrategia inexistente, pues siempre fue lugar de llegada. Hasta que luego de muchos años de penurias, a mi madre se le ocurrió ir a la capital, doscientos kilómetros más de distancia hacia el sur —siempre el sur— a buscar suerte como ayudante en las casas de los adinerados. Nadie esperaba mucho de tal aventura y todos estaban convencidos de que no era más que una forma de separarse de su marido, el cual invertía la mayor parte del tiempo muerto —seis meses al año—, en beber ginebra y cerveza, mientras con los amigos perseguía a los perros rialengos del barrio para asarlos en barbacoa y pasarla de juerga. En lo segundo tenían razón los vecinos, pues tatay se ponía insoportable cuando bebía y le daba por pelear. Pero el motivo fue también económico, pues aunque por seis meses se trabajaba duro en la siembra y cosecha, luego de varias décadas de república, cuando las grandes haciendas habían por fin sido divididas entre los campesinos, pronto descubrimos que la esperanza de salir de la pobreza con un título de propiedad era una falacia enarbolada por quienes aun controlaban la compra y venta de los productos. Los títulos eran además provisionales, es decir, un simple pedazo de papel que delimitaba los entornos del solar de manera ambigua, provocando constantes disputas entre vecinos que no pocas veces terminaban en violencia letal y que, para colmo, aun listaban a Don Santos como dueño; un individuo del cual nadie sabía, miembro de una familia que fue expropiada y expulsada del país en los años de la independencia. Pero argumentar sobre las limitaciones e irracionalidades de nuestro título de propiedad con las autoridades agrarias era entrar a un mundo de fantasía cuántica, pues a pesar de lo dicho, nos decían que no teníamos nada de que preocuparnos. En fin, dueños de una tierra que no daba para vivir y que su pertenencia dependía de algún oscuro soplo en alguna oficina de la capital. Así fue como mi madre comenzó una nueva caminata, no solo hacia el sur, pero esta vez, juntos con todos los que la siguieron, hacia todos los rincones del planeta en donde hiciera falta trabajo arduo y poco remunerado, despreciado por las clases pudientes que entendían sus migajas eran hechas de oro. Todas las siete familias quedaron fragmentadas y desbandadas, dejando solo a los abuelos y nietos para cuidar, casi de manera simbólica, una tierra de dudosa propiedad y que solo producía para comer una parte del año. Fue así como desaparecieron los sures como destino de la esperanza y surgieron, al unísono, todos los puntos cardinales junto con todas las distancias, excepto la del regreso.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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