
De tanto dormir cuando joven, había perdido el gusto por el sueño. Calculando los años que me quedaban y comparando con lo que quería escribir, la cama se me hacía un costoso lujo, que ahora mismo no me debería dar. Pero entre las miles de lecturas urgentes que se alternan, entre polvorientos textos donde el amarillo de las hojas testifica del tiempo que los cargo y relucientes libros que aun conservan la envoltura del suntuoso papel que reproduce su portada, hallé “La Interpretación de los Sueños” de Freud. Dos extensos volúmenes que me han mantenido ocupado y por los cuales he renovado mi apreciación por la sistemática modorra, pues utilizando las estrategias de Sigmund para descifrar los míos, me he topado con una mina de fabulosos descubrimientos sobre mí mismo y mi pasado. Excepto que las conexiones de extrañas escenas oníricas con mis recuerdo y eventos que van desde el día anterior, hasta mi niñez, toman un tiempo considerable sortearlas. El mismo libro del que les hablo, documenta exégesis que han acaparado años y que solo se completan como resultado de la casualidad de alguna memoria que arriba, en el más inesperado de los momentos, con la problemática de que para que esto suceda, se requiere que el intérprete mantenga la investigación viva en algún rincón de la mente, asegurándose de no estar desprevenido, frente al fortuito momento. El autor del clásico considera este constante interés normal y necesario pero para mí, que en primer lugar me preocupaba la eficiente utilización del tiempo, no resulta práctico pues, la parte que no te dice el austríaco, es que mientras pasan los días requeridos para completar la interpretación de uno, soñar no se detiene. O sea, que la misma acumulación de textos que sufría mi biblioteca, en donde el paso del descubrimiento de lo necesario es mucho más rápido que el interpretativo, terminó reproduciéndose en mis mañanas de notas nocturnas. De más está decir que he, de nuevo, abrazado el insomnio
