soñar no se detiene

De tanto dormir cuando joven, había perdido el gusto por el sueño. Calculando los años que me quedaban y comparando con lo que quería escribir, la cama se me hacía un costoso lujo, que ahora mismo no me debería dar. Pero entre las miles de lecturas urgentes que se alternan, entre polvorientos textos donde el amarillo de las hojas testifica del tiempo que los cargo y relucientes libros que aun conservan la envoltura del suntuoso papel que reproduce su portada, hallé “La Interpretación de los Sueños” de Freud. Dos extensos volúmenes que me han mantenido ocupado y por los cuales he renovado mi apreciación por la sistemática modorra, pues utilizando las estrategias de Sigmund para descifrar los míos, me he topado con una mina de fabulosos descubrimientos sobre mí mismo y mi pasado. Excepto que las conexiones de extrañas escenas oníricas con mis recuerdo y eventos que van desde el día anterior, hasta mi niñez, toman un tiempo considerable sortearlas. El mismo libro del que les hablo, documenta exégesis que han acaparado años y que solo se completan como resultado de la casualidad de alguna memoria que arriba, en el más inesperado de los momentos, con la problemática de que para que esto suceda, se requiere que el intérprete mantenga la investigación viva en algún rincón de la mente, asegurándose de no estar desprevenido, frente al fortuito momento. El autor del clásico considera este constante interés normal y necesario pero para mí, que en primer lugar me preocupaba la eficiente utilización del tiempo, no resulta práctico pues, la parte que no te dice el austríaco, es que mientras pasan los días requeridos para completar la interpretación de uno, soñar no se detiene. O sea, que la misma acumulación de textos que sufría mi biblioteca, en donde el paso del descubrimiento de lo necesario es mucho más rápido que el interpretativo, terminó reproduciéndose en mis mañanas de notas nocturnas. De más está decir que he, de nuevo, abrazado el insomnio

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

Leave a comment