
Hay una especie de cuervo asiático, particular de Las Filipinas, llamado Uwak; nombre que no requiere mucha explicación, pues para los que en diferentes ciudades del mundo hemos escuchado el sonido que producen estas aves, no es difícil entender el porqué.
De apariencia y color similar a todos los cuervos que conozco y con un confirmado alto grado de inteligencia y organización social, la variante local parece diferenciarse solo por su peculiar comportamiento de volar mayormente de noche, tiempo también en que gusta entonar su espeluznante graznido. Escalofriante grajear, no solo por su preferencia nocturnal, sino también por ser este un lugar de escasa población en donde las extensas hectáreas del cultivo de arroz, si bien no producen eco, parecen tener la capacidad de acarrear el sonido por grandes distancias, amplificando a la vez el pavoroso sonar del turbio pájaro. Por suerte, este parece ser un evento tan desacostumbrado como temido por los locales. A mí, que después de viejo me ha dado por escribir historias y poemas de terror, me pareció una coincidencia extraordinaria haber terminado en un sitio como este y, luego de averiguar donde los vendían, no perdí tiempo en ir y hacerme de mi propio Uwak.
Lo procuré lo más salvaje posible y, de buena suerte, el que los cazaba me señaló uno que recién había atrapado y que, aun enjaulado, en su incesante ánimo de escapar, según contaba el cazador, había mostraba un sistemático esfuerzo por hallar algún mecanismo para abrir la puerta de su modesta pajarera, incluso desmantelar algunas de sus estructuras más débiles. De inmediato lo quise, pues este comportamiento lo hacía candidato idóneo para lo que quería, ya que mi intención era demostrar mis habilidades de entrenador, logrando el poder dejarlo libre, asegurándome que hiciera de los alrededores de mi casa también su casa, el lugar a donde siempre podía regresar. Los vecinos y familiares del barrio comenzaron a verme más raro de lo acostumbrado, pues según contaban los ancestros y aun hoy se repite, escuchar el graznido nocturno del Uwak, era señal irrefutable de que la muerta se anunciaba pronta y cercana.
Adiestrarlo no fue difícil, afianzando en su rápido entender, su reputación de inteligente. Por el día se la pasaba tranquilo cazando insectos, saltarín, sobre los terrenos aledaños al hogar. Pero una vez llegada la noche alzaba el vuelo, dejándome cada día con la duda de su rumbo y trayectoria, pues siempre parecía partir en diferente dirección. Lo que sí noté de entrada fue que las noches de luna eran especiales, pues en la claridad nocturnal podía observar el puñado de ramas de eucalipto que cargaba en su pico, algo que no solía hacer en otras noches.
Aficionado de la astronomía y con la bendición de vivir en un lugar bien apartado de la luz citadina, había comenzado a discutir y observar los ciclos planetarios y el nombre y posición de las constelaciones con mi niño menor. Fascinado por las conjugaciones planetarias, fue Antonio, con sus cortos añitos, el primero en notar que la reciente alineación de Marte, Júpiter y Saturno, evento no tan frecuente de por sí, vino acompañada por la ausencia de nuestro Uwak en las mañanas.
Nuestro Uwak llegó solo dentro de la jaula en que lo adquirimos, la cual tenía la cadena de su puerta picoteada y la uniones de sus paredes de rejas gastadas por su constantes intentos de liberarse. Pero no pudo y enjaulado al fin, solo vivió un corto tiempo en el reino de la inefable soledad. Por ello hubiese sido ingenuo pensar que la compañía le era desconocida, pues como ave recién capturada, el recuerdo fresco de una vida en bandadas, cacerías y, como pronto sabríamos, el morbo de un terror esparcido por toda la comarca, eran mucho más representativos de su realidad que el encierro. Pensamos que con la libertad condicionada que le ofrecíamos lo hacíamos feliz, pues no necesitaba esforzarse por buscar comida; solo ser libre en las noches sabiendo que su porción lo esperaba en los amaneceres alrededor de la casa, segura, plena y saludable. Mas nos equivocamos. A los pocos días vimos como un número creciente de Uwaks llegaba cada mañana a compartir la comida de uno. Pensamos que debíamos aumentar lo que se les dejaba y así evitar posibles conflictos y escaramuzas de pájaros locos en nuestro terreno. Pero desistimos, pues nos preguntamos si todo no se convertiría en un evento progresivo y sin fin. Después de todo ¿Cuántos Uwaks se podían mantener en nuestro espacio? Un asomo de respuesta llegaría más pronto de los esperado, pues los crecientes círculos de Uwaks que sobrevolaban el bario en las mañanas y su continuo graznar en las noches habían sembrado el pánico y la rebelión en la vecindad. Aun el muy recomendado hígado cocido en vino de gato castrado que intentamos darle para espantarlos fue inútil.
En una provincia acostumbrada a lidiar con posiblemente la serpiente más venenosa del planeta, la cobra pangasinense, se hubiera pensado que un aumento de pájaros negros en las mañanas y cielos de la noche sería cosa menor. Pero no fue así. Concilios de ancianos y asambleas generales se organizaron con pasmosa rapidez y presenciarlos era una ventana a las espantosas historias de Uwaks que contaban los abuelos y abuelas; memorias de un tiempo que a su vez fue contado por su propios abuelos, los primeros habitantes del valle. Narraban como esta inmensa planicie, a la falda de antiguos volcanes y por tanto deseablemente fértil, fue tierra de nadie hasta hace tan solo unos 150 años, cuando sus antepasados, expulsados por sabe Dios que misterio que la historia consumió, obligó a ocho familias del lejano norte a andar hacia lo desconocido y fue aquí, en las pantanosas tierras de la cobra, donde asentaron sus suertes. Pero el veneno mortal de los Uwaks parecía venir de adentro, de su graznido nocturno que anuncia y en su acto se esparcía por todos los vientos, haciendo posible la muerte. Pues aunque gente moría todo el tiempo en el barrio, como en cualquier grupo de humanos, las muertes recientes parecían multiplicarse en veloces leyendas que ahora recorrían zigzagueando la totalidad del pequeño poblado.
El número de reuniones y asambleas no disminuyó y de extraña manera tampoco sus asistentes, los cuales seguían presentando, una y otra vez, los mismos reclamos sobre invivibles y ruidosos pájaros nocturnos que ahora parecían poder señalar paralelos a sus ojos o quizá allá abajo, en los terrenos que rodeaban nuestra casa. Estas reuniones no solo se extendían en vela preventiva toda la noche, sino que aún llegada la madrugada, cuando las aves se iban ya reuniendo para el desayuno, de interesante manera persistían hasta donde todos parecían disfrutar de su detallado y redundante análisis de forma continua, sin importar en donde la asamblea hubiese comenzado y sin idea de cuando terminaría. Era como si el todo y todas sus partes se hubiesen fundido en uno y el paso entre lugares y tiempos no existiera más. Ahora vivíamos todos en reunión permanente con la posición y dirección de los Uwaks siendo lo único cambiante.
Siembra y cosechas se habían descuidado y tomó un tiempo antes de que alguien detuviera su interminable arenga sobre los pájaros negros, para señalar el abandono masivo de las rutinas del poblado. Pero como a nadie parecía ya darle hambre y los niños habían dejado de ir a la escuela, uniéndose de manera peculiarmente elocuente a las discusiones, no fue hasta pasado un largo tiempo que se comenzó a señalar lo obvio. Todo al principio se sintió como un murmullo, un susurro alimentado por la confusión y la incredulidad, con tendencia a avergonzar al que considerara traerlo a un pleno invariablemente enfocado en lo mismo. Pero el pequeño progreso que habían hecho algunos escarbando la metálica cerradura de la puerta, hizo que otros invirtieran tiempo en las gigantes paredes de metal que ahora rodeaban los cielos del barrio. Una división sistemática de las labores que entre nube y nube, daban la impresión de que cada vez se estaba más cerca de poder desmantelar el subterfugio.
Allá pasábamos gran sed durante el tiempo seco; largos peregrinajes como de desierto que, excepto por los cometas que en algunas décadas nos regaban agua fresca traída desde los confines de la galaxia, parecía como si persiguiéramos algo sin saber exactamente qué, ni donde. Los balances universales, especialmente el de la electricidad, por la cercanía de sus relámpagos, se entendían ahora como esenciales a todo lo vivido. Era nuestro turno de ser los cazados, así como alguna vez nos tocó ser cazadores, y el ahora no es más que la pena que sigue a la victoria, que a su vez también precede otra pena. Nos consolaba pensar que en el gran esquema de las cosas, los Uwaks podían ejercer ahora su señorío, pero era pasajero. Con la mirada milenaria entendimos que todo miembro de lo natural tiene su turno y solo hay que ser paciente y esperar a que la ruleta del destino termine las vueltas de su azar, y vuelva al sitio donde estaba.
El largo cautiverio ayuda a pensar. El tiempo nos hizo saber que durante la era de los árboles, fueron ellos los que nos pensaron al verse rodeados hasta el asfixie por todo el letal oxígeno que desechaban, concibiéndonos así como perfectas máquinas de reciclaje, capaces de transformar su basura en su alimento. También nos entrenaron con las frutas que parecían nutrirnos y que no eran más que un truco. Una estratagema que solidificaba nuestra vocación de mascotas servidoras, al ir depositando semillas por toda la tierra, en una fértil mezcla abonada y asegurando así, la toma total del planeta por parte de las plantas. Con el tiempo solo nos bastaba con mirar alrededor, para comprender que todo depende de todo, con intervalos en donde la dominación se va rotando, y en donde el único soberano permanente es el balance. Perros que nos sacan a pasear, los virus que en poco tiempo nos ponen de rodillas en servidumbre, terminando parte nuestra. La lista es larga pues incluye todo, ya que todo tiene su pedazo de era. De las más interesantes épocas que pudimos observar, fue la del vampirismo. Una fascinante mutación que ante tanta plenitud de sangre y noche, dominaron hasta casi lograr la eternidad. Solo los derrotó la intrusiva e inviolable necesidad de una oscilación con extremos idénticos a los del mismo universo, siempre asegurando que nada ni nadie pueda por siempre estar ni arriba ni abajo. Ni las explosiones volcánicas madres de las tormentas celestes, marítimas y guerreras, tampoco los asteroides, ni las sales naturales y artificiales que purgan la sangre melancólica, ni mucho menos los sentimientos del habla y el pensar, ni la evaporación de los líquidos ni su ósmosis, menos aun los colores, las antipatías, simpatías, gustos y repugnancias naturales, con atención prioritaria a la curación vegetal de la picadura de mosquito, las enfermedades de la incontinencia, o la succión que ejercen recíprocamente los que se enamoran, todo incumbencia y de dependencia inviolable a la suerte, como lo justifican los mecanismos desde siempre asentados.
Hoy nos tocó ser entretenimiento carcelario de los Uwaks. Del mañana poco sabemos. Hasta nuestro folklórico largo viaje desde el norte se explica ahora, como el camino que siguieron nuestros ancestros dirigidos por los pájaros bajo amenaza permanente de muerte.
Podíamos así ver nuestra casa allá abajo y a esas malditas aves que ahora lanzan migajas al viento, entretenidos en el malsano placer de ver si las podíamos atrapar. Era el único momento para la comida y el resto del día lo pasamos enviando señas desde nuestras inmenso confinamiento, intentando llamar la atención de los transeúntes que saltarines y de picos como el azabache, ahora venían con más frecuencia y que con los ojos llenos de ambición, por haber encontrado estas maravillosas tierras, desoladas y a tan bajos precios, y que como incentivo ofrecían estas cajas de metal flotante, transparentes, repletas de exóticos especímenes locales, recién atrapados y aun conservando su espíritu de libertad y de legendaria inteligencia, listos para ser entrenados.
Ninguno de los nuevos cazadores mencionaba nada, pues se enfocaban en la venta. Pero en los campos aledaños, especialmente del norte, de donde venían los interesados en bandadas y listos para poblar estas solitarias tierras, ya se comentaba, entre ancianos y uno que otro relegado social, la leyenda de aquellos seres que dormían de noche y que por el día se la pasaban intercambiando extraños y pavorosos sonidos, y que a cualquier tierra que llegaban, como juraban las memorias de un lejano pasado, solo traían muerte y destrucción.
En fin, que eran los Uwaks los que ahora nos criaban y acá arriba entre cúmulos, a falta de superficie donde escribir, volvimos a desarrollar la memoria. Nos acostumbramos recordando que vivir en las nubes era algo que ya hace algún tiempo habíamos practicado en tierra. Éramos, después de todo, parientes lejanos de los organismos que se rumora viven en la atmósfera de Venus.
