Cress con flororo

En algún momento a principios de los años 70 y siendo mi edad entre los 9 y los 11, nos encontrábamos reunidos como familia en la sala del hogar, frente a ese fogón de la modernidad llamado televisor. Veíamos no sé qué show y, como de costumbre, permanecíamos de manera ininterrumpida durante los anuncios comerciales pues en esa época, estos eran tan o más imaginativos y entretenidos que el programa mismo que auspiciaban. Influenciados por una ola de ejecutivos y magos de la propaganda de un recién exilio aterrizado en La Isla y en alianza con el talento local, la industria de la publicidad televisiva florecía exitosa, hasta el punto de moldear la conversación callejera y de oficina. Recuerdos de años en donde frases de comerciales memorizados y hasta diálogos enteros, eran el teatro que centraba el chiste y relajo escolar y, si por vergonzosa casualidad alguien había perdido la oportunidad de ver el más reciente y original de los anuncios la noche pasada, era menester comprometer con promesas a sus amigos más cercanos para que se comunicaran por teléfono en cuanto lo vieran la próxima vez, asegurando así el no perderlo.

En la particular noche que rememoro, un grupo de jóvenes y niños aparece en la pantalla y sin mucha pretensión, comienzan una pequeña rumba en las cálidas arenas de alguna de nuestras playas, cuando uno de ellos percibe la llegada de un individuo adulto y anuncia: “aquí viene Tito Puente.” “Tito Puente” exclamó de inmediato mi padre y, por la rareza que implicaba su presencia y mucho más su comentario, mi oído se ajustó con premura, como si asegurándose de no perder aquella joya de momento que quizás se pudiese guardar en una memoria que se visualizaba ya escasa de tales elementos. Sonó para mí mi padre admirado y a la vez sorprendido de ver a ese señor —desconocido para mí— proyectado sobre el cristal del enser. Su tono parecía ser un homenaje a alguien que quizá cargaba un pasado de gloria y que, luego de un olvido del cual no conocía yo sus razones, aparecía inesperado y por sorpresa, en un breve evento que quizá pretendía reconocer su glorioso ayer y de paso pedir disculpas por el olvido. El nombre de Tito Puente quedó entonces grabado en mi memoria, despertando la misión de estar bien pendiente, en caso de que lo volviese a oír mencionar, para así poder acumular mayor información de su persona.

La canción del comercial era pegajosa y unos timbales que centraban la escena hicieron evidente para mí, reafirmado por algo que también debió haber dicho mi padre y que ahora no recuerdo, que ese era el instrumento musical que había hecho al tal Tito Puente famoso. En un futuro no muy lejano, y ya con unos 12 o 13 años, me toca ser testigo de la mareada musical que arropó a la puertorriqueñidad y eventualmente a todo el mundo de habla hispana. Ese fenómeno llamado “salsa” y al cual me adherí como fiel seguidor, dejando como muchos que determinara mi vida y mi manera de ver el mundo y sus cosas. Tito Puente parecía sin embargo flotar leve, cual si difuminada neblina, en la superficie de la manía salsera. Un persona semiescondido y al que era necesario escarbar, si se quería conocer su verdadera posición en el género, mas allá de los estruendosos ruidos y personajes que dominaban la escena. Pero el que sabe sabe y poco a poco se me hizo evidente que aquel señor era reconocido por todos los artistas y jóvenes músicos de mayor fama, como una de las influencias más indelebles de las nuevas categorías sonoras.

Para mí la salsa era el evento de la época y como tal, encajaba con la rebeldía de una adolescencia que había adherido la independencia de Puerto Rico y el antiimperialismo, como sello de su acción y pensamiento y, resultaba un tanto incomprensible que mi padre, miembro obvio de la pasada generación, tuviese lo que parecía ser un conocimiento antiguo y profundo sobre las raíces de lo que era el movimiento del presente. Pero con los años y el saber fui entendiendo como esa música de los ‘70 no surgió de la nada, por más que parecía querer dar tal impresión. Aprendí entonces del papel que Nueva York y los puertorriqueños que en ella vivían jugaron en la siembra y cosecha de los ritmos que en su momento parecían tan nuevos y tan míos. Con el tiempo supe que mi exploración revelaba tan solo un primer nivel arqueológico y que habían aun más capas enraizadas en la música e historia cubana; consciencia que me ayudó a entender con claridad el papel de recipiente musical —además de político— que jugó nuestra isla y de como, de no haber sido por el exilio que provocó la revolución, el papel en el desarrollo de la salsa que jugaron los puertorriqueños hubiese sido quizá menor, pues eran los cubanos los destinados a protagonizar el vibrante ajetreo melódico de los tiempos. Pude entonces colocar en su correcto contexto a Celia Cruz y aprender las tonadas de la Sonora Matancera, descubriendo que lo que yo creía nuevo era mas bien un rehacer, un refrito que sin negar la validez que aportaron los nuevos talentos, la deuda con la Antilla Mayor era inmensa. La Lupe entonces no había caído del cielo y se hizo importante conocer nombres como Mongo Santamaría, Arsenio Rodriguez y Chano Pozo. Grandes herencias que con sus influencias bañaban todo lo que oíamos. Esos eran los nombres y los ritmos que sostenían el tono de mi padre cuando lo escuche decir “Tito Puente.” Fuimos una gente bendecida con lo mejor de la isla hermana, además de también ser el paraje al que vino a tener toda una clase política de ultra derecha. Asesinos terroristas como Julito Labatud que se hacían pasar por señores buena gente que siempre enviaban flores a Walter Mercado, y que con sus acciones reorientaron el curso de nuestra historia.

Nueva York y el Tito Puente de la televisión de niño, ese al que mi padre quizá sin querer abrió mis ojos, hacían ahora sentido en la leve sombra de acento que este presentaba en el anuncio comercial, desde su primera palabra en español y su posterior y perfecta pronunciación del producto “Crest;” con una clara ese de serpiente y su definitiva te al final. Para los niños y para mí, como para todos en Puerto Rico, ese era el anuncio de “Cress.” Pero no cualquier Cress, sino el que tenía “flororo,” pues “cress con flororo / por arriba, cress con flororo / por abajo” era el “jingle” de los niños en el anuncio, el del vacilón escolar y la repetitiva estrofa que siguió apareciendo en mi cabeza, por años, cada vez que veía un envase de la dichosa pasta dental, hasta el día de hoy.

Pero la vida me llevó a mí también a vivir de un extenso exilio en Norteamérica y aprender, como Tito Puente quizá quiso enseñarnos en su aparición playera, que el ingrediente principal de la pasta era y es fluoride y que por lo tanto, era Crest con fluororo. Sí, ese combito sobre la arena que era y es el arquetipo del regreso, aunque fuese de pasada, a una isla lejana y que con sus playas ofrecía lo que se asumía no tenían los niuyores. Nueva York, “ese país tan grande por allá,” como decía la madre de mi noviecita brasileña que, en su pensar desde el delta amazónico y mientras cazaba el aun entonces abundante mono pereza para la cena, hacía parecer al Brasil, frente al mito norteamericano, tan pequeño como Puerto Rico.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

Leave a comment