
Había una de esas máquinas en el kiosko del camino que conectaba el expreso y el barrio Caimito, por donde estaba el Palacio de los Trabajadores el cual, luego de 35 años de exilio, no tengo idea de si aun existe; otra época donde esos magnánimos nombres de resonancia soviética eran más comunes. Imagino que si investigo averiguo, pero temo que en el proyecto se me escape el hilo de esta idea que escribo.
Pasado el punto del sindicato estaba el Instituto Mizpa, al cual mi madre me mandó a hacer una llamado de emergencia al trabajo de mi padre. No recuerdo la urgencia, pues la memoria la ocupa el cabrón pastor que en la recepción, sin importarle que era un niño el que rogaba, me sometió a un cínico interrogatorio digno de un criminal. No creo ni que pude hacer la llamada. Sí, en la urbanización recién construida y recién mudados, no había aun servicio telefónico.
Años después estudié en ese Mizpa. Para entonces mi memoria de residente y familia aspirante a “clase media alta” —inventada clasificación que solo sirve para alimentar las aspiraciones pendejas de arribismo social en donde en realidad solo existen dos clases, los que producen riquezas y los que se las roban—, ya iba desapareciendo, aunque no así la del cabrón pastor. Aun el camino adentrándose hacia Caimito fue con los años adquiriendo otras vivencias muy diferentes a la de la infancia y temprana adolescencia, pues un día hasta me vi invitado por el sacerdote e historiador Fernando Picó a janguear con el y los curas de su residencia / seminario. Más me acordaba de las parchas que fuimos a recoger al campo y al río que con su alta formación rocosa Picó gustaba de llamar La Catedral, que de las medias de Winston que escondido iba a comprar a la máquina del kiosko, hasta que hoy vi esta foto y, como inesperado relámpago disparado desde el Olimpo, reviví el día en que Kato, el vecino del frente de la casa de la familia en la urbanización y amigo cercano de mis padres me susurra en el oído, mientas halaba yo la palanca que dejaba caer la cajetilla, “¿qué carajo tú haces?”
Muchas son las memorias olvidadas de esos años. Pero el terror provocado por aquella conocida voz a mis espaldas mientras mis manos se sumergían en la proverbial masa, y el abuso verbal de la autoridad pastoral de aquel cabrón, gustan aun de visitarme, ambos indelebles en mi alma, frescos, más de cinco décadas después.
