
Ideas basadas en la separación entre humanidad y naturaleza —esto es, la naturaleza como ente de poderosos ciclos que siempre se imponen a largo plazo y la humanidad, por otro lado, como organismo independiente, casi foráneo, que en su conducta injertada, elemento extraño al mundo que lo acogió, quizá una enfermedad, un virus, ha demostrado desprecio, falta de respeto y poco agradecimiento en su ejercicio de destruir sus alrededores, y que por ello, ahora enfrenta el irrevocable destino de pagar las consecuencias de sus acciones con el precio de la extinción—, merecen análisis.
Suena problemático que algo que es un claro producto de la naturaleza y sus patrones de comportamiento, como lo son los humanos, sea ahora despojado por su irresponsable proceder, de su membresía al conjunto de las cosas, clasificando sus acciones como contra natura y que, a raíz de su pecaminoso obrar, equitativamente juzgados y sentenciados por sus transgresiones. Este esquema de corte religioso, dañino y despreciable en el pasado, parecería aquí retomar su núcleo y, enmascarado en una especie de moral de los tiempos finales, separa a los vivos frente a un jurado del fin, en donde solo unos pocos escogidos, si acaso, tendrían la leve esperanza de ganar mención en el reino de los justos y al final, pagarían igual el precio, con su desaparición del planeta —algo así como el cuento de los conquistadores capturados por los locales que, encadenados, se enfrentan al jefe de la tribu rodeado por sus miles de súbditos, mientras le ofrece a los prisioneros, divididos en dos grupos, la opción entre muerte o chacachaca. Ante la espeluznante idea de morir, el primer grupo escoge chacachaca. El segundo grupo, aterrado por haber presenciado el ritual, prefiere escoger la muerte, a lo que el jefe tribal les contesta que no hay problema, pero que primero les harán chacachaca—.
Pero si se asume una humanidad tan natural como la naturaleza que la permitió, entonces sus acciones, igual de contradictorias que la destrucción y reconstrucción que parecen estar al centro del comportamiento universal, cuentan también con todo el horror y la esperanza que existe en cualquier isla que abriga rugientes volcanes junto a bellos jardines. Y así, cual galaxias de hoyos negros y estrellas dadoras de vida, pues lo que explota en una supernova calcinando sus sistemas planetarios en el proceso, es también material para el comienzo de nuevas estrellas y planetas, las mujeres y hombres son también, siempre, otra oportunidad para el encanto. La humanidad entonces, como parte del todo que la instruye en sus formas y procederes, no puede estar separada y luego subdividida entre los destructores sin posibilidad alguna de redención y los justos que aceptan la futilidad de su exclusiva propuesta de la felicidad, pues de nuevo, tan naturales como la naturaleza, tiene en sí las fuerzas de ambos extremos combinadas en lo que son. Muerte y vida entremezcladas en una marcha que a largo plazo negocia con el azar, la mejor y más sostenible de las existencias.
Aquellos que por avaricia han llevado a la humanidad en dirección al colapso no desean morir y saben o tienen expertos que les dejan saber, que la única posibilidad de sostener el flujo de ganancias en un mundo de limitados recursos, tarde o temprano tendrá que elaborar una salida de conservación y diversificación, que bien podría ser el sostenimiento responsable de este planeta o la escapatoria hacia otros. Se debaten entonces entre cuál de estas dos y sus variantes, les permitirá continuar con su enriquecimiento por mayor tiempo y no será hasta que se haga evidente para ellos que su existencia está en inminente peligro, que procederán con sus planes de autorescate. Pensar que lo que está en proceso es una destrucción descarnada que también incluye la muerte de sus provocadores como parte del plan, olvida que estos energúmenos, como humanos al fin, no desean inmolarse en el ocaso y, como tal, tomarán las medidas que sean necesarias —siempre considerando la continua ganancia monetaria — para evitar su mortandad. En este sentido, la experiencia reciente del Covid fue iluminadora, cuando estados enteros, por temor a la muerte masiva, fueron capaces de paralizar casi por completo la economía mundial. Solo pocas semanas bastaron para que los ecosistemas comenzaran un rápido proceso de recuperación, dándonos así un adelanto de lo pasaría en caso de una devastación ecológica que paralice las industrias y disminuya cuantiosamente la población de las ciudades. Por supuesto, una vez los ricos y el estado hicieron el cálculo de que durante la pandemia, el regreso paulatino a la maquinaria productora de ganancias dejaba un número “aceptable” de muertes que no amenazaba con la desaparición de la humanidad, ni mucho menos con su posición social, no tuvieron problemas en volver a su normalidad. El ejemplo de las armas nucleares es también educador en este punto, pues con capacidad para destruir toda la civilización con un dedo, los poseedores de tal poder se resisten a ejercerla, por la simple razón de que el descalabro se los llevaría a ellos también por el medio o, como nos enseñara Manolito el de Mafalda, “entre toros no hay cornadas.”
Es tentador pensar que en la antesala del final, los que buscarían salvarse serían exclusivamente los ricos y poderosos entre ellos mismos, pero cualquiera que halla estudiado un poco las lógicas del mercado y la manera en que se produce el valor que luego es acaparado por los burgueses, entiende que los trabajadores y consumidores son indispensables en la ecuación. En otras palabras, salvar, en caso de un cataclismo mundial, tan solo a grupos de privilegiados, bien en este o en cualquier otro planeta, es la manera más efectiva de asegurar la desaparición de estos en un corto plazo, pues no serían más que una camarilla incapaz de sostenerse a sí misma, a menos que hallen la manera de esclavizarse entre ellos. Es evidente que para estas bestias, como nos enseña la experiencia de la reciente pandemia, la muerte de millones es aceptable, siempre y cuando perdure un número que garantice la continuidad del régimen económico. En otra palabras, sin la preservación del sistema actual, aun cuando sea en versión altamente reducida, no existe supervivencia posible para los privilegiados. Es mucho más probable que pase al revés, esto es, una catástrofe que disminuya o desaparezca la clase dominante y sus ciudades, dejando tan solo comunidades aisladas, alejadas de los centros urbanos, que por su experiencia en el arte de sobrevivir de la tierra y con poco, tendrían mejores oportunidades de mantener vivas a un número mínimo de personas para comenzar la repoblación del planeta. Un escenario en donde los estados gubernamentales intenten, junto a uno que otro excéntrico millonario, implementar un predeterminado plan de emergencia que reúna representantes de los diferentes sectores de la humanidad que se entiendan necesarios, como artistas, obreros, agricultores, escritores, científicos, etcétera —quizás lo que se tenga pensado en caso de un meteorito con capacidad de fulminar la civilización de manera casi instantánea— sería difícil de implementar en caso de un deterioro ecológico que vaya ocurriendo de manera paulatina, pues ¿cuál sería el momento correcto para comenzar?, enfrentando gran resistencia de los que aun piensen que pueden bandear el vendaval desde donde están, haciendo de la separación física de clases un ridículo, ya que los resguardados podrían tener que enfrentarse a la disyuntiva de continuar encarcelados o regresar a un mundo que se le dejó a los pobres. Es razonable pensar que un colapso de los ecosistemas sería mucho más devastador en zonas de alta concentración poblacional y menos brutal en las áreas más remotas del planeta, donde a las experiencias ya acumuladas de supervivencia, se le añadiría el conocimiento derivado de la hecatombe ecológica, o sea, el claro saber de quienes fueron sus responsables; entendimiento que bien pudiera ser clave en la reconstrucción de la civilización. Por ello los movimientos activistas y sus intelectuales harían bien en considerar la inversión de mayor tiempo, en la identificación de poblaciones que sean catalogadas como más propensas a sobrevivir un desastre ambiental y aprender de ellas, incluyendo una reflexión mutua sobre las razones que llevaron a la humanidad al borde la extinción y de cómo evitar repetir, si posible, los mismos esquemas de injusticia. Una apuesta al intelecto y al conocimiento acumulado que, afinado en el recuerdo de lo vivido, pueda descifrar, como hasta ahora lo ha demostrado la especie, innovadoras formas de continuar su jornada sobre la faz de la Tierra. La desaparición abrupta de toda la humanidad parece ser más una fantasía insertada por memorias de dinosaurios. Un desajuste ecológico a gran escala es más propenso a ocurrir en fases que, al reducir grandemente la población humana, tantee un balance que se de a sí mismo la posibilidad de recuperarse. Así podríamos comenzar a ver la devastación ambiental, aun con todo el pavor que acarreará, como una oportunidad y no tan solo como un indescifrable fin común.
Es altamente complejo predecir con exactitud los patrones de lluvia con una semana de anticipación, y ni hablar del elusivo pronóstico de terremotos. Sin embargo, parece hoy en día existir cierta ciencia capaz de haber encontrado una nueva e insospechada capacidad para anunciar con exactitud el colapso total de los ecosistemas y su consecuente extinción humana, esto es, el año 2030, y me pregunto, ¿incluye también el mes? Imagino que habrá los que lean estas notas y las tuerzan para apoyar su visión de que el cambio climático no existe y que, si acaso, es solo parte de un mayor ciclo sideral que nada tiene que ver con las acciones humanas. Incorrecto; el camino hacia un cada vez mayor detrimento de los ecosistemas está sólidamente asfaltado por la mano del hombre, solo que sus detractores han olvidado la complejidad del pensamiento y las acciones humanas, así como sus recursos en tiempos de desesperación, asumiendo una humanidad pasiva frente al evento, y despojando a sus causantes del sentido de supervivencia del cual ningún humano puede ser despojado, ni ahora, ni en ningún momento de sus pasados dos millones de años —quizá más— de existencia. Este deseo nato de siempre buscar vivir un día más hace cuestionable la lectura que al presente le da a las clases responsables por la ruina ecológica, todo el poder de llevarnos hacia una extinción que los incluye. Lo que en realidad parecemos tener de frente es el camino pavimentado hacia una muy probable, pero para nada ineludible extinción. Es por esto que nuestro razonamiento debe usarse en el debate y desarrollo de ideas y proyectos que nos preparen para los grandes eventos que se avecinan, aprovechando la capacidad de ejercer el discernimiento que posee el ser humano para descifrar complejas dificultades, en su empeño por mantenerse vivo y que, en el proceso y con el conocimiento de lo que en su momento fueron capaces los acumuladores de ganancias, aventurarse a elaborar las bases para una resistencia y reconstrucción que busque salvaguardarnos de tales ambiciones, insistiendo esta vez en nuestro lado comunitario y sentido de la justicia, al momento de avanzar hacia un reverdecer que experimente con la amistad y la cooperación, como las estrategias fundamentales para el progreso. En fin, aprender a ver lo que se nos viene encima —con todo y sus despreciables horrores— como un tiempo de oportunidad y no como uno de rendición previa ante una asumida muerte e insoslayable desaparición.
Quizá ya no estemos tan cerca de ser como las piedras, aun cuando compartimos los mismos elementos, pero sí tenemos mucho en común con todo lo vivo, sus acciones, sus prioridades, sus egocentrismos, sus habilidades para transformar sus alrededores, sus deseos de proteger y proveer para sus crías y su pericia para diezmar los recursos del área donde viven y sin más ni más, caminar hacia la próxima área con recursos y repetir el ciclo, desplegando en el trayecto, un fuerte sentido de supervivencia que se encuentra en todo lo animado. El ser humano, independiente de su posición geográfica, social o histórica, ha demostrado tener una facultad especial para el despliegue de un egoísmo con raíces tan profundas como la vida misma, junto con sus igualmente impresionantes muestras de bondad y preocupación por el otro. La expresión de una continuidad que fluye y refluye con todo lo vivo, pues hasta los virus y bacterias que viven en nosotros, y así lo han hecho por centenas de milenios, nos constituyen en un todo que interacciona y nos mantiene conectado con la biología y física de nuestros alrededores, la luna y sus fases, el sol y sus ciclos, en fin, parte íntegra de unos ritmos de los cuales no hace sentido concebir independencia total. A fin de cuentas, si morimos por una debacle ambiental es porque nos es imposible ser y hacer sin lo que nos rodea, a la misma vez que lo que nos circunda nos reconoce como parte integral de su régimen, pues hasta la composición actual de la atmósfera es el resultado de una interacción constante entre la fina capa que cubre el planeta y la respiración de todo lo vivo. Mas en este panorama tan amplío de lo vital, por lo que podemos observar, y aceptando la evidencia que tenemos de animales mostrando básicas elaboraciones de planes y prevenciones futuras, solo el humano exhibe la calidad intelectual de cuestionar sus urgencias y deseos más profundos, en favor de una idea.
No es prudente entonces pensar que se puedan predecir con exactitud los eventos futuros que dependen de una humanidad capaz de determinar y reestructurar su curso, en negociación constante con el cambio y el accidente. Hoy, la desilusión e ira contra los que han jugado a ser dioses con nuestros recursos, en un esquema de esclavitud, conquista, guerra y miseria, donde la desesperación y el sentimiento de incapacidad nos mantiene siempre al borde la esquizofrenia, hace que como salida final comencemos a ver la destrucción del medio ambiente y nuestra extinción de humanos incapaces de administrar juiciosamente lo que nos fue dado, como una combinación de escapatoria, descanso y venganza, prefiriendo aceptar el menoscabo de los ecosistemas, como el tiro de gracia que finalmente acabe con todas las injusticias, en lugar de poner nuestras esperanzas y esfuerzos en la capacidad humana para transformar la realidad. Es la lógica del suicidio que acepta con resignación el arma en la mano del criminal que de una vez y por todas nos sacará de nuestra miseria. Nos hemos dejado convertir así en cómplices en la predicación de la futilidad de nuestras acciones para la mudanza, ayudando a desmantelar con la promulgación del ineludible fin, todo la energía trasformadora que poseían nuestros antepasados y su confianza casi ciega, en el talento innato para forjar su propio destino. Es el quebrado espíritu humano minado en la invasión premeditada del entendimiento popular. El abandono consciente de parte de los responsables, del ideal universal de la educación como herramienta para realizar el potencial que nos acerque más a nuestra meta de libertad, retrasando el paso hacia comprensiones de mayor altura, abriendo en su lugar la posibilidad del descalabro total en que ahora nos encontramos, capaz de convencer a muchos de la imposibilidad que tendría nuestro espíritu, a través del intelecto, de salir del hoyo en que nos han y nos hemos metido. La muerte de la esperanza o el incapacitado proceder para continuar lo que alguna vez pensamos era la tarea del cosmos, la construcción del camino hacia la conciencia total de sí mismo.
La satisfacción que demuestran los que claman por la pronta debacle ecológica para acabar con la podrida humanidad, ejerce un reajustado pero aun viejo ideal hegeliano, en donde el planeta es ahora el protagonista del espíritu que toma las riendas del destino universal, derrotando en su batalla dialéctica a quienes no dieron la talla cuando tuvieron la oportunidad, pasando ahora a la etapa superior en donde una naturaleza que, separada e independiente de los humanos, toma control total de las cosas, haciéndose responsable de ser la que mantenga viva la posibilidad de que algo mejor se vuelva a intentar. Los promotores de este cuadro, incluyéndose entre los que pagarán con su desaparición, claudican en su tradicional tarea —de igual corte y tradición hegeliana pero con variante marxista— de proponer y construir algo diferente, escondiéndose ahora tras la inutilidad de poder hacer frente a fuerzas que declaran tan inexorables como invencibles. Se despoja así a los trabajadores y a los pueblos e intelectuales en su totalidad, de su papel protagonista en la transformación de la sociedad, firmando un tratado de rendición incondicional a las fuerzas destructoras y de paso, celebrando el fin de la civilización como bienvenida al otro mundo, al que ya no es posible alcanzar por un espíritu humano que se declara en bancarrota; un experimento fallido del cual se espera que las montañas y roedores sobrevivientes puedan esta vez superar lo perdido.
En la capitulación que adjudica a la naturaleza el papel de magistrado en el desenlace, cedemos nuestro rol al extirpar una humanidad que, como parte de la naturaleza misma, hereda sus comportamientos de una tradición evolutiva de millones de años y que en su desaparición, no resuelve ni la falta de interés por la preservación de los alrededores que se encuentra en la gran mayoría de los organismos, ni mucho menos la práctica del egoísmo. En todo caso, tan solo retrasa la solución a un problema que muy probablemente persistirá en el proceso evolutivo luego de la extinción de una especie humana que, aun con sus contradicciones, ha sido el único ser hasta ahora capaz de reflexionar en categorías abstractas sobre su obrar y de plantearse la tarea de cambiarlo. Esta habilidad se extinguiría con su ausencia, sin dejar garantía alguna de que se recuperará o reinventará. Aun con todo esto, el personaje principal de nuestra historia no somos nosotros ni la naturaleza del planeta sin nosotros, sino el universo en su conjunto, con sus patrones y contradicciones que dependen de la casualidad y el accidente, como su forma de encontrar el mejor de los mundos posibles, el cual, no existe de manera premeditada sino que cambia, como todo siempre cambia, haciendo de lo óptimo algo que varía en cada instancia. Pero cualquiera que sea el camino, es tarea de todo lo vivo y lo no vivo, y de manera única de aquella parte de la materia consciente de sí misma, de abrazar su responsabilidad durante el improbable milagro de la existencia, y aportar su experiencia y conocimiento en la cocina que confecciona el futuro. Es entonces estudiando los ritmos de la vida y la materia que nos podemos poner en tono con el plan y el mensaje que nos toca desarrollar y promover. Festejar el presente arranque que separa la humanidad de los enormes ciclos universales, para luego regresar a la naturaleza como último tribunal en la continuidad de las cosas, es lo que debe someterse a cuestionamiento.
El desbanque de los focos tradicionales de confianza y orientación que la sospecha generalizada de la época trae, abre las puertas a una plétora de opiniones individuales tan abundante como la cantidad de personas que tienen acceso a la redes sociales u otros medios tradicionales de comunicación. La pérdida de la teología folclórica y de personajes públicos que encarnen una ideología política de altura o moral que agrupe a las personas bajo limitadas y sencillas consignas que orienten un comportamiento comunitario, inaugura la presente era de fragmentación y multiplicidad de dispersos puntos de vista que se refugian ahora en lo personal, como garante de su sabiduría y certeza. El “esa es mi opinión y se respeta,” como si banderín tejido por los dedos del propio Descartes, busca plantar el cierre obligado del debate y proteger el derecho de cualquiera de promover las interpretaciones y lecturas más descabelladas, creando un mundo de oscurantismo e incertidumbre; el clásico río revuelto en la angustia donde oportunistas pescadores, políticos corruptos y megamillonarios surgen para llenar el vacío de liderato y fuente de saber que ellos mismos inventaron. El descontento y oposición se atrincheran entonces tras los muros de la crítica. Una suerte de comportamiento que se alimenta de las iniquidades de los ricos y poderosos, para sugerir y orientar sobre lo que no se debe hacer, pero sin propuesta clara que delineando pasos inmediatos galvanice a las personas en cómo sustituir la desolación, con alternativas factibles y concretas que vayan más acá de los grandes proyectos futuristas como la sociedad sin clases, la distribución equitativa de riquezas y demás. Esta contraposición, ciega para lo inmediato y la emergencia, da bandazos desorientada por falta de teoría que la guíe en la consolidación de un movimiento que organice el descontento y, en las ocasiones que se halla con responsabilidad pública como nuevos protagonistas de la escena, quedan atrapados en una imitación de lo anterior, sin capacidad para gobernar con alternativas reales, por falta de originalidad y reflexión previa en la presentación de soluciones diferentes al difuso paraíso que siempre vive en la vaguedad de la tierra de lo prometido. La denuncia crea una plataforma para cultivar la razón de la desobediencia, pero sin proyecto innovador y teoría dinámica que encamine los pasos, el desencanto termina en el perenne renacimiento de la urna electoral. La escena política de la oposición es como un inmenso cañaveral en donde todos andan dando machetazos a diestra y siniestra, pero sin tener una visión clara del proceso de siembra, cultivo y distribución. De esta logística, gracias a la distracción permanente de los macheteros en la exclusiva denuncia, se encarga la burocracia buscona de turno.
El estado y la revolución perfecta no existen y quien promueva y auspicie tal cosa es un fotuto de la opresión, pues cualquier proyecto que se considere a sí mismo irreprochable hará todo lo que entienda necesario para asegurar que los traidores, los que incitan a la desviación del camino hacia la gloria, sean propiamente castigados y si posible, borrados de la faz de la tierra. En fin, que la historia humana es la historia del aprendizaje en el arte de transigir y hallar términos medios entre incompatibles proyectos que de otra manera jamás llegarán a su cumplimiento total, pues todos implican la aniquilación del otro. Se desvanece el ideal del estado como instrumento liberador y sus leyes como espejo de las leyes naturales a las que todos deben obedecer, pues ya no materializan la dirección que nos da el cosmos, a la vez que, de manera contradictoria, se reafirma la creencia en un universo que es depositario del secreto de la belleza hasta el fin, solo que ahora con el hombre pagando el precio por no haberle hecho caso. Una especie de romanticismo posmodernista que proclamó la incapacidad humana para identificar lo que la madre Tierra nos ha venido diciendo por milenios y que, como parte del ideario que tira la toalla al intelecto humano, se somete a la impotencia de poder hallar el camino que nos asegure la supervivencia sobre el planeta. Insiste sin embargo esta tribu en estar entre los pocos que predican la nobleza de unas ideas que, de haberlas todos seguido, hubieran salvado a la humanidad y que, como miembros de esa última estirpe que fue ignorada, les tocará perecer con la verdad entre sus discursos, junto con el resto de la humanidad, prometiendo en su altruismo que lucharán hasta el crudo e inevitable final; el último conjunto musical de nuestro gran Titanic. Todo menos considerar la posibilidad de la pobreza de sus ideas, pues sino sería injusto, diría yo, que la naturaleza termine llevándoselos por el medio, junto con todos los responsables del desastre ecológico. Asumir la autoinmolación de las clases dominantes continúa la tradición de esperar por la inevitable caída del sistema capitalista como resultado de sus contradicciones internas. Espera a la cual nos tienen acostumbrados sus detractores y que por pura suerte, magia, falta de entendimiento y/o pobre consciencia de parte de las clases oprimidas, dicen, el capital siempre encuentra una salida para continuar con su dominio. El capitalismo como el mono de los diecisietes pares de nalgas que, como quiera que lo tiren, siempre cae sentado. Una triste falta en el análisis que se viene arrastrando por mucho tiempo, y que insiste en señalar las fisuras del sistema como la trompeta apocalíptica que anuncia su propia destrucción, desestimando la continua capacidad que ha mostrado el capital para reinventarse, aprovechando la falta de alternativa efectiva de parte de las oposiciones que han preferido descansar en el inminente vacío que dejarán los poderosos. Vacío que nunca llega, pues las propuestas que han alcanzado nivel certero de parte de las oposiciones, tímidas en su mayoría, suelen ser apropiadas por el sistema en su proceso de reinvención.
Todo esto conlleva el riesgo de que se malinterprete y se reaccione de forma precipitada para condenar la posición que argumento, alegando que no ha sido propiamente examinada, haciéndome sentir como si tuviera que listar mis cualificaciones de revolucionario de buena fe. Una cierta protección que intente curarse en salud, ante el temido vendaval de acusaciones por supuestamente haberme aliado con la derecha. Quizá el irremediable precio por pretender ser riguroso y no seguir repitiendo lo escuchado miles de veces, convirtiéndose en la incuestionable verdad del movimiento. Pero si el instinto de conservación está igualmente distribuido entre los humanos —excepto quizá aquellos que cometen suicidio, representando un porcentaje minúsculo entre la población humana y que también tienen que luchar contra un deseo de permanecer vivos que los lleva a postergar la decisión o en muchas ocaciones cambiar de parecer—, todo lo vivo, no solo los humanos, desea permanecer vivo. Aun el soldado que se une a un ejercito lleno de fervor patrio, se cuida lo mejor que puede y entrena, para no tener que morir sin necesidad. Así que siendo esta una característica de todos, sin importar su posición social, he elaborado esta reflexión y peculiar ángulo sobre el cercano futuro, junto con las implicaciones para el análisis de no negarle a nadie lo que es claro pertenece a todos.
