
“Quedaron solos en la batalla horrenda Teucros y Aqueos…”
La Ilíada, Canto VI
El resto del mundo quedaba atrás. Y con este, los llorosos corazones de nuestras esposas, las miradas fijas en el horizonte de nuestros hijos, las carcajadas cohibidas de nuestros amigos, las calles incompletas de nuestras ciudades, y las silentes casuchas de los pueblos que nos hicieron ser. Era el final de un camino antiguo, rodeado por miles de hombres en la implacable soledad de la batalla, erguidos en el estruendoso silencio, encarando el final. ¿Pero cómo se recibe una muerte vacía de herencia y memoria? ¿Despedazado en la lenta agonía? ¿Deseando el final? ¿Cuál es el ritual apropiado en la llegada del nimio instante, del encuentro con el polvoriento suelo? Con suerte mi cuerpo sería recogido con honor, y nada más, el comienzo del eterno olvido, la irreversibilidad de la anónima irrelevancia. Me revelo entonces y abrazo mi única esperanza, la valiente batalla, el alce de mi espada, el empuñe de mi escudo. Mato antes de ser matado, y en la destrucción del hueso enemigo, y el caño de sangre que abren mis armas, voy regalando tinieblas, repartiendo olvido. ¿Quién es este Agamenón que aquí me trajo? Solamente el botín de la victoria anima mi espíritu.
Pero la rapidez de la batalla también encierra el misterio del tiempo pausado, de la larga reflexión. Rodeado de bronce, relucientes picas y dudas, pienso, ¿en qué me convierto con esta distribución de mortandad? ¿Es acaso diferente mi sangre a la del extranjero? ¿Qué bondad insospechada habita en la historia del que mutilo? ¿Qué justifica mi intento fugaz de cenar con los dioses cegadores de vidas? Peor aún, ¿de dónde saco estas ideas tan huérfanas, en tiempos de tan escasa sabiduría? ¿Acaso soy el principio de siglos venideros? ¿Será que sin saberlo vivo en un pasado, y que frente a mí se abre un mundo inmenso y extraño? ¿Serán suficientes el robustecimiento de mi pueblo, y el beneficio de los míos, para nutrir mi desesperado intento de gloria y memoria? ¿Dónde están ahora todos a los que mi enemigo benefició? Ninguno aparece para rescatarlo. ¿De qué le sirvió tanta bondad, si terminó muerto a mis pies, penetrando el seno de la tierra? Ni siquiera tener la náyade en su linaje lo salvó de mi broncínea lanza. Convierto entonces la batalla en la única verdad, la exclusiva creadora de lo que es, destructora de lo que no será, la determinante fundamental de las cosas y el futuro. Y así, cual orla incontenible, me muevo junto a las falanges, hacia la toma de la muralla.
