
La noticia nos llenó de tanto entusiasmo que, en saltos de fogoso baile, revoloteábamos por todo el lugar. Sin preguntar, seguimos las instrucciones al pie de la letra y, asegurándonos de que cada rincón se inspeccionará, juntamos todos los cojines, almohadas y mantas que encontramos. Era un mueble de pesado roble que, colocado contra la esquina de la pared, creaba el espacio ideal. Fue fácil convencernos de entrar al semi oscuro rincón, el cual, al irse cubriendo con las sabanas y cojines, adquiría un tenebroso negro que no nos permitía ver ni nuestras propias manos. Las nerviosas risitas que la aventura provocaba se detuvieron por completo al escuchar unos pasos que al alejarse, anunciaban el seco golpe de una puerta al cerrar. El silencio inundó la casa y la desesperación de la completa soledad abrió paso a un llanto que, mientras mi hermanito y yo intentábamos con desesperación arrancar los firmes clavos que sellaban nuestro escondite, gritaba confundido por el abandono. Al juego Daddy le llamaba camping.
