
“Un día que orinaba sobre el esqueleto del crepúsculo…”
Antonio Ramirez
…mientras la noche preparaba su escuadrón de sombra, su crepitar de estrellas, el hemisférico despliegue de su inevitable victoria, ponderaba intoxicado tu vespertina sentencia, el sabor de sal y sangre en mi boca.
Una bicicleta sería suficiente para bajar temblando la cuesta de la Norzagaray, jurando que del cantazo, esta vez Colón finalmente bajaría el deo, provocando así la inmediata activación de la larga lista que por mucho tiempo en su espera se ha ido extendiendo. Tendría entonces que limpiar mi cuarto, mientras la llegada de la independencia tomaba a todos desapercibidos, hasta que se riegue el bochinche de la estatua, y todos protesten estorbados y sintiéndose obligados a hacer lo mismo con las pirámides.
Desorientado por el desplazo del tiempo, flotaría calculando qué decirle al cabrón taxista que, por ser las 2 de la madrugada no quiere llevarme a Puerto Nuevo, porque dice que no quiere volver solo, cuando solo está el muy hijo e puta, esperando en la plaza por nada. Pienso que tendré que ofrecerle el doble de lo que marque el metro, hasta que descubro que me estoy preocupando por, y planeando en eras que, hace ya mucho dejaron de existir y que, como dicen, tanta nevada no pasó en vano.
Trompetas, caballos de carroza, lámparas de cuando le llamaban quinqué y unos poetas de época que olvidados, explotan ante mis ojos, mientras queman el papel en resucitación y encojonamiento por las célebres novedades que todo lo empiezan. El triste consuelo que desde lo alto, en el punto exacto entre despedida y llegada, toda sábana parece igual de hermosa.
