
“Con las arañas negras he escrito mis mejores poemas.”
Manuel Ramos Otero
Los mismos que estáticos esperan en las esquinas de sus alturas, petrificados, como si muertos en vida que dependieran de otros corazones, de otro flujo de espíritu cartilaginoso que viniese a ofrendarle lo necesario para salir de su letargo y probar que sí, que aún estaban allí, que todavía eran relevantes, que si querían, podían disponer de la vida ajena para satisfacer y energizar la suya y que, sobre todo, tenían la muy disimulada capacidad de hacer que jamás nada ni nadie sospechara de su apropiación, de su plagio, de su incapacidad para brillar por sí mismos, de su adicción de siempre querer sobresalir mientras sembraban a los demás, en la más árida de las sombras, en esa otra existencia donde se hace necesario ignorar los reclamos maliciosamente clasificados de exceso cultural, y pretender que no son más que manifestaciones de debilidad, sello de los derrotados, llanto inconsecuente de los que solo saben llorar, esperando una misericordia ajena que insisten en hacerla ver como el justo ejercicio de la moral, gestos que, cual lamentaciones alquiladas, se esfuerzan por expulsar a los cielos el mejor y más claro de los significados, el más poderoso de los sentimientos, capaz de desgarrar el alma de las señoritas que, agazapadas en las esquinas y detrás de los arbustos, esperaban con quemante deseo que las enamoren, impregnando así sofisticación y corazón de musa al deseo de la muerte, donde la reflexión del inacabable drama humano les permite construirlos en novelas y dramas televisados que acumulan riquezas para los sobrevivientes, los ubicuos maestros de lo inmutable, aquellos que nunca consideraron la decadencia de dejarse ir más allá de la conveniencia y en imaginadas naves espaciales se piensan capaces de evadir la eventual hecatombe de la que se saben responsables. Un círculo vicioso de quéjate que te apoyo pero no te resuelvo, pues si lo hago, ¿qué heredarán entonces mis hijos? Así ganan cuando ganan y si perdemos, ganan más todavía, haciendo del recurso ancestral de la persistencia, una herramienta que sin pagar por ella, les sirve para cavar inagotables minas de oro y miseria.
