Sunny skies

Bajo un cielo de borrajo encendido estiraba mis extremidades, mientras cantaba Sweet Caroline de Neil Diamond. Era el séptimo episodio y treinta mil almas pretendían a coro olvidar, tanto el desequilibrio de anotaciones en su contra, como el venidero invierno que, a la vuelta de la esquina, aseguraba fidelidad en su promesa de ser intermedio; la espera entre esta y la próxima, finalmente, ya verán, victoriosa temporada. Eran los años de la maldición del bambino. Los años del casi llegar. Los años de nadar y nadar para morir en la orilla. Por ello estaba en sillas de preferencia, muy cerca de las bases, en los años de cualquiera y dondequiera se consigue un boleto de entrada, barato, quizá regalado. Eran años de nadie saber de Pedro Martínez, ni de Big Papi, ni de la impensable idea de que en un futuro no tan lejano, serían los dominicanos, aquí, en la ciudad que hace pocos años atrás hizo lo posible por evitar estudiantes negros en sus escuelas, los que sepultarían, de una vez y por todas, la condena del toletero Yankee, que alguna vez fue nuestro. Nada como el Fenway Park en verano.

Su sedosa voz arropaba el continente. El era aquel, el de desgarrador gemido junto a la trompeta, el atormentado por la ausencia de Laura, el que ahora venía a vernos o más correcto, el que venía para que lo viéramos. Pero era para privilegiados. Para los demás era en la calle; con suerte, con mucha suerte. Fuimos a ver si con la esperanza y el ruego, podíamos captar un trazo, aunque fuera lejano, de su amoroso rostro, su tierna sonrisa, su saludo. Era entonces el tapón, bumper con bumper, pasar El Presbiteriano, la historia otra vez de mi nacimiento, el de mi hermana, en dirección a los hoteles, la lentitud, el calor infernal. Los informes era que estaba y salía en caravana del San Juan, las tres horas, los veinte metros a velocidad de suero e brea, lo que faltaba, estábamos cerca, quizá a la distancia se verá, estén pendiente niños, es un momento histórico, estén pendientes. Llegar a la entrada del hotel que conectaba con la Ashford fue una agridulce victoria, pues de seguro saldría luego de nosotros haber pasado y tener que buscar hacia atrás, nunca es tan excitante como las ansias de mirar hacia adelante, el promisorio futuro. Fue entonces cuando el policía de tránsito frente a nosotros dio la orden de pare, para así detener el interminable tráfico que venía detrás de nosotros y a la vez, darle paso a la caravana de Raphael, que venía sentado en la parte trasera de un convertible, cual si príncipe en camino a su coronación, con sus pies apoyados en el asiento y sonreído nos saludaba, como si el gesto lo hiciera para el país entero. El silencio pasmoso y la cara de agradecimiento nos duró por todo el viaje de regreso a casa. El detallado resumen noticioso para la familia se hizo más tarde, como de costumbre, en la casa de la abuela.

Mis padres me llevaron con ellos al cine donde vieron el estreno de Doctor Zhivago. Era bien niño y en aquellos tiempos que ahora sabemos eran de pocas películas al año, cada una representaba todo un evento que podía durar hasta tres meses en cartelera y dominar el panorama social, la conversación, el imaginario nacional. Demasiado pequeño para entender lo de Pasternak y la revolución, pero suficientemente crecido para recordar el impacto de la pantalla grande. He tenido que volver a verla varias veces en la vida y, por supuesto, leer al premio Nobel, para poco a poco ir apreciando lo acaparador del suceso. Algunos años después me llevaron a ver The Godfather y la situación cinematográfico social no había cambiado mucho, pero esta vez disfruté ir más allá de la mayoría y con once años, leí el grueso libro de Mario Puzo par de veces. De esas cosas que los escritores gustamos de decir, pretendiendo que siempre hubo un llamado. Mas ver la magnificencia de Hollywood y su capacidad de, impune, desplegar su particular visión del mundo, la historia y de sí mismo e influenciar gran parte de la humanidad en el proceso era para mí, desde mi asiento de isleña impotencia, una especie de tragicomedia. Largo tiempo después recordaba este sentimiento, el cual rara vez me abandonó, al escuchar la poética de Jimi Hendrix en “Are you experienced?” y su magistral verso, “We’ll hold hands, and then we’ll watch the sunrise from the bottom of the sea.”

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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