Tanta humanidad

La tía peluca, que desde su arrugada cama de hospital público anunciaba a la familia la primera menstruacion de su hija, o sea, la prima de todos los que estábamos allí visitando con nuestros padres, sonreía por encima de su —para nosotros desconocido— doloroso cáncer pulmonar y, entre tos y tos, hacía con su rostro y movimiento apropiado de cabeza, la señal que le daba el turno a sus hermanas, de ponernos al día sobre los flujos primerizos de todas sus crías. Ninguna de las otras tías se hizo de rogar y al salir del edificio, tenía yo un cuadro completo de las intimidades que mis primitas hubieron preferido mantener ocultas, a juzgar por las caras de pudor que sostenían durante el recién destape colectivo.

Magallanes le prometió a los nativos unos dragones que heredó de Colón y que había dejado atrás en las naves encalladas en la orilla, a cambio de que lo ayudaran en el desembarco. Nunca más se supo del navegante ni de sus aspiraciones de fauno. Así lo contaron los pocos sobrevivientes del desdichado viaje que regresaron a Iberia, sin nunca mencionar las miserables hambrunas que sufrieron en altamar. Los cebuanos aun celebran la afrenta en procesión, cargando al santo niño hallado en los galeones.

Quedado en un viaje que hizo a la India, le envió una carta a su novia. Pero el muy insulso la escribió en sánscrito, pues le pareció bien practicar su arduamente adquirida destreza. A la novia no le hizo gracia y tratar de vendérsela como un cortejo desde el depósito de textos sagrados, rodeado de los grandes debates entre jainistas y budistas, le pareció a ella un gesto tan oscuro como la soledad en que se hallaba. Pasados para el algunos años, en donde el aburrimiento se había asentado en su tesis y entendía la banalidad del mundo académico al que tanto aspiró pertenecer, tiene la dicha de que su antiguo amor lo recibiera en el aeropuerto. Un saludo de mutua cordialidad que ejercía el olvido tácito de lo ocurrido rompió el hielo e inició otro largo período compartiendo el apartamento en donde por tanto tiempo ella lo había esperado. Cariñosa pero con una progresiva distancia emocional que a él no se le escapaba, hizo de sus múltiples atenciones una especie de teatro de la perfección, que a cualquier visitante engañaba. Su comportamiento de esposa ideal lo completaba con una renovada belleza física que lo enamoró perdidamente. Un día ella simplemente partió, y en la nota que le dejó sobre la mesa solo le decía que la explicación de todo estaba escrita en los muros. Una larga diatriba que en las paredes del hogar, cubierta bajo un empapelado decorativo que le tomó tiempo arrancar, ella le describía —según descubrió mucho, mucho después—, en perfecto arameo, sus razones y planes postdoctorales en Jerusalén.

Lloró con extendida ansia desembocando en el misterio de la nada. Un círculo tan inmenso como el universo que partiendo de la energía terminaba en el espacio, y en el inevitable reconocimiento de la imposibilidad. Trapecista de profesión, siempre buscó el balance perfecto, ese que pareciera que en el aire tocaba tierra firme. Pero no existe. Solo había quienes por momento así lo creían y cuando se percataban, hacían de la duda una necesidad, la obligación para retomar la jornada. Tampoco hay descanso, excepto en la rendición que con desespero buscamos hacerla honrosa, con un listado de obras que por lo menos testifique del intento, en donde lo raro y lo espeluznante desaparecían, diluyéndose en todo. Es el imperio del sinsentido asentado en la posible explicación, en el tentador llamado a la acumulación y clasificación que promete la predicción, para luego con crueldad mostrar su monstruoso rostro de que todavía no, quizá un poco más adelante. La arquitectura que retrasa el caos, deleitándonos en la efímera belleza de la arena. Eso es todo. El momento de la creación seguido, si tenemos suerte, por el instante de la contemplación y nada más. Un segundo de eternidad que se esfuma y quizá, tal vez quizá, quede en la memoria, tejido en la herencia.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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