
Llegué en mi carruaje, el que uso para ir a todas partes, con sus interiores organizados hacia la perfección. Cualquiera diría, por el recibimiento de miradas, que se trataba de un transporte de tiempos antiguos, un anacronismo perturbador de presentes. Poco se entiende el orden de mis cosas. Los más mirando de lejos, sin siquiera prestar atención, los menos rindiéndose bobalicones, en la fascinación de lo nunca antes visto, la extrañeza de lo desconocido. Pero para los que han cultivado el delicioso arte de observar, el hechizo de lo novedoso no anda inaccesible. Está en todas partes, aun cuando conserva la peculiaridad que le da, su gusto por esconderse tras lo aceptado. Como pocos ejercen la curiosidad filosófica —la pregunta que rompe con el cuento general—, suena razonable pensar y decir que el orden de las cosas, las leyes y patrones que todo lo determinan, andan lejos, en camino a Katmandú.
Madura, la guanábana goteaba su dulce lechosa. La levedad de su adictiva acidez disipaba el odio, tanto de los destructores como de los creadores, aderezando de sentido el nuevo arreglo, la paz del equilibrio. Un sorprendente pedazo de tiempo pasó casi desapercibido, como extraña cosa que jamás contagiaría mi vida. Así fue y sin saber cómo, conocí Nueva Inglaterra, en el dolor supremo de lo desordenado y la incertidumbre del porvenir. ¡Cuánta tristeza hay en imaginar el lejano vuelo del cóndor, la invisibilidad del sustento, la arrolladora monstruosidad de un humo que asfixia con cigarro caro, el interrumpido sueño! Coleccionista de destellos en jardines de variado follaje y en aeroplanos que deseaba fuesen de papel intenté lo imposible, la promesa de lo total; como quien encuentra consciente controlar el futuro, inventando excentricidades.
Las almohadas en la cama tienen que ser cuatro, de por lo menos tres diferentes espesores y firmeza y, por supuesto, deben ser colocadas en la cabecera, una sobre otra, en un orden específico. Una torre de diversa comodidad que en su método, asegura la continuidad histórica del nocturno ritual del descanso. Pues si bien mucho se ha escrito sobre las legendarias ceremonias al sol y la insistente preocupación en torno a su cotidiana salida por el levante, sería imprudente olvidar el reposo que le precede. La almohada del tope, la más gruesa y firme, por ser el ancla que evita la perenne amenaza del rapto nocturnal, es la que, inmediatamente al acostarme pongo entre mis piernas, costumbre que desarrollé de pequeño y que no tengo recuerdos de su principio. Así de antigua es. La segunda en colocación descendente, no puede ser tan firme y abultada como la primera, pues es la que abrazo al dormir. Jamás duermo boca arriba, considerando insoportable la incómoda anomalía de dormir con una almohada sobre mi pecho. Solo cuando nació mi primer hijo y para calmar su incesante llanto trasnochador, le permitía dormir sobre mi pecho, con un lado de mi cuerpo contra la pared y el otro contra la espalda de mi esposa, evitando que me fuera a voltear dormido y hacerle daño al recién nacido. Su silencio y profundo descansar eran recompensa suficiente por el esfuerzo. Yo no descansaba, pero ser padre me mostró los extremos a los que se puede llegar, por amor a un hijo. Huérfano perfume que en las noches anda ciego de lágrimas, buscando ombligo donde morar.
Es tal la idiosincrasia de mi lecho que cuando leí su historia, entendí el alarmado grito de la de los rizos de oro, “¡Alguien ha estado durmiendo en mi cama!” y la incomodidad de saber de antemano que por esa noche, le había sido negado el descanso. Por ello me es imposible dormir sin las dos previamente mencionadas almohadas, y no pocas han sido las novias y esposas que le han manifestado sus celos a ambas. Imagino que las que se acercan a predicar a mi areópago, lo ven como homenajes a diosas desconocidas.
Por otro tipo de amor, he intentado dormir ceñido a esas que por razones más allá de mi entendimiento, han decidido acostarse a mi lado. Pero excepto por alguna media hora, una completa a lo sumo, tengo la inaplazable necesidad de colocar las dos primeras almohadas de mi pila, en sus respectivas posiciones. Puedo sin embargo dormir bocabajo, con el brazo echado sobre la almohada que abrazo. Pero esta práctica es casi siempre reservada para las siestas de la tarde, las que ahora disfruto a plenitud y, para añadir al placer, cuando puedo recuerdo como de maestro en el salón de clases, pasado el mediodía, agonizaba exhausto e incapacitado por no tener lo mas anhelado, una cama para reposar, aunque fuera por quince minutos.
Las otras dos almohadas al fondo de la torre, son sobre las que apoyo mi cabeza. Una muy fina primero, de tal constitución que pueda manipular su forma y posición durante la noche, y la otra un poca más gruesa, pero no tanto como la de las piernas, que le sirve de base. No me quejo cuando me recojan la cama. Mezquindad sería lo contrario. El silencio del día hace entonces que mi ritual antes de dormir sea reorganizar la pila de almohadas en el orden correcto pues, por más que lo explique, no ha llegado quien pueda seguir la precisión de las instrucciones.
¿Ceremonias de proceso o desordenes del comportamiento? Enfermedades que la narrativa común entiende aisladas, mentales y que, por lo regular, son objeto de la mofa y el escarnio. Pienso en películas como “As good as it gets”, donde el personaje que interpreta Jack Nicholson es presentado como un paria social, practicante de hábitos que resultan ridículos, indeseables e inconveniencias para los demás. En fin, un escenario en donde es el individuo el que debe abandonar sus “manías”, y unirse al imaginado mundo de quienes no las tienen, curándose así de solemnidades que resultan ser diferentes de las normas aceptadas. Un claro mensaje de la intolerancia y animosidad que una sociedad puede ejercer, contra lo que entiende es un grado inaceptable de locura. Una enraizada incapacidad por ver la extravagancia como una instancia en donde se cuestiona el orden social que debe ser protegido, so pena de permitir el estancamiento de un progreso que le debe a los artistas, por ser estos los llamados a ver las cosas desde otro ángulo, su lugar en el tejido social.
Hay un extendido entendimiento, o más bien desentendido, entre los mortales de buena visión, sobre la importancia de evitar tocar los espejuelos de otro. Besos, abrazos, colocación de gorras, peinados y acercamientos de similar naturaleza, deberían conllevar la delicadeza y el cuidado, de parte los 20/20, hacia los que usamos gafas. No es el caso, y siempre ha escapado mi comprensión, el que casi ninguno de ellos sea capaz de reconocer su falta de cortesía, exhibiendo además la altanería de quien no reconoce el error señalado, buscando virar la tortilla como defensa y culpar al afectado de exagerado e innecesariamente minucioso, por los golpes alrededor de los ojos que causan sus irrespetuosas acciones, no sin mencionar el daño que le hacen a los anteojos. ¿Acaso ninguno de ellos piensa lo que es vivir con un velo permanente ante todo lo que mira?
Para los que no vemos bien, existen raras ocasiones en donde se necesita quitarse los espejuelos. La colocación de algún instrumento médico en la cabeza, una visita al dentista, la limpieza de un rostro sucio o sudoroso, o el aseo mismo de las antiparras. En tales situaciones, nuestros lentes deben ser colocados momentáneamente sobre alguna mesa o superficie. Acción que parece crear cierto magnetismo para las imprudentes manos de los bien videntes, que siempre encuentran razón para tocar los espejuelos ajenos. Comportamiento de por sí indeseable, pero que suele agravarse con el agarre por el cual invariablemente optan, esto es, con sus asquerosos y hasta grasientos dedos sobre los cristales, en amplio despliegue de su profundo desdén.
