
“…mi nostalgia, como la de la luna,
es haber sido sol de un sol un día
y reflejarlo solo ahora.”
Juan Ramón Jiménez
“Espacio”
Vivir de recuerdos comienza en la bifurcación del camino, allí donde termina la aventura. Senderos que ahora cartografiados en los colindantes terrenos de la angustia y la ilusión, parecen por tiempos correr en cercano paralelismo, y otras veces separarse, hasta el punto que desde uno puede observarse el aparente desvanecer del otro, en el alejado espejismo del horizonte.
Yo quise a una mujer hermosa, en momentos cuando de esas cosas no debí haber cultivado. Un inicial juego de sonrisas y vanas confesiones que por descuido, poco a poco desbordó en fantasía. Nada que no hubiese vivido antes y quizá por ello, la quimera se fue colando por entre las grietas del ingenuo pensar de que para mí, el encantado néctar de esa trampa estaba superado.
Viejos dolores que empaquetaron los amores perdidos, servían para asegurarme que de todas las rutas de la reminiscencia, la del sufrir era la que debía despreciarse a toda costa. Ese oscuro antro de la locura, temor y repulsión de los mortales, que gusta rondar por las sendas de la obsesión, estableciendo su límite. Una frontera, si se quiere, después de la cual es imposible regresar, pues todo intento es entendido como confirmación de que la realidad hace ya algún tiempo había escapado, para nunca más regresar. Por ello tomé la belleza que mi reciente adoración había esparcido por todos nuestros momentos, para revivirla en cada gesto que ahora me acompaña. Una nostalgia del no se pudo, balanceaba en la emoción del presente beso.
Vestí entonces mi piel con una memoria que la distancia tejió en olores adivinados. Por años, sus imágenes y textos habían hecho del tacto, un reensayo del pasado. La minuciosa selección de inolvidables eventos de realidad amorosa que copiaban ahora su rostro, sobre antiguos roces y aromas. Inventaba el sentir de su espalda, recordando algún dorso que de joven me emocionó. Así, de los camposantos que dejaron atrás las muchas temporadas de potentes remolinos de pasión, fui desenterrando una colección de sentimientos que, armados como los pedazos de mi dulce Frankenstein, le regalan al hoy, su merecida paz.
