Mi dulce Frankenstein

“…mi nostalgia, como la de la luna,

es haber sido sol de un sol un día

y reflejarlo solo ahora.”

Juan Ramón Jiménez

“Espacio”

Vivir de recuerdos comienza en la bifurcación del camino, allí donde termina la aventura. Senderos que ahora cartografiados en los colindantes terrenos de la angustia y la ilusión, parecen por tiempos correr en cercano paralelismo, y otras veces separarse, hasta el punto que desde uno puede observarse el aparente desvanecer del otro, en el alejado espejismo del horizonte.

Yo quise a una mujer hermosa, en momentos cuando de esas cosas no debí haber cultivado. Un inicial juego de sonrisas y vanas confesiones que por descuido, poco a poco desbordó en fantasía. Nada que no hubiese vivido antes y quizá por ello, la quimera se fue colando por entre las grietas del ingenuo pensar de que para mí, el encantado néctar de esa trampa estaba superado.

Viejos dolores que empaquetaron los amores perdidos, servían para asegurarme que de todas las rutas de la reminiscencia, la del sufrir era la que debía despreciarse a toda costa. Ese oscuro antro de la locura, temor y repulsión de los mortales, que gusta rondar por las sendas de la obsesión, estableciendo su límite. Una frontera, si se quiere, después de la cual es imposible regresar, pues todo intento es entendido como confirmación de que la realidad hace ya algún tiempo había escapado, para nunca más regresar. Por ello tomé la belleza que mi reciente adoración había esparcido por todos nuestros momentos, para revivirla en cada gesto que ahora me acompaña. Una nostalgia del no se pudo, balanceaba en la emoción del presente beso.

Vestí entonces mi piel con una memoria que la distancia tejió en olores adivinados. Por años, sus imágenes y textos habían hecho del tacto, un reensayo del pasado. La minuciosa selección de inolvidables eventos de realidad amorosa que copiaban ahora su rostro, sobre antiguos roces y aromas. Inventaba el sentir de su espalda, recordando algún dorso que de joven me emocionó. Así, de los camposantos que dejaron atrás las muchas temporadas de potentes remolinos de pasión, fui desenterrando una colección de sentimientos que, armados como los pedazos de mi dulce Frankenstein, le regalan al hoy, su merecida paz.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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