
“O meu olhar é nítido como un girasol.
Tenho o costume de andar pelas estradas
Olhando para a direita e para a esquerda,
E de vez em cuando olhando para trás…
E o que vejo a cada momento
É aquilo que nunca antes eu tinha visto,
E eu sei dar por isso muito bem…
Sei ter o pasmo essencial
Que tem uma criança se, ao nascer,
Reparasse que nascera deveras…
Sinto-me nascido a cada momento
Para a eterna novidade do Mundo…”
Fernando Pessoa
“O guardador de rebanhos”
Fernando Pessoa se entendía recipiente de mil filósofos. Laborioso, gustaba de revertir ese contenido en reflexiones y musas que inundaban innumerables páginas, con notas y esbozos. Proyectos de ensayos nunca publicados en vida y que al hoy examinarlos, parecen revelar el claro trasfondo de lo que fue su poesía. Entre sus papeles, allí donde cavilaba sobre la naturaleza y significado del racionalismo, encuentro la oscura referencia a un tal Francisco Sanches, médico, profesor de medicina y filósofo de los siglos 16 y 17 que, siendo también portugués, provocaba pensadores del otro lado de la península a reclamarlo hijo de España e insistir, con ahínco, en la “z” como el correcto final de su apellido.
Para los conocedores, Sanches fue una figura clave en las huestes del escepticismo —escuela de pensamiento conocida en la Antigüedad como pirronismo—, publicando en el año 1581 un importante texto titulado “Quod nihil Scitur” (Que nada se sabe), del cual se dice haber influenciado a René Descartes en su “Discurso del Método” de 1637. Hay hasta quienes, en tiempos recientes, justificando su rescate de entre las sombras que lo envuelven en el olvido, declaran la noción del lenguaje desarrollada por Sanches en su metafísica, comparable a la de Wittgenstein. Sin embargo, cuando Pessoa identificaba a Sanches como el gran escéptico —como lo llamaban sus contemporáneos— y representante del compromiso total con el acervo de la duda, contrastándolo con lo que entiende es el escepticismo a medias de Sócrates, parece hacerlo posicionado desde una modernidad que tiende a negarle cualidades proféticas a los compatriotas, describiendo la sugerida influencia sobre Descartes, como una mera casualidad cronológica, pues los portugueses de la época, reiteraba Pessoa, aparte de quizás ayudar a encontrar algún —para ellos— desconocido pedazo de tierra en el universo de lo ultramarino, jamás se habían distinguido en consideraciones metafísicas de rigor. Aun Spinoza, según Pessoa, solo pudo hallar su nicho, gracias a ser judío neerlandés. Pero la continuidad ideológica entre Sanches y Descartes, fue advertida por otros.
En el siglo 17, Martin Schoock, filósofo de los Países Bajos, junto con el teólogo alemán Gabriel Wedderkopff, ambos enemigos declarados de Descartes y sus ideas, consideraron igual de anatema el escepticismo extremo de Sanches, añadiéndolo a su lista de los más peligrosos enemigos de la religión cristiana. Un directorio que incluía, clasificando como miembro de la secta del pirronismo, a figuras como Nicolás de Cusa, teólogo y filósofo alemán del siglo 15, el cual se había disparado la maroma teórica de promover en sus escritos la intensa búsqueda personal de lo desconocido, junto con la feliz aceptación de que mientras más se investiga, más crece el campo de lo que falta por entender. Pero el pirronismo antiguo, siempre radical y emulado con fidelidad por Sanches, muestra en de Cusa y especialmente en Descartes, una influencia que termina por encontrar su límite. Pues si bien el cuestionamiento cartesiano que una a una va descartando las débiles certezas, es el proceder aceptado por el pirronismo, al final termina cediendo —“pienso luego existo”— a una verdad última, libre de cuestionamientos. Así, un Descartes que comienza pirronista, termina socrático. Esto es, un saber que parece hacer eco del “solo sé que no sé nada,” en una eliminación sistemática de insostenibles postulados, pero con el fin de llegar a un simple y puro planteamiento que halla certeza, haciéndolo imposible de cuestionar, y que por ello, falla en extender la duda hasta el final, evitando un interrogatorio agresivo enraizado en el escepticismo riguroso que irrumpe en escena, posterior a Sócrates.
El pirronismo representa una larga tradición que comienza en la Antigüedad con Pirrón de Elis; filósofo de la Grecia clásica que con su prédica a finales del siglo 4 y principios del 3, antes de la presente era, fue inspiración para el movimiento que llevará su nombre. Como práctica, este pensamiento se consolida con los esfuerzos del filósofo de origen cretense Enesidemo y la fundación de su propia escuela en la ciudad de Alejandría, hacia finales del siglo primero anterior a la presente era, promoviendo el pirronismo como alternativa a lo que consideraba la inadecuada orientación estoica de la Academia ateniense, de la que fue miembro.
Aun cuando Enesidemo florece para los tiempos en que Cicerón había ya muerto, la tradición lo ubica como eslabón en una larga cadena de filósofos, todos profesantes y promotores de las ideas de Pirrón, las cuales, en su centro, negaban la capacidad, tanto de los sentidos como de la razón, de proveer entendimiento certero sobre las cosas. En sus ocho libros titulados “Discursos Pirronianos,” Enesidemo escribe que quienes piensan como Pirrón, son los únicos filósofos capaces de reconocer la innecesaria miseria de dejarse arrastrar en interminables debates sobre temas de los que no puede existir cognición firme. Yendo aun más allá de la mínima esperanza del conocer socrático — sello, como hemos visto, del pirronismo —, Enesidemo presenta a un Pirrón que niega aun la certeza de conocer la imposibilidad del saber. Así, manteniendo la duda frente a cada proposición, el pirronismo declara serle fiel a una consistencia que impide el conflicto entre sus seguidores. Y añade, en referencia y ataque frontal a la Academia ateniense, una crítica severa a la insistencia de esta en presentar sus postulados con injustificable confianza, mientras rechaza otros con absoluta ambigüedad.
Pero el pirronismo de Sanches, en su apogeo durante la última parte del siglo 16 y principios del 17, cuando su texto llegó a publicarse en 6 diferentes ediciones, cae en desuso, irónicamente con la emergencia de la filosofía francesa y sus exponentes Montaigne, Pascal y Descartes, los cuales germinan como los herederos de la interpretación pirronista que regresa el impulso del péndulo hacia Sócrates. No siendo hasta principios del siglo 20, donde pensadores retoman el texto de Sanches, entendiendo el papel clave que jugó en la preparación de las ideas que fundaron el pensamiento de Descartes y por ello, de todo el entendimiento que se sostiene hasta nuestros días. Este redescubrimiento vuelve a poner también en su justo pedestal las ideas de Pirrón y la escuela fundada en Alejandría por Enesidemo, los cuales ya en los siglos tercero y primero antes de nuestra era, habían puesto en entredicho la fundación misma de la estructura del conocimiento de Aristóteles.
Pessoa en sus apuntes, evidentemente empapado con la historia de las ideas que construyen el racionalismo, el escepticismo, y sus protagonistas, parece adherirse al provisorio carácter de toda verdad y trata la duda, como el motor que impulsa el ejercicio de la razón. De ahí su desdén por Sócrates, su simpatía por Francisco Sanches y la tradición que este representa, agregando que, no todo lo desconocido se somete al intelecto, quedando así las aun inescrutables parcelas de la realidad, como posibles proyectos futuros; áreas de las que por lo menos por el momento, quizá jamás, se pueda hablar de ellas con racionalidad. Por esto para Pessoa, aun la no existencia de dios y su imposibilidad de razonarla, hace del ateísmo un acto de fe. El compromiso es entonces con la pregunta, con un perenne sentido de búsqueda por la maravilla que insiste en ocultarse detrás de lo establecido, a la sombra de lo obvio. Entender es entonces para Pessoa, el filósofo poeta, como un paseo por las veredas de los parques, la verificación permanente de nuestra capacidad para sostener la curiosidad que de niños disfrutábamos, en la cotidiana naturalidad de descubrirlo todo nuevo.
