
“Anything pressed too far becomes a sin.”
Lawrence Durrell
“The Alexandria Quartet”
En ocasiones lo torturaba pensar sobre su doble existencia. Una pública, la que pretende proponer una moral de comunidad y de compromiso por el otro como salida al impasse de la omnipresente lógica de el capital, y otra privada, pero que se manifiesta también en público, donde el desprecio por la especie humana, en su injustificable y continua arrogancia de saber sobre lo que no sabe, lo había llevado a encontrar felicidad, en la más reclusa de las vidas. Se consolaba en saber que todos practicaban dobles, triples o quizá muchas más expresiones simultáneas del ser, aunque temía que tal proceder pudiese debilitar el empeño de su prédica de mundo mejor. Una pantalla que tarde o temprano debería derrumbar, entendiendo que ya estaba viejo para tanto teatro. Aminoraba los dolores de su esquizofrénico caminar con los placeres de su biblioteca y, de vez en cuando, salía a ejercer algún tipo de espectáculo comunitario, el cual, aunque esporádico, era también una necesidad.
El hombre que escondido arreglaba los horarios de la televisión, con frecuencia lo defraudaba, en especial al principio. Pero luego de pasar un tiempo largo frente a la pantalla —hablo de semanas y meses, no de horas—, había comenzado a entender el método de su pensamiento y ajustarse al plan que obviamente tenía el anónimo en su cabeza. Las repeticiones pueden parecer odiosas, pues la tele llega a nuestras vidas con el mensaje del entretenimiento constante y la promesa de la variedad. Pero anarquistas se cuelan en todas partes, y el planificador de itinerarios, era de seguro uno de ellos. Cuando lo entendió, comenzó a simpatizar con su estrategia.
Era sensato, pues si el sistema busca embobarnos con la apariencia de la ininterrumpida novedad, la repetición, una vez superado el enojo de haber visto ya esa película, abría la posibilidad de que los deprimidos que se habían anclado en el sofá de la sala a ver las cosas, las mismas de siempre, comenzaran a cavilar otros puntos de vista. Nada más radical que cansarse de lo obvio e iniciar un nuevo razonamiento.
En estos días repitieron Psycho, varias veces, la original en blanco y negro, y entendió la razón por la que casi todos, hoy en día, en nuestras acciones y conversaciones, procuramos el más bajo de los denominadores comunes. Casi nadie se quejaba, o si acaso, lo hacían de manera inconsecuente, como para cumplir un requisito pero que, en el fondo, no los comprometía con el cambio. Así fue que muchos de sus amigos universitarios consiguieron trabajo de programadores. Sin embargo, nuevas empresas televisivas encontraron en esto su oportunidad, para promoverse como servicios de necesitada variedad, y así quitarle clientes a lo establecido. La pequeña protesta se hizo entonces un servicio a la renovación del capital, que se aseguraba se hacer dinero nuevo, a la vez que limpiaba el ambiente de los radicales que se colaban por las rendijas.
Decidió de todo tomar notas que, poco a poco, se convirtieron en versos que recitaba, bien sea en el baño o antes de dormir, y que su esposa e hijos, de tanto escucharlos, se los han ido memorizando. Algunos de ellos han sido publicados como vídeos en las redes y ya parecen repetirse entre algunos en la población. Alguien hasta propuso agrupar los comentarios y sistematizarlos, el naciente corpus de una nueva ideología. Un día, de vacilón, les llamó el Face Sutra y, para su sorpresa, el nombre pegó.
Pudo salir por fin a la calle en paz y pedirle al niño tamborilero que merodeaba, le tocara aquella de LaVoe, que tanto le gusta.
