
Sus ideas sobre monasterios dominicos, se alimentaban de lecturas medievales que tenían “El nombre de la rosa” como centro literario. Cuando el convento de Santo Domingo en Costa Rica se apareció en su camino — cual si inesperado maestro de nuevos métodos que al tener que recibir a un estudiante extranjero, tres meses después de haber comenzado las clases, internamente se debatiera entre la bienvenida y la frustración de un sistema que lo obliga a tales sinsentidos —, sintió que nada lo había preparado para enfrentar la casa de urbanización a la que los frailes ticos llamaban hogar. Pocos meses antes, hallándose de pura carambola en Rio de Janeiro, procuró alojo nocturno en un convento dominicano que, como dios manda, tenía la arquitectura de un castillo antiguo, al tope de una colina, desde donde se observaba parte de la ciudad y, para completar lo anticipado, los monjes del lugar andaban todo el tiempo con su hábito blanco, de amplia capa negra. Pero Río era una ciudad de la antigüedad colonial y Heredia, el suburbio de San José al que ahora llegaba, un enclave de tiempos recientes.
La idea surgió, cuando lo que consideró un amigo cercano, lo invitó a pasar un mes con el y su novia, en lo que mataba tiempo de camino al seminario en Mexico, el cual no comenzaba hasta septiembre. Muy entusiasmado, aterrizó en el Tobías Bolaños, en viaje corto desde Panamá, esperando ver a su amigo, que nunca llegó. Recogiendo maletas y con la evanescente esperanza de que su contacto hiciese acto de presencia, decide salir a las afueras de la entrada principal y esperar. Era imposible perderse en el local, pues era pequeño y parecía más una estación de autobús que otra cosa. Solo, y después de un largo tiempo sentado en la acera con su equipaje, tuvo que, por necesidad, considerar sus posibilidades en un país donde no conocía a nadie, ni tenía adonde llegar. Gustaba pensar que estas cosas le pasan a los jóvenes como el, y que confiar ciegamente en la palabra de un amigo, sin nunca ver razón para tener planes alternativos, era un desengaño por el cual todos pasaban. Guardaba la ilusión de que su tipo — el de los ingenuos que pensaban en un mundo de bondad y donde la maldad, aunque no negada, era relegada hacia el allá, hacia donde están los malos con los que el nunca se juntaba —, era una etapa que pronto, por desgracia, debería superar. La posibilidad de que no llegara nadie era real, pero trató de no desesperarse, pues todavía era de día y la oscuridad de la noche aun no llegaba con su muy consabido terror de lo desconocido.
La sorprendente atención con que los padres cariocas lo habían recibido meses atrás, evidente desde el momento que con calurosa bienvenida abren sus puertas, se complementa con la invitación al comedor, pues era tiempo para la cena. Ahí pudo comprobar que la acogida se extendía a un número mayor de personas, todas sentadas en largas mesas donde se servía una muy deliciosa comida, en un lugar tan agradable como tan limpio. Fue obvio que la extendida bondad no era el producto exclusivo de la caridad, sino que también la abadía esperaba algún tipo de agradecimiento monetario por la atención, aun cuando también estaba implícito que no era algo absolutamente necesario y que por experiencia, ellos sabrían — y así te dejarían saber — cuanto puede donar cada uno de sus huéspedes. Como estudiante no tenía mucho, pero si no hubiese tenido nada, también era aceptable, con una despedida dejándole sentir que no lo volvieras a hacer.
Las habitaciones eran sencillas, pero altamente acogedoras y, con el decorado original de la colonia, daban una sensación hotelera que representaba el deleite de cualquiera que estuviese buscando tal experiencia. La cama era cómoda y las sábanas despedían un olor a limpieza que invitaba al descanso. Rio en el verano es caluroso. Por esto le sorprendió que las ventanas, de hermosa madera y elaborado tallado que daban al balcón, estuviesen cerradas. Así que procedió, con la más lógica de las acciones, a abrirlas, dejando así la tenue brisa tibia inundar el cuarto, junto con una magnifica vista de la ciudad que parecía sacada de una postal para turistas. Pero por algo las encontró trancadas, pues en cuando se tiende en la cama para disfrutar el descanso, un ejército de mosquitos fluminenses que, aprovechando su ingenuo abrir del espléndido mirador, habían hecho su entrada, procedieron a la tortura intensa de su piel, la alucinante promesa de sangre nueva. Enfrentando agujas voladoras que parecían prestadas de las costureras de diseño que preparaban los vestidos y carrozas del próximo carnaval, intentó, desesperado, cubrir todo su cuerpo con la frisa. Pero el insoportable calor lo obligaba a dejar su nariz al descubierto, área que los mosquitos de prodigiosa proboscis, deciden atacar en conjunto, forzándolo a respirar sus propias exhalaciones bajo una sábana que a fin de cuenta, resultó fácilmente penetrable por los insectos que parecían haber comunicado la buena nueva, a todos sus parientes y amigos de la vecindad. Cerrar las ventanas probó ser inútil, pues ya toda la caterva se había instalado en el interior del dormitorio. Sin descanso y un tanto mareado por la pérdida de sangre, sale la mañana siguiente, lo más temprano posible del lugar, prometiendo jamás y nunca volverlo a pisar. No tenía idea de que el futuro cercano lo esperaba con mosquitos diez veces más salvajes, mientras pasaba la noche esperando su vuelo en una silla del Omar Torrijos, camino a mayores e inesperada aventuras con los dominicos.
Curas que a toda hora vestían como la gente común, preocupados por el estilo de su próximo corte de cabello, mientras escuchaban al dúo Pimpinela y se la pasaban horas sin fin hablando de fútbol, fueron un choque teológico-cultural del cual le tomó un tiempo recuperarse. Pensó que debió haberlo sospechado, pues cuando en retrospectiva recordaba las conversaciones con el que finalmente se apareció a buscarlo al aeropuerto — compañero seminarista en São Paulo y no el amigo que esperaba —, y sus historias sobre la visita del Papa a Costa Rica, en donde ante una audiencia del clero local, incluyéndolo a el, Juan Pablo II insistía en la santidad inviolable del celibato, mientras delirantes sacerdotes y obispos aplaudían de pie, aun cuando tres cuartas partes de estos tenían sus mujeres, ayudándoles a poblar las diócesis provinciales, con los “sobrinos” del padre. La amistad mutua en Brasil nunca fue tan cercana como la que desarrolló con el que lo invitó a Costa Rica y nunca apareció. Pero a fin de cuentas, resultó en un gran alivio verle el rostro, cuando desde su automóvil le hace señas que suba y deje de esperar sentado sobre las maletas. La sorpresa de verlo se acrecentó, al este contarle que estando en el convento, de casualidad recuerda como Pepe — el desaparecido — le había comentado algunas semanas atrás, que era hoy que el llegaba. Sabiendo que Pepe ya no estaba en el país, pues se había ido de paseo con su novia a Nicaragua, decide ir a dar un vistazo y es cuando lo encuentra.
En el inicio se portaron bastante muy bien con el, lo cual agradeció, además de parecerle que coincidía con lo esperado. Le dieron un cuarto cómodo, con cama y escritorio frente a una ventana que daba justo a la puerta de entrada de la casa. Así, mientras en el cuarto, donde pasó la mayoría de su mes en el convento, podía siempre estar al tanto del tránsito de entrada y salida, el cual era álgido por demás. La ventana, que iba desde cerca del piso hasta una altura mayor que la de una persona, daba una amplia vista, a pesar de que mantenía sus cortinas siempre cerradas. Sin embargo, el espesor de la tela que las cubría era tan fino, que con facilidad podía distinguir las siluetas de los transeúntes, preguntándose a la vez, ¿cuánto podían ver de el desde afuera? La gran parte del tiempo se la pasó leyendo, escribiendo y durmiendo, pero luego de largas horas se aburría. Así que con frecuencia se entretenía y buscaba solaz en la masturbación; con mucha discreción al comienzo, pero al pasar del tiempo con entera libertad, pues luego de asumir que no podían distinguir con precisión lo que hacía desde afuera, paso a que no le importara.
Al pasar los días, la jovial actitud de bienvenida de parte de los hermanos se fue disipando, imaginando el se debía a la irregular extensión de su estadía. No era mucho lo que podía hacer. Casi no le quedaba dinero y tenía ya su pasaje comprado para la Ciudad de México con fecha para dentro de un mes, de acuerdo con los fracasados planes de pasarla en celebración de lo que resultó en falsa amistad. De esas que con el tiempo fueron empañando el concepto y haciendo de toda relación cariñosa, una de duda y cautela, de entrega a medias para que la posibilidad del desengaño, siempre agazapado en el horizonte, al llegar, no resultara tan doloroso y problemático.
En un principio trataba de levantarse bien temprano, estilo monje, para desayunar con los padres. Pero con el tiempo se fue inclinando más hacia su costumbre de dormir hasta tarde, teniendo que, en soledad, escarbar restos de la cocina, a escondidas de los hermanos. Su limitado presupuesto para nuevos libros, junto al hecho de haber ya leído todos los que trajo de Brasil, era un hueso duro de roer. Por suerte y para cultivar su felicidad, los frailes tenían una modesta biblioteca que compensaba su tamaño con la calidad de los textos. Con regularidad, luego del desayuno, se perdía entre sus anaqueles para, luego de un largo tiempo de exploración y evaluación, como a el le gustaba, escoger el libro que se llevaría para su cuarto. Una vez en su escritorio, se entregaba a las largas horas de lectura para al final, agotado, tomar una siesta luego de masturbarse o quizá, dependiendo de la actividad al otro lado de la cuestionable protección de la cortina, dilatar el placer para el momento del despertar. Habiendo notado que casi nadie usaba la biblioteca, le pareció que su uso y retiro de libros para el cuarto, no representaba mayores problemas. Pero los silencios, las miradas y, eventualmente la pregunta en voz alta de “¿donde está el tomo segundo de las obras completas de San Agustín, edición Biblioteca de Autores Cristianos?” — al cual recuerda soplarle el polvo de años acumulado en sus lomos —, le dejo claro que lo que hacía, se había convertido en un delito de conocimiento y discusión popular. Echado de lado, y visto como tumor a la espera de ser quirúrgicamente extirpado, aumentó al máximo su tiempo en el cuarto, cubriendo no solo decenas de fabulosos textos, sino también escribiendo una deliciosa correspondencia que viajaba hasta Puerto Rico, Brasil y México. De los mejores recibimientos que recuerda fue el del decano del Seminario en México, al sonriente darla mano de bienvenida, diciéndole, hemos leído tu correspondencia.
El final alcanzó un nuevo nivel de desprecio y crueldad, cuando, solicitando lo llevaran al aeropuerto, en algunos de los automóviles que permanecían sin mayor uso en el estacionamiento de la abadía, le explicaron que en estos momentos se les hacía imposible y que mejor era tomar un taxi, el cual ya habían llamado sin decirle. Así se vio forzado a usar los últimos pesos que le quedaban, aterrizando, sin un solo centavo, en el Benito Juárez.
El Distrito Federal abrió un nuevo capítulo en su vida, lleno de historias que anclaron sus repercusiones en el inimaginable porvenir, y a las que se le haría mejor homenaje, contándolas en otra ocasión. Solo añadiría que muchos años después, exilado en la ciudad de Philadelphia, y con tres grados universitarios, uno de ellos en derecho, se halló sentado frente a un panel de entrevistadores a los que les tocaba decidir sobre sus deseos de trabajar en una organización de asistencia legal para inmigrantes. Uno de los panelistas, resultó ser un compatriota con también tres grados universitarios, uno de ellos en derecho y además, compañero de lucha universitaria en La Isla. Por ello le sorprendió la pregunta, tan irrelevante como superficial. Una falta de agudeza que reflejaba lo limitado de la imaginación pública en Norteamérica y que en su sandez, resumía su experiencia en ese país. Escuchar “¿y a ti qué te gusta hacer?,” le provocó una instantánea reflexión sobre el fiasco de los tiempos que le tocaba vivir, y como sus ancho cúmulo de lecturas y vivencias, su eterno quehacer en el entendimiento y construcción de un mundo mejor, más justo y donde se garanticen las condiciones para el alcance del potencial humano, se disolvía en la frivolidad de un presente resuelto a esconderse, engañado en falsa felicidad, tras la trivialidad de lo inconsecuente. Mientras preparaba su respuesta, miraba hacia la exquisita ventana que, reflejando su particular herencia colonial, mostraba la distante belleza de un parque que poco a poco se emblanquecía con la caída de una lenta, pero consistente nieve. Una postal más dentro de las muchas que había amontonado, y que solo servían para acentuar lo lejos que estaba de su origen, su juventud. Se endereza entonces firme en su butaca, y con la revelación de una novedosa estrategia que quizá ponga de manifiesto el manto de hipocresía que pretende siempre andar filtrando sus alrededores, la fuerza de las memorias lo sobrecoge, con la resolución de por fin ser el, ante todas las cosas, contestando, “masturbarme, a mí lo que me gusta hacer es masturbarme”
