Variante Tokarczuk

Enterados los operadores del Benito Juárez de lo ocurrido en San Juan, de inmediato dieron los pasos pertinentes para imitarlo y, usando las mismas cartas de negociación que sus homólogos del Luis Muñoz Marín, lograron convencer a funcionarios claves de su gobierno, del beneficio mutuo que la declaración de la república portuaria implicaba.

Aunque a muchos sorprendió la propuesta presentada a la junta de directores, esta fue aprobada con extraordinaria rapidez, cuando sus miembros, una vez escuchados los datos económicos y las condiciones sociales del estudio, unánimemente apoyaron el proyecto, lamentándose haber pasado por alto lo obvio, por tanto tiempo. La noticia llegó igual de imprevista para los sectores de autoridad gubernamental que, por irrelevantes, nunca fueron consultados, así como para el público en general. Pero de igual manera el asombro de la veloz aceptación pronto se disolvió, al constatar que en el fondo, nada sustancial cambiaba. O por lo menos, así pareció al principio.

Se respiraba un aire de cambio histórico y los especialistas académicos, a la par con sus pretendientes televisivos, no tardaron en comentar la nueva era que parecía abrirse ante sus ojos. “¿Acaso representaba esto el principio del fin del estado nacional?,” especulaban los más atrevidos, en los círculos de debate cibernético. Lo inesperado parecía hallarse en la prontitud con que los burócratas de turno aceptaban los términos de la “rebelión.” Acuerdos de pagos compensatorios que, basado en porcentajes de los ingresos, durarían hasta 20 años, y la creación de una nueva frontera alrededor de ambos aeropuertos, en donde los países anfitriones retenían la autoridad de quien podía entrar en sus territorios, resultaron ser satisfactorios.

Empleados de las aerolíneas y de negocios como restaurantes, tiendas y hoteles al interior de la nueva república portuaria, les era expedido un pasaporte del lugar, permitiéndoles mantener, si así lo deseaban, ciudadanía doble con su país de origen o naturalización. Esto, para deleite del capital y sus abogados, creaba una nueva industria de trámites y traqueteos que por supuesto, añadía un renovado flujo de dinero a un insaciable sistema que, con alegría, retiraba lo que se hubiese asumido sería un apoyo incondicional a la definición y arreglo tradicional de nación. El hecho de que los políticos que a la sazón controlaran los aparatos de estado, lo hacían solo para enriquecerse, ayudó en la transición de lo que hasta hace poco, se hubiera declarado impensable.

Para acceder a las facilidades que ahora se proclamaban nuevas naciones de intercambio internacional, solo era necesario comprar un pasaje, pues los boletos de avión venían con aprobación inmediata de una visa que además, incluía permisos de residencia temporera para amigos y familiares que así lo solicitaran, deseosos de ir a despedir o recibir a los pasajeros, en los predios del recién inaugurado país, y de paso, pasar uno o varios días disfrutando de las extraordinarias amenidades que el lugar ofrecía. Una renovada especie de paraíso consumista en donde Las Vegas, Singapur y Disneyland se combinaban, para hacer del lugar un fabuloso imán; destino requerido para la farándula y los ricos que, por lo mismo, impulsaba a los asalariados y sus familias a imitarlos, por lo menos una vez al año. Después de todo, ¿qué otra atracción ofrecía aviones reales despegando y aterrizando para observar, embobado en la fascinación que solo el logro humano del vuelo es capaz de producir?, mientras se apostaba en la mesa del blackjack, se probaban unos nuevos zapatos o se tomaba un trago de piña colada con sombrillita color pastel. Turistas viajan al aeropuerto en San Juan, así como al MEX, no por visitar Puerto Rico o México, sino para darse la gran vida dentro de las inmediaciones del apenas inaugurado país.

Sin embargo, la más significativa de las audacias estaba en la intencional relajación de las clásicas restricciones fronterizas, de parte de los nuevos estados. Estos no parecían temer, sino por el contrario, deseaban provocar, un atractivo especial para que refugiados de todos los rincones, consideraran el lugar como su nueva patria y destino. “Mientras más vengan mejor,” insistían los diseñadores y portavoces intelectuales del experimento, argumentando la idiotizada defensa de la idiosincracia territorial, como una oportunidad perdida, el despilfarro de la mina de oro que representaba un gran número de seres humanos deseosos de trabajar en la creación de una vida nueva. De más estaría decir que fue esta una de las claves que motivó tanta flexibilidad de parte de los gobiernos norteamericanos y mexicanos, pues ofrecía sacarle de las manos el dolor de cabeza de la inmigración indocumentada en sus países.

El rompimiento que desde hacía algún tiempo se venía cuajando entre magnates de la empresa privada y los políticos, ahora maduraba, con un nuevo orden en donde ambos percibían al otro como tonto útil. Estrenando escalón superior en la modernización de lo que en el fondo era continuidad de una muy antigua relación esclavista, estos innovadores territorios que pronto se transforman en centros de intercambio financiero, aprovechaban la perdida necesidad de embarcarse en aventuras coloniales hacia las indómitas selvas del lejano extranjero, donde una crisis económica importada y forzada, despertaba en sus desplazados el deseo de abandonar la tierra, obligándolos a venir, cruzando mares y desiertos, a mendigar refugio y trabajo, sin costo alguno para los nuevos países que los esperaban. Situación que en extraña paradoja, complace ahora tanto al migrante como a las debutantes naciones, los dos agradecidos de la oportunidad. Los gerentes, los cabecillas de esta naciente revolución del capital, eran herederos de un ancestral grupúsculo de mercaderes medievales que, poco a poco, en el curso de los pasados siglos, de cuando en cuando encontraban buenas razones para reformar, — desmantelar si necesario —, un estado que dejaba de ser aliado, para convertirse en obstáculo. Para ellos, el viraje conservador y ultra nacionalista de los últimos tiempos, era una variante retrógrada que en su empeño por insistir en la preservación de la cultura de los entronizados como fundadores de la nación o, cualquier otra bifurcación local del privilegio, había perdido su utilidad como instrumento de administración gubernamental en beneficio de lo privado. Una falta de visión que les hacía perder el norte, si se quiere, el olfato, para mantener fluyendo un capital que siempre busca acomodar su ética y moral, con la circunstancia más productiva posible. El caso de las migraciones masivas era, según estos independentistas de nuevo corte, una oportunidad histórica envidiable para la acumulación de ganancias y, la xenofobia, un inadmisible obstáculo.

El gobierno de Puerto Rico no fue informado previo al cambio — se enteró por Facebook — y, aun La Junta Fiscal, a sabiendas, permaneció callada por ordenes de los congresistas norteamericanos que manejaban las negociaciones y que vieron en la movida una incrementada bonanza, reflejada en sus sofisticadas y bien resguardadas reservas pecuniarias. Pero el asunto pareció salírseles de las manos a las establecidas autoridades, cuando los operadores privados y semiprivados del JFK y La Guardia en Nueva York, junto con los aeropuertos de grandes ciudades como Atlanta, Dallas Fort Worth, Los Angeles, Chicago y Miami, vieron el campo abierto para también independizarse de las ataduras estatales, y disponer como quisieran de sus respectivas vacas lecheras. Mas el descontrol era una ilusión, puro material de bochinche amarillista, pues todas las iniciativas que se desataron a través del país, eran en gran parte motivadas por políticos locales y congresistas nacionales, que no veían límite en las ganancias que podían adquirir con la nueva revisión de mapas, desestimando con hipocresía y a puerta cerrada, toda alerta sobre el potencial debilitamiento de la soberanía nacional.

La idea se extendió como fuego forestal a través del planeta, cuando los aeropuertos de Paris, Munich, Londres, Cairo, Tokio, Rio de Janeiro y, prácticamente todos las importantes ciudades del mundo, con la excepción de Pekín y Kabul, saltaron al tren de la independencia. Era, para los que saben, como una bastarda reminiscencia de los años medios del siglo pasado, y la gloria de la propagación republicana en África. Aun el aeropuerto de Sunan, con fuerte respaldo de la clase gobernante, se había unido a la lista de nuevas naciones. Vender la idea al público en general no resultó difícil, pues la narrativa de que la empresa privada puede hacer todo mejor que la pública, estaba bien instaurada en la cultura popular y, con iniciativas como las de Amazon, Tesla y Virgin, de viajar al espacio con libertad y respaldo gubernamental, había preparado el camino para lo que ocurría. Por ello, tampoco vino como sorpresa que, luego de que la gran mayoría de los aeropuertos de los mayores centros urbanos del mundo se independizaran como nación, creando una organización internacional que retaba la influencia e injerencia de la Organización de las Naciones Unidas, Google, Apple, Amazon, Tesla, Univisión, Samsung, LG y un sinnúmero de multinacionales, se constituyeran como países independientes, dislocando aun más la concepción de la nación, pues ahora era evidente que no se necesitaba ni siquiera un pedazo de tierra, para existir y declararse república. La realidad virtual había alcanzo un nuevo nivel.

La moneda, por supuesto, era el bitcoin y todas sus equivalentes versiones. Pero con aeropuertos acostumbrados a ofrecer todo tipo de cambio monetario, la realidad era que toda forma de valor, bien fuera papel, metal, cibernético, títulos de propiedad, joyas, obras de arte y cualquier cosa que le fuera prudente a la imaginación, era aceptado como legítimo, desbancando así el dólar como unidad universal de intercambio y las aspiraciones de cualquier otra moneda nacional de hacer lo mismo. Los países exportadores de petróleo comenzaron a confiar en la solidez financiera de los aeropuertos y corporaciones independientes, que con sus inmensas reservas de liquidez, eran utilizados como intermediarios predilectos en la coordinación, venta y distribución internacional del crudo, aun cuando no hubiese nunca un solo barril que tocará los “predios” de las nuevas naciones. No tardó mucho para que los mayores centros de intercambio de acciones corporativas como Wall Street, LSE, SSE, TOPIX y demás, optaran por declarar también su independencia o, en algunos casos menores, mudar sus instituciones hacia dentro de algunas de las nuevas repúblicas portuarias, aprovechando la inexistencia de restricciones. Los nuevos centros de financiamiento e inversiones, haciéndose parte permanente de la idiosincracia de las nuevas repúblicas, se convirtieron en lugares en donde se ponía realizar cualquier tipo de transacción e intercambio de divisa de todos los mercados del mundo y de cualquier empresa, estuviese o no listada y registrada en su respectivo territorial nacional. Compañías virtuales que no existían en ninguna parte, excepto en la mente de los que frente a sus monitores y repartidos por el planeta, creaban trueques monetarios de cosas que no tenían presencia física. El juego y las apuestas encontraron también su bonanza y el límite posible de cada apuesta, tan solo dependía de que hubiese al menos dos personas dispuestas a arriesgar valor sobre lo que fuese. Así, a diario se manejaban apuestas sobre cualquier inverosimilitud que el ingenio humano fuese capaz de albergar, listando las probabilidades y puntos de ventaja en apuestas sobre la cantidad de manchas solares en los próximos 3 meses, las partes por millón (PPM) de dióxido de carbono en la atmósfera para finales del período navideño, el número de fatalidades en el próximo tsunami en Japón, y el tiempo exacto — más o menos 8 minutos — en que el Popocateplt tendrá su próxima erupción. Mercados derivados de las apuestas crecieron también como la espuma. Estos compraban grandes cantidades de apuestas individuales a precios menores que el valor del posible pago futuro, asegurando un ingreso inmediato a los corredores y creando a la vez paquetes masivos que se revendían por una ganancia, permitiendo a nuevos compradores la posibilidad de cobrar decenas de miles de posibles resultados, en una sola transacción. El mercado de apuestas sobre las apuestas, arriesgando más valor que la inicial, floreció.

Con el esperado y deseado incremento en la población tomando la forma de una entusiasta mano de obra barata, junto a la hemorragia de especuladores e inversionistas que llegaban de todas partes para asentarse, la limitación territorial de los aeropuertos se resolvió para arriba, o sea, con majestuosos rascacielos, capaces de acomodar la cotidianidad de enteras ciudades. Pero aun más para abajo — preferido por cuestiones de seguridad y sonido pues, después de todo, aviones aterrizaban y despegaban con impresionante regularidad, las 24 horas del día —, ya que al no existir límites en los incentivos de la tecnología, la creación de vías, residencias y espacios subterráneos para el trabajo, estudio y ocio, adquirieron un nivel nunca visto en la historia de la humanidad, creando el nuevo y ahora codiciado campo de la arquitectura soterrada, no sin mencionar la antes inexplorada y ahora virtualmente inagotable veta de ganancias para el sector de bienes raíces. Música para los oídos de banqueros, los agentes de compra y venta, los diseñadores, decoradores y para todo tipo de renacuajo que fuese capaz de ver un nicho para hacer dinero, en donde nadie hasta ahora lo hubiese visto. La constante reinversión en la nación, política pública que había acompañado el experimento desde un principio, alimentaba la necesidad innata del sistema capitalista de crear y expandirse hacia nuevos mercados, con el beneficio de haber desincentivado la necesidad de subyugar naciones extranjeras en desesperada adición. La materia prima para la construcción se encontraba en los terrenos mismos de la nueva república y, como muy exitosamente hicieron los egipcios y Mesopotamia, no hubo necesidad de ir a buscar piedras a lejanos lugares o, en otras palabras, se aprendió a crear riqueza con lo que se tiene. Además, la mayoría del material detrás de los productos en el mercado, era virtual e intelectual. Se compraban y vendían ideas, siendo la necesidad del sentir, el mayor creador de demanda.

Embriagados por el éxito de sus radicales políticas económicas, los nuevos estados implementaron un programa de aceleración salarial que, luego de los primeros años de fabulosas ganancias, alimentadas por los incentivos inmigratorios y el casi inmediato oleaje del comercio que aterrizó — valga la metáfora — en sus lares, les permitió incrementar, de manera sustancial, los ingresos a todos sus trabajadores. Pero como era de esperarse, el impacto mayor se sintió entre los empleados inmigrantes, los ciudadanos más recientes de la nueva nación, los verdaderos héroes del veloz despunte de riquezas. Las fortunas de la clase obrera y de los trabajadores en general, llegaron así, a niveles previamente insospechados para estos. La idea detrás de la iniciativa gubernamental, era evitar lo que tradicionalmente sucedía en las viejas repúblicas, donde los trabajadores “extranjeros” enviaban grandes porciones de sus ingresos a sus tierras de origen, creando un escape de capital que dejaba de reinvertirse en la nación que lo produjo. Para eliminar el motor principal que causaba este comportamiento, esto es, la preocupación de la familia empobrecida que había quedado atrás y que ahora dependía del que trabajaba afuera, los nuevos países ofrecieron un programa de invitación inmediata a todos los familiares de sus trabajadores que habían inmigrado, para que aceptaran ciudadania en la nueva república y se unieran, haciéndose partícipes, en el desarrollo de la nueva nación, cada vez más próspera para todos. Las fuerzas del capitalismo trabajaban a la perfección, reduciendo siempre, luego de pasado algún tiempo de la inicial introducción de un nuevo y exitoso producto al mercado, los costos de materia prima y producción, incrementando así las ganancias que eran mayormente repartidas entre trabajadores y ciudadanos, los cuales habían aceptado, como parte de su ética patriótica, reinvertir lo adquirido, para beneficio de todos.

El reciclaje, la producción inteligente y conservación de energía, y hasta un 20% del espacio reservado para bosque y fauna, fueron políticas implementadas en todas las nuevas repúblicas portuarias. En donde accesible, el mar se convirtió en área de expansión lógica, con un flujo de capital tan vasto que, la creación de extensos archipiélagos artificiales, fotografiados ahora con presuntuoso placer por las redes de satélites espaciales auspiciados por los mismos aeropuertos, mostraban nuevas islas que desde las alturas, emulaban los logos y símbolos oficiales del nuevo país. Con el tiempo se perdió el gusto por este tipo de diseño, y opciones inspiradas en las líneas de Nazca, algún recién descubierto arte de prehistóricas cavernas o la belleza de elegantes ecuaciones matemáticas, pretendían atestiguar de la sofisticación de sus patrocinadores. Comisiones de diseño para todo proyecto de construcción se daban siempre a los artistas locales, reinvirtiendo, como mandaba el espíritu de solidaridad popular, en el talento nacional. La profundas reservas monetarias permitían también a las nuevas metrópolis aumentar sus ofertas de compra para propietarios aledaños a sus fronteras, siendo capaces de convencer al más inflexible de los dueños, y adquiriendo así, la mayor parte de toda la tierra disponible en los alrededores de sus facilidades, expandiendo de paso, su territorial nacional. Aun los equipos deportivos de Occidente — costumbre antigua en Asia — representaban ahora compañías, corporaciones, conglomerados o zonas portuarias, despertando el clásico fervor nacionalista en las competencias internacionales. Orgullosos miembros de la familia Intel, se emocionaban hasta la lágrima, al escuchar las fanfarrias corporativas de su lugar de trabajo, durante la ceremonia de medallas.

Reproduciendo todas las características del capital, las políticas progresistas habían embelesado a las nuevas repúblicas en la tradicional creencia, la eterna trampa del crecimiento sostenido, ubicándolas en el familiar camino hacia las empecinadas crisis y cíclicos fracasos. Pero la naturaleza de sus dificultades fue imprevista, excepto por unos pocos que casi nadie leyó y que ahora en sus muertes, no sabemos si conocen o no, el intenso desempolvar que experimentan sus escritos, deseando quizás, que la exhumación se extienda, hasta sus respectivos camposantos. Los antiguos países, los originales, luego de varias décadas, se vieron a sí mismos deslizándose en una espiral de desequilibrio económico, del cual ya no podían salir con la facilidad de antaño. Sabiendo que perdían su hegemonía frente a la repúblicas portuarias y corporativas, consideraron la intervención militar como alternativa. Pero para ese entonces su base de impuestos era tan débil, que hace ya algún tiempo se habían visto obligados a reducir drásticamente sus presupuestos de defensa. Las cosas no eran como antes. Además, destruir los aeropuertos parecía más un disparo en el propio pie que otra cosa e invadir oficinas de negocios, no hubiese tampoco dado el resultado buscado.

Estas nuevas colonias se fueron poco a poco despoblando, haciendo que los centros mega urbanos se sintieran en parte agradecidos del abandono territorial que se expandía por el planeta, brindándoles el retorno a un mundo que otra vez, verde y azul en su mayoría, se tragaba el pequeño remanente de desperdicios que aun producían, mientras eliminaban el terrible espectro de una desbocada extinción. Pero la concentración poblacional que casi exclusivamente se limitaba a los focos ultra desarrollados del planeta, volcó la cultura terrestre hacia una homogeneidad asfixiante, en donde la nostalgia por el pasado, el cual existía en el registro digital, más que en la memoria de una población que nunca lo vivió, alimentaba una depresión a escala mundial, que los expertos médicos no tardaron en declarar pandemia. Solo que esta vez la estrategia de la inmunización resultaba irrelevante en su ineficacia. La acumulación monetaria había perdido su esplendor y billones de personas simplemente pararon sus labores, por hallarlas dolorosamente repetitivas, vacuas e insensatas, destinas al único propósito de un enriquecimiento ya innecesario, y a la preservación autómata de un sistema que lo asegurara. La pregunta sobre el ser y el futuro aparecía ahora más fuerte que nunca y sin respuesta, pues al haber apostado todo a la riqueza, su logro encontró a todos desorientados en cuanto a qué hacer con tanto tiempo libre, con tanta falta de privación, con tanto acceso instantáneo a todo tipo de facilidades e información. Salir de la pobreza se había perdido como incentivo, pues era difícil hallarla. El trato entre los humanos había alcanzado un alto nivel de respeto y cordialidad, haciendo toda conversación un ritual que siempre terminaba en la aceptación pasiva del otro, y por ello, en una abrazo que se esforzaba por reponer la posible ofensa. Pero tal restauración carecía de valor, en una sociedad sin penuria material y que había aceptado el desperdicio como práctica barbárica del pasado. Rumores sobre el regreso a la maldad comenzaban a circular, como posible remedio a la angustia del nada necesitar, y las iglesia rebuscaban los antiguos registros, a ver donde se habían depositado las llaves de unas puertas, hace ya mucho cerradas.

En este mundo catapultado por un simple ejercicio literario, como todos los mundos anteriores a el, todos ponderaban la abrumadora interrogante del ¿qué hacer?, cuando el problema mismo era la falta de problemática. Así como todos también esperaban encontrar respuesta, quizá en algún perdido texto de Tokarczuk.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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