
“…toda palabra es por fuera un borde
y en el fondo agua
siempre removida.”
Florencia Lobo
Decir agua es casi como decir principio, si es que alguna vez hubo tal cosa como el comienzo. En ocasiones mansa, su apacibilidad aun encierra el derrotero de traer la vorágine de la vida, remolino de indócil deseo con ansia de caminar en tierra, y de vuelta, jugar a destruir, la fuente que la creó. Pero el agua es anciana. Casi tan antigua como el todo y, por lo tanto, cercana a la sabiduría. Su arma secreta es la omnipresente abundancia, haciéndola inmune frente a la altanería de lo frágil, lo pasajero. “Síganle el rastro al agua”, es el mantra que en el espacio sideral, desde acá abajo, orienta la búsqueda de vida. El cosmos, inmensidad repleta de frio y muerte radioactiva, y todavía así, en su lógica matemática, sin cesar nos susurra, tanto con la plenitud de sus lugares, como en la versatilidad de la receta —dos de hidrógeno y uno de oxígeno—, la improbabilidad de nuestra insistente soledad.
Frías por la humedad montañosa de São Paulo, las paredes del seminario me hacían sentir la emoción de por fin haber llegado, a lo que debía ser mi casa. Un rumor de imaginación medieval que llamando al servicio, retozaba a filtrase por entre las quebraduras de los viejos muros, y con tentador placer, porfiaba en mostrarme la dulzura de lo creíble. En las mañanas, melodioso y con el rayar del sol, me despertaba un sonar de teclas que como infalible reloj, viajaba desde la habitación del lado. Los incansables dedos del padre José Comblin, que con su máquina de escribir sustituía el desayuno, por la creación de algunas veinte páginas, de sus muy conocidas reflexiones teológicas. Al contarle mi sentir a Noêmia, esta me decía, “dile a Beozzo, que el te agarra de inmediato.” Pero otros quizá más cuerdos que yo asieron esa vida, pues para mí, tanto el sacerdocio como el amor, quedaron atrás en el Brasil.
El mito que embelesó a nuestros ancestros, se esconde hoy tras su pretendida desaparición, sosteniendo la más devota de las religiosidades en el culto propio. Cerca de ocho mil millones de diferentes liturgias, esparcidas por todos los rincones del planeta, cada cual con su historia del origen, centrada en el acto de su imaginar. La inundación anual de El Nilo, arrastrando fertilidad hasta sus desbordadas orillas, desentendió su origen del inventado pacto entre faraones y deidades, para primero depender de los vientos mediterráneos del norte en los tiempos de Tales, el de Mileto, y luego de las colosales represas del siglo XX. El paulatino cuajar de una narrativa cuántica, donde las coexistentes posibilidades, hacen factibles todos los caminos que esperan, potenciales, en la fábrica del espacio-tiempo, a ser seleccionados por nuestro hacer. En otras palabras, el despojo del título de creador que falsamente parecían reclamar las viejas deidades, su adjudicación transitoria a la naturaleza y, en nuestro momento, al nuevo dueño, el yo mismo.
Se le dice adiós a la certeza absoluta, identificándola como una más entre un infinito de posibles estilos literarios, para así abrazar la verdad personal como legítima, sin importar lo que nadie pueda decir. En este universo de probables sendas, todas de semejante validez virtual, se expande un espectro que va desde la profana maldad hasta la noble entrega al otro, donde nada surge como evidente norte ético, haciendo de la autosatisfacción, la única medida de justificación necesaria. Muere así el debate como intercambio de ideas, para transformarse en campo de batalla, desierto de oídos en el que solo se gana terreno con la liquidación fulminante del enemigo. Sin embargo, tal victoria total es imposible, en un suelo donde toda proclama ofrece similar asidero para la certidumbre, transmutando la solidaridad en un llamado vacuo que cada cual ejerce hacia sí mismo, esparciendo la culpa del fracaso y la injusticia, desde el eje de una moral centrífuga.
“It was strange how everything was different and still the same.”
Cesare Pavese
“The Moon and the Bonfire”
¿Dónde queda entonces la paciencia de esperar por el florecer de la rosa? ¿Cuánto tiempo le tomó a la vida aprender a alimentarse de luz solar, haciéndose planta, árbol? Trabajadores franceses, en los principios de la revolución industrial, ya lamentaban su falta de noches para hacer poesía. Tengo una tía que en su rol de arquetipo, abandonó su familia para irse tras mejor vida en los Estados. Dejó casa propia, esposo, hijos, nietas, hermanas, primos y amigos de toda la vida, para vivir de agregada en un diminuto apartamento alquilado, rodeada por un idioma desconocido. Desempleada, y bajo un incesante asecho legal que la obliga a crear un mundo clandestino, jura por lo acertada de su decisión y lo confirma, con una permanente sonrisa que confunde a cualquiera que ve todo desde un ángulo diferente. Creando situaciones a su alrededor que poco a poco se van ajustando a algo parecido al modelo imaginado que trajo consigo en la maleta, donde la realidad no es la realidad, sino lo que ella piensa que es y, tanto ella, como quien la contradice, alegan tener una razón que se torna procreadora, acuñando pedazos de lo ideado en la cotidianidad. Cada cual cargando con su verdad, abriéndose paso forzado en un mundo donde se enfrenta el desacuerdo enmarcándolo en la brutalidad, la envidia, y en una recalcitrante ceguera del otro que, en no pocas ocasiones se piensa, como inmerecido del vivir.
Convencidos de la brillantez de nuestra propia pluma y pensar, dedicamos por lo menos la mitad del tiempo y las energías con que contamos, en promover, para beneficio de una humanidad que se nos presenta en tinieblas, lo que producimos en la otra mitad. Se habla, piensa y escribe no para compartir pensares con el otro —“pues ustedes no están listos para esta conversación”—, sino más bien para humillarlo, sin importar mucho su sordera, pues a fin de cuentas lo que se busca es crear un espejo universal en el cual admirar nuestra sabiduría y belleza. Mi aporte es el correcto y lo sé, pues mientras más me escucho y leo, más me gusto, aun cuando me convierta en el único miembro de mi audiencia. Publicar sin lectores no es nada nuevo. Pero la alternativa de seguir escribiendo en y para el silencio, como el ejercicio de una profunda soledad que procura la exploración del misterio de lo que soy y de lo que es —eso que aún no entiendo—, parece ser una opción de pensadores y escritores del pasado.
Hoy nos comportamos como si la acabada percepción personal y del todo, ocurre desde la primera charla o post cibernético, y el resto de vida, no es más que una obstinada repetición de lo dicho, hasta que por fin lo entiendan, pues el futuro se percibe como debacle segura, a menos que los demás hagan los ajustes necesarios y afirmen la necesidad de acampar en mi partido, reconociendo el propósito que he definido para mi persona, como el camino a imitar, si es que se aspira a la redención mundial. Pero es todo una pantalla, pues en cuanto aparece quienes intenten emular mis acciones, estos serán inmediatamente vistos como competencia, usurpadores de mi campo de influencia, obligándome a buscar detalles y orientaciones en sus propuestas y acciones, que identifiquen las fisuras de sus conductas. Pues el propósito de todo, si se escarba un poco, no es más que la adulación masiva y duradera de mi persona, con el reconocimiento explícito de que solo yo he sido y soy capaz de tan magnánimo juicio y proceder, y que una vez falte la gracia de mi existencia o memoria —dios no lo quiera—, la pérdida sería irreparable. En ocasiones hasta se coquetea con el discurso de la humildad y las actitudes comunitarias, pues así evito los que puedan identificar mi soberbia, frustrándoles la posibilidad de dañar mi imagen. “No soy yo, es la comunidad”, es consigna necesaria y obligada, si se quiere neutralizar a quienes reiteran la lógica de grupo. Hago así una profesión basada en la pobreza, el desconocimiento y la miseria de los otros, en donde como portavoz estaría en grandes aprietos, si algún día se llegase a resolver el asunto de la iniquidad. Por suerte, ese día es poco probable.
Mi amiga María, puertorriqueña, me contaba sobre su experiencia en los Estados y de como siempre supo que el asunto era pasajero, que volvería. Tuvo su dicha y le agradezco compartiera su vivencia, pues es muy diferente a la mía, en donde el regreso, desde un principio, era como una nebulosa que se iba difuminando aun más con los años, haciendo que mi desarraigo provocara una profunda y prolongada reflexión sobre la naturaleza de nuestro exilio. Para mí se hizo preciso reconstruir un simulacro de vida en la ciudad de Boston, por tres décadas, más de lo que viví en La Isla desde el nacimiento y, al momento, por los recovecos asiáticos que hoy ando, tendría que llegar a los 86 años de edad, para siquiera igualar ese récord. Todo apunta a que la marca está asentada. Veo entonces la aceptación de que una óptica simultánea coexista, en especial una de gran diferencia, manifestándose en otra persona y sin invalidar la mía, como un comportamiento alterno que pueda promover un cambio de dirección, al mundo de atropello y destrucción que parece monopolizar nuestras distopías. La bienvenida al flujo de ideas diferentes como viable detente a la inflexibilidad, a la palabra seca, que no es más que otra manera de decir, sin agua y por ende, sin vida. La esperanza de hallar nobleza en la minimización de nuestro individualismo, como opción de vida. La batalla entonces no es contra la personal versión del entendimiento, sino con la acaparadora percepción que de ella tengo, en el ejercicio unidireccional de una duda incapaz de convocarla hacia mí mismo. Habría que considerar entonces el regreso a la persistencia de la pregunta como contrapeso a nuestra presente obsesión con la respuesta, a la comprensión de que nada es final y al solo sé que no sé nada, trilogía que orientó a los fundadores de la filosofía.
“Todo asombro profundo se convierte en milagro.”
Luis Rosales
Las cosas, los acontecimientos, y la representación y dirección que toman, sugieren ser el resultado de un número enorme de iniciativas y circunstancias que, al verlas desde una perspectiva más amplia, con detenimiento y estudio, siempre parecen tender a ajustarse a las necesidades de la situación o, en todo caso, a transformar sus alrededores, cuando lo nuevo parece ser la necesidad. La evolución de la vida y los elementos que la hicieron y hacen posible, insinúan un proceder que responde a este esquema, en donde el detalle del momento, tarde o temprano, se somete a la conveniencia del contexto mayor, del largo plazo, sin reconocer o adjudicar valor exclusivo e innato, ni a la continuidad ni al cambio. Es como si a cada cosa y cada cual le fuese permitido pensar, ser y hacer a voluntad, dentro de los parámetros que determinan su existencia, contribuyendo a un firmamento de vibraciones que gradualmente van afinando el próximo y más conveniente de los pasos. Uno más entre todos los movimientos que le rodean, lanzando su aporte al terreno de lo perceptible, fundiendo su actuar con los demás, como solo y mínimo detalle obligado a orquestarse a un resto que, rozando la infinidad numérica, determina la vereda. El resultado de un azar que solo adquiere su causalidad, una vez se halla frente a nuestros ojos.
La conciencia y reflexión de la acción propia, como parte del tejido que forma la realidad, ejerce su función en continua competencia con los que solo reaccionan sin pensar mucho en sus obras. No tenemos idea de lo que pasará. Nuestro devenir se revela en el manejo de una complejidad que parece abandonar la verdad y luego la reencuentra en el estupor de sus posibilidades, en la eventual destrucción de cualquier estado que distorsione nuestro ejercicio del amor. Sinfonía de tonos independientes y contradictorios, sin la cual perderíamos la construcción de lo que es. Aun el agua misma, punto de partida de todo lo que este ensayo explora, es el resultado de esa conjugación de diminutos y paradójicos eventos que en su instrumentación, hicieron visible la creación y sin tardar, la más habilidosa de las moléculas. No hay razón para abandonar lo que entendemos es nuestro llamado, aun cuando signifique batallar la idea contraria. Pero tampoco hay porque asumir el aplastamiento total del otro, pues además de ser imposible, iría en contra de un arreglo que parece preferir el concierto de ideas diversas, como estrategia para hallar el más adecuado de los caminos. Un brillante mecanismo que hasta ahora, nos ha permitido, ser y estar como materia, por lo menos por los pasados 14 mil millones de años, posiblemente más, mucho más. Balance aristotélico, un espacio-tiempo ahora entendido como el límite de nuestra comprensión, abrazando la realidad del fotón de luz, pura energía que en su velocidad, hace del presente y pasado un evento simultáneo, el regreso a la intuición eleática, sin principio ni fin, la dictadura del uno.
Nuestra ascensión al trono de creador se reduce a lo que perciben nuestros sentidos, en el escogido que hacen estos de entre un magma que contiene todo lo posible, haciéndonos preguntar, ¿quién o qué fue capaz de crear tan infinita fuente de momentos?, en el misterio de una respuesta que esconde la verdadera divinidad. La seductora belleza de nuestra imperfección, nos enfrenta a la indigna preferencia de seguir poniéndonos como centro de la creación. Nuestro proceder en la infinitud de posibles caminos, no invalida ni cancela, haciendo desaparecer, las alternativas por las que no optamos, sino que siguen estando ahí, en otras experiencias por ahora inaccesibles, como testimonio de nuestra diminuta comprensión sobre una realidad que aun pensamos lineal, sumisa al paso de un tiempo inexistente. El creador no puede estar en los que escogen de la inacabable canasta de maneras, sino en la capacidad de diseñar un pozo de tan difícil concepción.
Escribir es más que nada dejar un registro de lo que se ha sido, pues gran parte del vivir está en la cavilación concienzuda de la experiencia, que aunque se produzca en soledad, muere si permanece en ella. Publicar y ser leído en vida, no es requisito indispensable. La divulgación y el reconocimiento tienen sus detrimentos y trampas, de las cuales es difícil escapar. Un intento de anonimato parcial suena para mí menos riesgoso, si es que nos sirve tanto para evitar los escollos de la fama, además de como guía y meta que le permita a la curiosidad ajena, colocar y preservar nuestro pensar en su justa y merecedora medida, bien sea en este mundo o, sino, en alguno de los que moran, inmediatamente paralelos al nuestro.
