
Pijuana era argentina. Sus piernas, delgadas pero bien formadas, dibujaban su contorno bajo unos ajustados mahones azules de fina correa plateada que, cerrada al lado y colgando extendida, balanceaba su pausado paso de escalera, haciéndola lucir atractiva camino al segundo piso. El vaivén de su pequeño, pero también curveado trasero, quizá bajo la presión del común e internacionalmente conocido nalgaje local y su aprendida voluptuosidad —fijación que los isleños solemos arrastrar desde el nacimiento—, practicaba su mejor ritmo en un espectáculo que para mis juveniles ojos que la seguían, a unos dos o tres peldaños de distancia, ponían en cuestionamiento, quién sabe si por primera vez, mis estándares de belleza femenil. Recordé la escena años después, lejos, en unas escaleras del South End, también hacia un segundo piso, donde el sur de una cintura puertorriqueña, nacida y criada en el Midwest, y que nunca había pisado La Isla, intentaba devolverme al camino destinado por herencia y tradición. Nunca logré saber si mi anticultural atracción por la mujer de figura frágil comenzó con Pijuana, o si con ella fue que estrené algún tipo de ideal alterno que desde pequeño ocultaba en el clandestinaje.
Con Pijuana todo era nuevo. Su inmediata desnudez y veloz atracción por mi robusto y sorprendido deseo, ponían mi cuerpo en automático. Cual si estudiante que, fascinado por la lección, pausaba adrede el placer y tomaba sus mejores notas de estudio, aun sabiendo que la ducha profesora, a pasos del retiro, hacía algún tiempo había perdido la llama inicial de su pasión por el salón de clases y, mecánicamente, ejercía su magia. Así, percibiendo que la movía el deber, era todavía un gusto ver a la experta del amor actuar los antiguamente aprendidos pasos de la pasión.
Siempre recordaba a Pijuana. Una vez, ante la sorprendente entereza de una muy ansiada piel, la cachonda rendición de una máscara de pública inocencia que de entrada también buscó abrazar sin pausa la solidez de mi presencia, entendí como normal el embrujo del que era capaz la acentuación de mi hombría sobre la pareja, y su hipnotizante habilidad para hacer olvidar que adjunto había una persona que frente al otro perdía su yo, pues parecía el miembro cobrar una seductora personalidad propia, haciendo que el sueño ajeno de comunicación directa con el goce convirtiera lo grotesco en objeto de la belleza al alcance de los labios.
Pijuana fue especial. Su trémula cabalgata me hizo buscar en una vacía caja de trucos, obligándome a la improvisación del instinto. Con el tiempo, supe que no fue mala mi propuesta. Pero estar ante la presencia de una leyenda del tablado, es siempre momento de conciencia sobre la etiqueta personal de novicio. La ventaja fue que la verdadera sabiduría tiende a confirmarse en la nobleza del silencio, y en el gesto de aprobación y aliento que se ofrece al aprendiz. Así quedó Pijuana como permanente punto de referencia e inspiración, en los futuros que pusieron mi acto en el pedestal del maestro.
Pero llevar las yemas de sus dedos hasta el rocío de aquella tímida serpiente que fugaz, parecía salir de su garganta, representó la sorpresa que de antemano había rezado no ocurriese, pues confirmaría lo obvio, lo que siempre supe no debería asombrarme, ya que, ¿cómo creerme provocador de una humedad natural, si para ella, todo era faena? Tenía que suceder y debía aceptarlo, como en las cintas que estudiaba en los talleres de entrenamiento previo. Los gruesos vapores de viscosa y deliciosa miel que más tarde saboreé, aquellos que fluían sin necesidad de contacto, los que se cuajaban en la exclusividad de la mente, la fantasía previa, servían como señal de victoria. Bálsamos que curaban la vieja cicatriz que dejó la memoria del desierto que cargaba Pijuana, y que con dulzura, para mí, lo hizo parecer bosque pluvial. Sus palabras finales aun resuenan en el recuerdo de las décadas, cuando la perfeccionada mentira rogó por un derrame de virtud, capaz de inundar los rincones de una regalada sumisión. El verosímil espectáculo de aquel furtivo anfiteatro que Pijuana sabía guardaría, como inagotable tesoro en la memoria.
