La ubicuidad de los adoquines

No sé donde habría encontrado el apretado rollo de periódico con el que azotaba mi desdicha. Ya casi nadie publica noticias en papel y aun así, la costumbre podía más que toda la evidencia de que otra cosa, había ya tomado forma. Un nuevo paradigma que forzado por el reclamo se disfrazaba de ecuánime, pero en el fondo, no era más que un reciclaje de lo anterior. La solapada afinación de quienes siempre se las buscan para mandar. Pero el que hoy se daba cantazos con un instrumento ideado por unos, y apropiado por otros, era yo; haciendo que brotara la sospecha de que sin mi consentimiento cotidiano con transformaciones aun instauradas en la tradición, lo nuevo no se hubiese hecho viejo, tan pronto y con tanta facilidad. He aquí la naturaleza de mi miseria, el objeto de mi iracundo fustigar.

El origen de la piragua era también un enigma. Y más que la congoja por aquello que rodaba por el suelo de la nocturna ciudad colonial, a causa de mi condenable comportamiento, me distraía el deseo de ir a cambiarme la camisa, molesto de que aun de viejo, no pueda comer sin regarme encima, como ahora, esta elongada mancha roja con sabor a frambuesa. Debí haberla pedido de tamarindo. No porque la mancha hubiese sido más llevadera, sino porque ya había cambiado mi gusto de niño; pensamiento que confirmó que esto sucedía en el presente. Lo más loco era que yo vivo en el campo filipino, y las divisiones entre adoquines, seductoras como causes de angustia mezclada con sirop, provocadoras en mi mente de ejes cartesianos con escala de variable independiente, dos veces mayor que la dependiente, ajustadas para la formación rectangular, jamás aparecerían en ningún campo de arroz. Claro, lo primero que se nos ocurre es que todo era un sueño. Sin embargo, el flujo de los acontecimientos era lo suficientemente normal, — sin saltos indescifrables entre tiempos y lugares, ni la oníricamente acostumbrada e inexplicable aparición y desaparición de personajes — como para descartar la posibilidad.

Pero la ineludible necesidad de entender y explicar me lanza con frecuencia al pasado. A recordar, o si necesario buscar, las páginas de algún texto de antaño, con la fuerte esperanza de que su fenecido autor, sea capaz de arrojar luz sobre la pena actual. Un libro cualquiera, pues solo clásicos descansan en mis tablillas, que interrumpiendo su petrificada competencia con los muebles por el polvo, me proveyese la elaboración de algún tipo de mapa, quizá la misteriosa brillantez de un verso que uniendo sujetos y adjetivos de frecuente distancia, vertiera luz sobre alguna cronología del pensamiento que ubicara mi tormento en su justa perspectiva histórica, y me ayudara a entender sus raíces, su desarrollo y su pronta contextualización. Pero esto son estrategias de la modernidad. Qué tal si lo que pasa es una ampliación de conciencia tal, que por estar libre de toda identidad cultural, por fin entendiese la totalidad de las demarcaciones y fronteras, espirituales y físicas, como imposiciones de un pasado colonial y, más aun, el resultado de múltiples capas de ideología que nos han alejado de los antiguos eliáticos, quienes con tanta claridad, vieron la falacia del principio y la locura del final. En otras palabras, que estar ahora y aquí, es estar en todo tiempo y lugar a la misma vez. Con razón El Viejo San Juan, El Zócalo e Intramuros en Manila, parecen ser la misma cosa; lugares de exploración foránea. Antípodas y archipiélagos donde los primeros humanos llegaron a tierras inhabitadas y evolucionaron una cosa única y de pronto, el desastre del invasor, el motor de la avaricia sistematizada, el papel de la ilusión legal y su peso que la hace parecer real e inexorable. Por algo azotaba con tanta fiereza la razón de mi furia y frustración.

El control de mis capacidades parecía estar en buen estado, pues aun mi super secreta misión de espía permanecía clara al entendimiento, junto con la perenne sorpresa de que por cuatro décadas, nadie nunca sospechara nada. Ni siquiera las dos organizaciones para las que trabajaba, enemigas entre sí, habían podido hacer el dos más dos para descubrirme. O si lo habían notado, seguían actuando como si no, que es lo mismo. En fin, que el perfeccionado acto de bobo queriendo ser intelectual, había resultado ideal, pues tenía acceso a todo, sin que nadie me tomara en serio. Ser invisible en un país invisible no es tan fácil como suena. Por el contrario, aquí lo único necesario para hacerse notar, es decir algo opuesto a cualquiera con status social, real o imaginado, para que tu nombre sea recordado como miembro de la permanentemente editable lista de indeseables de tal o cual grupo. Todos en Las Islas pertenecíamos a algún grupo, o mejor dicho, a varios grupos de los múltiples que existían y que en la mayoría de los casos, compartían similares miembros y muy parecidas agendas. “Cambiar la libreta” es algo que se aprende temprano en la brega local.

Estas caídas en la página de Cheo de las diferentes archicofradías, conllevan que te borren de la manera más curiosa posible, esto es, nunca olvidándose de tu cara, ni de tu nombre, y pareciendo vivir el resto de sus días, con una agenda dictada por la elaboración esquizofrénica del punto que les fue cuestionado; la idealizada virtud de un ahínco que congela la historia, donde todo se siente como si siempre se viviese en el mismo debate ideológico que se vivió, medio siglo atrás, quizá más. Con la imagen de mis facciones adherida al subconsciente, agriados y perdiendo el sueño, hacen carrera sobre la insistencia de negar mi trascendencia, promoviéndome a un pedestal de extraña fama. O por lo menos me suena mejor decirlo así, que tener que aceptar la posibilidad de que ni siquiera los que se trancaron ante mi decir, piensen mucho en mí. En cuyo caso me inaugurarían en la terrible aflicción de la soledad que, si todos los ofendidos aprendieran a adoptarla como estrategia, les serviría como la más arrolladora de todas la venganzas; el olvido real que solo se manifiesta en el asentamiento de la irrelevancia ajena.

Ser objeto de la desmemoria tiene ventajas, y el destierro, frío y doloroso por demás, suele abrir insospechados caminos de primavera, flores, el desarrollo de talentos latentes, o marchitos, desatendidos en vorágines de ajetreo familiar, nativo, hallándose lejos, tal vez perdidos en sí mismos, renovados en frescos espacios para la fecundidad, la reinvención personal, la muy, muy oculta, bendición del exilio. En Las Islas todo es misión épica, insoslayable destino rondando las fronteras del llamado celestial, agotando recursos en la búsqueda del mejor, el más cruel de los mecanismos para despedazar el otro, el enemigo del proyecto, el otro cualquiera, el de la variante del pensamiento, la indebida autorización. Depositario serás del centro, desde donde brotan todas las razones del mal y la debacle nacional. La idea impuesta, el pecado de lo superficial, la negación de la complejidad, de la dinámica, de lo cambiante, de lo imposible de acceder sin la aportación de múltiples ángulos o puntos de vista. Lugar donde la prometida bonanza resucitada de las ruinas, cristalizaba en la estirpe del galeón, pero para los que sabían de tierras sin escrituras, fue hace tiempo olvidada en la letra que libera, a la vez que mata.

He mirado hacia los contornos de este territorio, los confines oceánicos de estas ínsulas y he visto, por todas partes, grupos para espiar, saltando de uno a otro, con pasmosa facilidad. En ese mundo los otros te buscan, desesperadamente y en secreto, para ansiosos pensar; para promulgar que contigo aumentan sus adeptos, el convencimiento de que tu adhesión, representa el crecimiento que apuntala la victoria final, la de siempre, compañero. El cuento es viejo y es común. Al que contradijiste nunca te olvida. El resto practica una memoria histórica que limita en el pasado lunes, como mucho. Aquellos que se ocupan de documentar, para mantener vivo el recuerdo, en la sociedad de lo instantáneo e incontables periódicos cibernéticos del ayer, son objeto de la mofa y el escarnio, y la proclama, “prohibido olvidar”, es constantemente usada por quienes repiten acciones que no funcionaron, convencidos de que ahora sí es que es. Yo recordaba todo y casi nadie me paraba bola, excepto por mi empleadores. Mi trabajo era informar, y para ello contaba con mi majestuosa memoria, la cual servía de pluriforme ventaja, pues siempre recordaba la historia que le contaba a cada uno, cosa de no ser sorprendido en contradicciones, manteniendo así mi estatus con cada uno de los dos, o más jefes, como en ocasiones sucede. Una existencia doble, triple, múltiple si se quiere, que me tenía hastiado, por lo confuso que se había hecho la selección del camino correcto, el de la deseada rectitud, el que más se pareciese a la prédica, lo cual en mi caso preguntaba ¿qué prédica? Todas las verdades se proclamaban ajustadamente ciertas para el que las escuchaba, y su proliferación, convertía la negación de la verdadera verdad, en seductora alternativa. El constante acomodo para lograr la más confortable de las posiciones, —como quien carga en su bolsillo la aplicación que al instante contabiliza, en pantalla, la calidad y cantidad necesaria de verbos y adjetivos más conveniente, dependiendo de la audiencia— cuajaba una tortura personal, donde reinaba la incertidumbre. Mis logros no mermaban mi insatisfacción; todo lo contrario. La vida era un teatro en donde seres pensaban, practicaban y perfeccionaban personajes que se usaban o retiraban de escena, de acuerdo a la conciencia del que lo necesitara, con la ventaja para el teatrero, de una memoria comunitaria cada vez más frágil, incapaz de discernir entre tantas propuestas y por ello, aferrándose a su pequeña verdad, como el ultimo refugio de la cordura, en la promoción de alguna de sus personalidades. Fracasada la creación de lo certero, y negociando por preservar un implacable acto de defensa de lo que una vez se creyó, se incrementa un voraz apetito por la aplastante derrota ajena, a la que se le escapa pensar, en los vacíos que creará la mutilación al otro. Romper se hacía carne y tejido de los sueños.

El hombre prehistórico sale de su caverna y observa el paisaje, y me pregunto, ¿cuán diferente era la cantidad de estímulos sensoriales que recibía, junto con todos los posibles esquemas de interpretación sobre las cosas que cargaba cada una de sus miradas? ¿Cuantas verdades le tomaba discernir, comparadas con el hombre actual frente una pantalla electrónica o, incluso, al también abrir la puerta de su hogar? Así es como me ha sido necesario forzarme el aburrimiento. La afanosa intención por desentenderme de rutinas, tareas y obligaciones, concebidas en otras mentes, para poder sentarme en las mañanas y en celebración, confirmar que no tengo absolutamente nada que hacer. Es entonces cuando el espacio para la reflexión y el estudio profundo se abren, ofreciendo la oportunidad de exploraciones tanto internas como externas, que me permiten inyectar la reflexión y escritura, con la agridulce savia de lo novedoso. En otras palabras, como escritor, dedicar el mayor tiempo posible, a resolver el problema de que en general, todas las historias han sido ya contadas, buscando y encontrando mi libertad, en el pensamiento que conscientemente renuncia a la lógica del presente, descansando y creciendo, en la necesidad y felicidad del otro.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

Leave a comment