
Mi padre me había olvidado en el hospital. Pero esto no lo vine a saber hasta que lo vi entrar por la puerta de la sala de espera, con una media sonrisa de aquí no ha pasado nada, que se esforzaba por tapar su desacierto. Ya me extrañaba que habían pasado casi dos horas y no bajaba del cuarto donde estaba internada la bisabuela. En el camino no dijimos nada; como de costumbre. Pero al llegar a la casa de mi abuela, todo pasa a un recuento público y al análisis de lo sucedido. Así era mi abuela que, aunque madre de mi padre, no conocía el silencio. Yo narré todo desde mi ángulo de niño y mientras lo hacía, notaba como el terror de haber sido olvidado, se me trepaba por las piernas, de manera tardía. Cerré mi relato oral con un comentario entonado a lo familiar, a como mis tíos y todos ellos relataban la vida: “y yo allí, esperando como un zángano”. Hoy, cincuenta y cinco años después recuerdo la escena, provocado quizás por la insistencia isleña de jamás reconocer un error. Mejor morir o en todo caso, virar la tortilla ensayando un chiste. “Cada cual espera como lo que es”, replicó mi padre.
