La gordura de mis dedos

foto: Andrea Torselli

Tuve que cerrar las ventanas de la bulla. En realidad permanecen abiertas, pero ya sin tránsito, y la esporádica cortadora de hierba, es la mía. No molesta. La flora se traga el ruido.

Las tropas de la algarabía moderna, aun cabalgan sobre el exitoso virus espiritual de una longeva pandemia que todo lo convierte en mercancía, insistiendo en colarse por cables y satélites, manteniendo sitiada mi paz. Trancar esos huecos es tan difícil y necesario como lo era en la loza. Un campo que anhela, quizá por siempre, ser ciudad.

Por ahora domina un silencio de finca que se ha hermoseado en su emparejamiento con el sacro silencio de mis libros. Mi misión es asegurar que así permanezca. Que nada interrumpa la quietud de los libreros. De ellos brota un viento espeso que se afina y electrifica con la velocidad de las buenas ideas, transformándose en el alimento que engorda mis lápices, o mis dedos, si es que escribo en la computadora. La gran paradoja de la literatura actuando frente a mis ojos. Silencio y aislamiento queriendo transformarse en alta voz.

Es un reto ser lector y pretender escribir. La actividad es un instrumento de doble filo que debe ser manejado con una cautela frecuentemente olvidada. ¡Qué delicia hallar un texto que sea el resultado del esfuerzo de un consumado pensador, alguna artista de la palabra! Y, a la vez, ¡qué tormentoso puede ser esto a la hora de escribir! ¿Qué novedad es posible? ¿Qué no se ha dicho?¿Cuál es el más apropiado y cautivador de los estilos? ¿Cuál es la radical propuesta literaria que cambiará el panorama isleño de las letras? Y, ¿qué temor de mí mismo y mis incapacidades me paralizará, frente a los miles posibles caminos a seguir? “Escribe como solo tú puedes escribir”, recomiendan.

Como si en un sueño, las ideas se presentan fragmentadas, inconexas e incoherentes, cual si queriendo opacar el brillo adormecedor de lo cotidiano, a la espera de un despertar que con calma y tiempo las piense y analice. Si no es que el arrollador olvido se las traga, en el mismo instante en que se abren los ojos, o en el caso, nos encontremos frente a la hoja en blanco o la vacía pantalla, tan silente como en los inicios del cine y, a la vez, con infinidad de imágenes revoloteando frente a nuestros atónitos ojos. Este ideario en formación se cocina en sus ansias de existir, para poder así disturbar el orden de lo establecido y de los anquilosados moldes y costumbres que se nutren de alguna inercia pasada. Se forja de esta manera la batalla que tiene por objeto aniquilar a todos los zombis que, negándose a tomar residencia permanente en cementerios donde la tranquilidad ha sido trastornada por el nuevo pensar, deambulan aun por las páginas de la noticia. Así, poco a poco, desde mi biblioteca, como todas las bibliotecas, se va creando una nueva narrativa que ofrece a un mundo cansado y desorientado, una novedosa forma de ver las cosas. Otra paradoja de las letras, que requieren quietud para armarse, en preparación para su cometido de revolcar lo aceptado.

Pero el deseo de la literatura no se halla, exclusivamente, en la necesidad de comprometerse con la liquidación de los muertos en vida, por lo menos no de manera directa y explícita. Tal miopía olvida que todo proyecto tiene muertos que en sus tumbas, solo juegan a parecer irrelevantes, mientras permanecen a la espera de su turno para tomar las calles y aterrorizar al reciente otro, con su lento e inevitable caminar, y sus trapos como gindalejos que pretenden tener redactada en sus superficies, la nueva verdad establecida. Entorpecidos corazones que ahora rellenos de gloria y constituciones, demandan fidelidad y respeto. Fresca camada de tristes sonámbulos que, en su desespero, aspiran predicar verdades de lozana tela raída, desde el sordo fondo de su pesado naufragio.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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