La abuela

La abuela de mi esposa gusta de visitarla en sueños. Por lo regular son encuentros dulces y cariñosos, pues la crió junto con el abuelo, en la casa que aun de pie, podemos ver en la parte del terreno que colinda con la carretera, a unos doscientos metros de distancia. Nuestra casa, construida en la parte de atrás, se adentra hasta la hectárea de arroz que ellos nos vendieron, antes de morir.

Los sueños son esporádicos durante el año y frecuentes en febrero, a un mes de su fecha de muerte, cuando se hacen más perturbadores con los renovados reclamos de la abuela sobre el olvido de los vivos. Para apaciguarla, mi esposa celebra el aniversario con un pequeño altar que prepara en el recibidor, entre la sala y el comedor, invitando familiares y amigos, junto con las abuelas del barrio que se ocupan de rezar el rosario y recitar todas las pertinentes oraciones y rituales.

El pequeño sagrario es sencillo. Una mesa con mantel blanco, sobre el que descansan una pequeña figura de la Virgen de Pangasinan, traída de su iglesia en Isabela, a unas cinco horas hacia el norte, cigarrillos y fósforos para el abuelo, y algunas de las cosas que la abuela gustaba como huevos de pato hervidos, flan de arroz, una pasta muy fina que se hace solo para cumpleaños y ocasiones especiales y, por supuesto, pescado, la comida central de todo habitante de la región.

En una esquina mi esposa siempre pone los nombres de los abuelos, añadiendo, con gran ternura, el nombre de mi padre que nunca conoció, muerto hace ya más de treinta años. Lo deletrea pensando en filipino, una mezcla de español muy antiguo y corrientes malayo-pacíficas que cambia algunas i por e, así como la r por la l. Todos los años se lo menciono.

Yo no creo en ninguna de esas cosas y, fiel a mi formación científica, durante la ceremonia, me encierro en mi biblioteca a continuar con mis lecturas y escritos de sociología, política y literatura. Excepto cuando el séquito llega y mi esposa camina a abrirles el portón, en donde aprovecho para corregir el deletreo del nombre de mi padre, antes de subir al segundo piso. A mi edad necesito el descanso y no quisiera ver interrumpida la paz de mi sueño.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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